lunes, 14 de septiembre de 2026

Competencia científica: aprender ciencia para comprender, cuestionar y transformar el mundo

 



De memorizar respuestas a aprender a formular mejores preguntas

Vivimos rodeados de ciencia. Está en los medicamentos que utilizamos, en los alimentos que consumimos, en la energía que empleamos, en los dispositivos digitales que modifican nuestra manera de comunicarnos y en las decisiones ambientales, sanitarias y tecnológicas que afectan nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, estar rodeados de ciencia no significa necesariamente comprenderla.

Una persona puede recordar nombres de células, leyes físicas, fórmulas químicas o conceptos biológicos y, al mismo tiempo, tener dificultades para interpretar una gráfica, distinguir correlación de causalidad, evaluar una noticia científica o decidir si una afirmación difundida en redes sociales está respaldada por evidencia.

Aquí aparece una pregunta fundamental para la educación: ¿para qué enseñamos ciencias?

El libro 11 ideas clave. El desarrollo de la competencia científica, coordinado por Emilio Pedrinaci, Aureli Caamaño, Pedro Cañal y Antonio de Pro, propone responderla desde una perspectiva que continúa siendo relevante: la enseñanza de las ciencias debe contribuir a formar personas capaces de utilizar el conocimiento científico en situaciones personales, sociales y laborales, y no solamente estudiantes capaces de reproducir información en un examen (Pedrinaci et al., 2012). El propio libro organiza esta reflexión alrededor de 11 preguntas y 11 ideas clave destinadas a replantear qué conocimientos seleccionar, cómo enseñarlos y cómo evaluar su aprendizaje.

La cuestión, por tanto, no consiste simplemente en enseñar más ciencia, sino en preguntarnos qué significa ser competente científicamente.

La ciencia no termina en el laboratorio

Durante mucho tiempo, la imagen escolar de la ciencia estuvo asociada principalmente con contenidos: conceptos, definiciones, leyes, clasificaciones y procedimientos que debían aprenderse y posteriormente reproducirse.

El problema no reside en los conocimientos.

Una sociedad científicamente competente necesita conocimientos científicos sólidos. El problema aparece cuando esos conocimientos permanecen aislados y no pueden movilizarse frente a situaciones nuevas.

Pedrinaci et al. (2012) advierten precisamente sobre esta dificultad: incluso estudiantes con buenos resultados académicos pueden encontrar problemas para utilizar sus aprendizajes en contextos diferentes de aquellos en los que fueron adquiridos. El currículo puede terminar acumulando contenidos mientras deja insuficiente espacio para la reflexión, el análisis, el debate y la indagación.

La competencia científica intenta superar esta separación.

No significa saber menos. Significa saber qué conocimiento se necesita, comprenderlo suficientemente bien y ser capaz de utilizarlo cuando la situación lo exige.

En esta perspectiva, conocimiento, habilidades y actitudes no aparecen como componentes independientes. Se integran en una actuación competente. El documento destaca que la competencia implica conocimientos teóricos y prácticos, actitudes y capacidad para utilizar lo aprendido en diferentes contextos; además, no constituye una condición que simplemente se posee o no se posee, sino un desarrollo gradual a lo largo de la vida.

Esta concepción coincide con marcos contemporáneos de educación científica. El Framework for K–12 Science Education de las National Academies propone integrar tres dimensiones: prácticas científicas y de ingeniería, conceptos transversales e ideas disciplinares centrales. La intención es que el alumnado no aprenda únicamente conceptos, sino que aprenda a utilizarlos para investigar, modelizar, explicar, argumentar y resolver problemas.

La convergencia resulta significativa: aunque proceden de contextos y momentos diferentes, ambos enfoques cuestionan una enseñanza basada exclusivamente en la acumulación de contenidos.

¿Qué significa realmente tener competencia científica?

Pedrinaci et al. (2012) proponen entender la competencia científica como un conjunto integrado de capacidades que permite utilizar el conocimiento científico para describir, explicar y predecir fenómenos; comprender cómo funciona la ciencia; formular e investigar problemas e hipótesis; buscar información; argumentar y tomar decisiones personales y sociales relacionadas con el mundo natural y las transformaciones producidas por la actividad humana.

Esta definición permite identificar varias dimensiones.

1. Comprender el conocimiento científico

La competencia científica requiere conceptos y teorías.

No podemos explicar fenómenos naturales sin conocimientos sobre ellos. Por eso, la alternativa a la memorización no es la ausencia de contenidos.

La cuestión es seleccionar aquellos conocimientos que poseen mayor capacidad explicativa y que permiten comprender fenómenos relevantes.

El libro plantea precisamente que el currículo debe seleccionar los conceptos y teorías imprescindibles para elaborar explicaciones básicas sobre el mundo natural, evitando convertir el programa en una acumulación indiscriminada de información.

En otras palabras: enseñar menos contenidos puede ser pedagógicamente más exigente si permite comprenderlos con mayor profundidad.

2. Formular preguntas e investigar

La ciencia comienza muchas veces con una pregunta.

Pero no cualquier pregunta es automáticamente una pregunta científica. La competencia implica aprender a identificar problemas susceptibles de investigación, formular hipótesis, diseñar estrategias de contrastación, recopilar información y analizar evidencias.

El libro concede a la investigación escolar un papel central porque permite articular diferentes procedimientos científicos en situaciones contextualizadas.

Este planteamiento coincide con el marco de las National Academies, que incluye entre las prácticas científicas preguntar, definir problemas, desarrollar modelos, planificar investigaciones, analizar datos, construir explicaciones, argumentar a partir de evidencia y comunicar información.

La diferencia entre una clase que habla sobre investigación y una clase que enseña investigando es, por tanto, sustancial.

De la respuesta correcta a la evidencia suficiente

Una de las transformaciones más importantes consiste en modificar la relación del estudiante con la evidencia.

En un modelo tradicional, la autoridad del conocimiento puede estar situada fundamentalmente en el profesor, el libro de texto o la respuesta considerada correcta.

En una educación científica orientada a la competencia, el estudiante necesita aprender a preguntar:

¿Cómo sabemos esto?

Y después:

  • ¿Qué evidencia existe?
  • ¿De dónde procede?
  • ¿Cómo se obtuvo?
  • ¿Es pertinente?
  • ¿Es suficiente?
  • ¿Existen explicaciones alternativas?
  • ¿La conclusión está realmente respaldada por los datos?

Esta forma de pensamiento es especialmente importante en una sociedad atravesada por la desinformación.

La UNESCO ha señalado recientemente la necesidad de fortalecer la alfabetización científica para que las personas puedan distinguir mejor entre afirmaciones sustentadas en evidencia científica y contenidos falsos o engañosos. La organización vincula además la divulgación científica con la construcción de confianza pública en la ciencia.

La alfabetización científica deja así de ser exclusivamente un objetivo escolar.

Se convierte en una competencia ciudadana.

Ciencia y ciudadanía: una relación inseparable

Una de las tesis centrales del documento de Pedrinaci et al. (2012) es contundente: el ejercicio de una ciudadanía responsable exige cierta competencia científica. En una sociedad globalizada y tecnológicamente avanzada, las decisiones individuales y colectivas están cada vez más relacionadas con cuestiones científicas.

Pensemos en decisiones aparentemente cotidianas:

¿Debemos creer que un determinado producto mejora la salud?

¿Es razonable aceptar una afirmación sobre cambio climático porque aparece acompañada de una gráfica?

¿Una correlación demuestra necesariamente que un fenómeno causa otro?

¿Qué evidencia deberíamos considerar antes de aceptar una nueva tecnología?

¿Qué consecuencias ambientales puede tener una decisión energética?

¿Qué información necesitamos antes de tomar una decisión sobre una intervención médica?

Estas preguntas no convierten a la ciudadanía en especialistas.

No necesitamos que todas las personas sean biólogas, físicas, químicas o geólogas.

Necesitamos que puedan pensar responsablemente cuando la ciencia forma parte del problema.

El marco PISA contemporáneo continúa trabajando precisamente con esta idea: la competencia científica supone conocimientos y capacidades que se aplican a contextos reales, y la edición PISA 2025 incorpora un nuevo marco de evaluación científica en un ciclo con especial énfasis en ciencias (OECD, 2026).

Contextualizar no significa simplificar

Otra de las aportaciones relevantes de Pedrinaci et al. (2012) consiste en defender una enseñanza contextualizada.

Contextualizar no significa convertir la ciencia en una colección de anécdotas.

Significa utilizar problemas y situaciones significativas como espacios desde los cuales movilizar conocimientos científicos.

La contaminación del aire puede abrir la puerta al estudio de partículas, reacciones químicas, fisiología respiratoria y salud pública.

La escasez de agua puede permitir estudiar ciclos biogeoquímicos, disponibilidad de recursos, sistemas ambientales y decisiones sociales.

Una noticia sobre inteligencia artificial puede conducir hacia preguntas sobre datos, algoritmos, modelos, sesgos, energía y transformación del trabajo.

El contexto proporciona sentido; el conocimiento científico proporciona las herramientas para comprenderlo.

El documento señala que la contextualización puede favorecer que el conocimiento adquiera significado y sea transferible a situaciones de la vida cotidiana.

La ciencia escolar, entonces, no tiene que abandonar el rigor para acercarse a la vida.

Tiene que encontrar formas rigurosas de explicar la vida mediante la ciencia.

Aprender sobre ciencia también es aprender cómo se construye la ciencia

Existe otra dimensión que frecuentemente queda relegada: comprender la naturaleza de la ciencia.

Saber que la ciencia produce conocimientos no es suficiente.

También necesitamos comprender que esos conocimientos se construyen mediante procesos de investigación, contraste, argumentación, revisión y evaluación.

El documento propone la elaboración y evaluación de modelos científicos escolares como una vía especialmente útil para comprender cómo se construye y valida el conocimiento científico.

Esto resulta fundamental porque la ciencia no es una lista definitiva de verdades inmutables.

Los modelos científicos pueden ser revisados.

Las explicaciones pueden modificarse.

Las evidencias pueden obligar a reconsiderar una hipótesis.

La incertidumbre no constituye necesariamente una debilidad de la ciencia; forma parte de su funcionamiento.

Comprenderlo permite evitar dos errores opuestos: pensar que la ciencia posee respuestas absolutas para todo o concluir que, debido a que el conocimiento científico cambia, cualquier opinión tiene el mismo valor que una explicación respaldada por evidencia.

Revisabilidad no significa arbitrariedad.

Una explicación científica puede cambiar precisamente porque existen procedimientos para someterla a crítica.

La ciencia también se comunica

Existe una dimensión que podría parecer secundaria, pero que en realidad resulta estructural: el lenguaje.

Pedrinaci et al. (2012) sostienen que aprender ciencias implica, en buena medida, aprender a leer, escribir y hablar sobre ciencia.

Esto tiene una consecuencia pedagógica importante.

Un estudiante no demuestra necesariamente comprensión científica porque pueda repetir una definición.

La comprensión puede hacerse visible cuando consigue:

  • explicar un fenómeno con sus propias palabras;
  • interpretar una gráfica;
  • justificar una conclusión;
  • escribir una explicación basada en datos;
  • comparar dos hipótesis;
  • detectar una contradicción;
  • defender una postura utilizando evidencia.

La comunicación científica no es el envoltorio del conocimiento.

Es parte del conocimiento.

Por ello, enseñar ciencias también implica enseñar a construir argumentos, interpretar representaciones, comprender textos científicos y comunicar conclusiones con precisión.

La dimensión social de la ciencia no puede quedar fuera del aula

La ciencia y la tecnología no existen separadas de la sociedad.

Las investigaciones tienen consecuencias sociales, económicas, ambientales y políticas. Al mismo tiempo, las decisiones sociales influyen sobre qué investigaciones se financian, qué tecnologías se desarrollan y cómo se utilizan.

El libro sostiene que las implicaciones sociales del conocimiento científico y tecnológico forman parte de ese conocimiento y, por ello, deben formar parte de su enseñanza.

Esta perspectiva es particularmente relevante frente a problemas contemporáneos como el cambio climático, la inteligencia artificial, la edición genética, las tecnologías energéticas, la salud pública o la gestión de recursos naturales.

Una enseñanza científica que evita estas cuestiones corre el riesgo de presentar una imagen incompleta de la ciencia.

Pero analizar sus implicaciones sociales tampoco significa convertir la clase en un espacio de opinión sin evidencia.

El desafío consiste precisamente en argumentar éticamente sin abandonar el rigor científico.

El interés por la ciencia también se educa

Existe una paradoja educativa.

Esperamos que los estudiantes desarrollen interés por la ciencia, pero muchas veces les ofrecemos experiencias científicas caracterizadas por abstracción, fragmentación y memorización.

El documento recupera una preocupación ya identificada en el Informe Rocard: la percepción estudiantil de que la educación científica puede resultar irrelevante y difícil, y señala la relación entre las actitudes hacia la ciencia y la manera en que esta se enseña.

La cuestión sigue siendo pertinente.

No basta con afirmar que la ciencia es importante.

Hay que construir experiencias en las que el estudiante pueda descubrir que pensar científicamente sirve para comprender algo que le importa.

La curiosidad puede convertirse en pregunta.

La pregunta puede convertirse en investigación.

La investigación puede generar evidencia.

La evidencia puede conducir a una explicación.

Y la explicación puede permitir una decisión mejor fundamentada.

Ese recorrido transforma la relación del estudiante con el conocimiento.

El profesor de ciencias no es únicamente un transmisor de contenidos

Una de las afirmaciones más importantes del libro puede expresarse de manera sencilla:

saber ciencia no equivale automáticamente a saber enseñarla.

El desarrollo de la competencia científica demanda docentes que posean conocimiento disciplinar, pero también competencia didáctica para diseñar experiencias en las que el alumnado pueda utilizar ese conocimiento.

Esto implica un cambio de identidad profesional.

El docente deja de ser exclusivamente quien proporciona respuestas y se convierte también en quien diseña condiciones para que los estudiantes formulen preguntas, investiguen, argumenten, contrasten y revisen sus explicaciones.

No significa abandonar la enseñanza directa.

Significa utilizarla estratégicamente.

Hay momentos para explicar.

Otros para preguntar.

Otros para investigar.

Otros para discutir.

Y otros para evaluar lo aprendido.

La enseñanza competencial no elimina la intervención docente: la hace más intencional.

Evaluar competencia científica no es simplemente aplicar un examen

Aquí aparece uno de los mayores desafíos.

Si enseñamos para que los estudiantes puedan utilizar conocimientos científicos en situaciones complejas, no parece suficiente evaluar únicamente cuánto recuerdan.

El propio documento advierte que evaluar la competencia científica requiere nuevas formas de evaluación capaces de identificar avances, dificultades y necesidades de aprendizaje más allá de los exámenes tradicionales.

Esto no significa que los exámenes deban desaparecer.

Significa que deben complementarse con evidencias de desempeño.

Podemos pedir al estudiante que:

  • analice una noticia científica;
  • interprete datos;
  • compare explicaciones;
  • diseñe una investigación;
  • formule una hipótesis;
  • argumente una decisión;
  • evalúe una fuente;
  • construya un modelo;
  • comunique una conclusión.

Así, la pregunta fundamental deja de ser únicamente:

“¿Qué recuerdas?”

y comienza a ser:

“¿Qué puedes hacer con lo que sabes?”

Una competencia necesaria frente a la desinformación

La discusión adquiere todavía mayor relevancia en el ecosistema digital contemporáneo.

La información científica circula actualmente junto con opiniones, publicidad, pseudociencia, contenidos manipulados y desinformación.

El problema ya no consiste únicamente en tener acceso a información.

Consiste en evaluarla.

Una ciudadanía científicamente competente debería preguntarse quién produjo una afirmación, qué evidencia presenta, qué método se utilizó, qué incertidumbres existen y si la conclusión realmente se desprende de los datos.

UNESCO ha situado precisamente la alfabetización científica dentro de una estrategia más amplia de fortalecimiento de la relación entre ciencia y sociedad, señalando la necesidad de mejorar la capacidad de las personas para diferenciar conocimiento basado en evidencia de información falsa o desinformación.

En este sentido, enseñar ciencia es también enseñar una forma responsable de relacionarse con la información.

De las 11 ideas a una nueva pregunta

Las 11 ideas propuestas por Pedrinaci, Caamaño, Cañal y de Pro pueden leerse como un proyecto de transformación de la educación científica:

  1. La ciencia debe contribuir a una ciudadanía responsable.
  2. La competencia científica ayuda a seleccionar, enseñar y evaluar conocimientos.
  3. Es necesario priorizar conceptos y teorías con alto poder explicativo.
  4. La ciencia debe conectarse con problemas del contexto.
  5. Los modelos permiten comprender cómo se construye el conocimiento científico.
  6. La investigación escolar integra procedimientos científicos.
  7. Aprender ciencias implica aprender a comunicar ciencia.
  8. Las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad forman parte de la educación científica.
  9. El interés por la ciencia debe ser promovido mediante experiencias significativas.
  10. La competencia científica del profesor requiere algo más que conocimiento disciplinar.
  11. La evaluación debe recoger el desarrollo real de las capacidades científicas.

El documento las presenta como respuestas articuladas a 11 preguntas fundamentales sobre qué significa desarrollar competencia científica.
Pero estas ideas permiten formular una duodécima pregunta:

¿Qué tipo de ciudadano queremos formar cuando enseñamos ciencia?

Si la respuesta es una persona capaz de repetir información, entonces la memorización puede parecer suficiente.

Si queremos formar una persona capaz de comprender fenómenos, evaluar evidencia, detectar pseudociencia, argumentar, participar en debates públicos y tomar decisiones responsables, entonces necesitamos una concepción mucho más amplia de la educación científica.

El desafío: formar personas que sepan pensar científicamente

La competencia científica no convierte a nadie automáticamente en científico.

Tampoco pretende hacerlo.

Su propósito es más amplio: que cualquier persona pueda utilizar herramientas intelectuales provenientes de la ciencia para comprender mejor el mundo en el que vive.

En este sentido, la educación científica cumple una función democrática.

Una ciudadanía que no puede interpretar evidencia queda en una posición vulnerable frente a la manipulación.

Una ciudadanía que no distingue entre una hipótesis y un hecho establecido tiene dificultades para participar en debates complejos.

Una ciudadanía que no comprende cómo se construye el conocimiento científico puede caer tanto en el cientificismo ingenuo como en el relativismo extremo.

Por eso, la competencia científica no debería considerarse un privilegio reservado a quienes estudiarán carreras STEM.

Es una capacidad necesaria para todos.

Las National Academies han defendido una idea convergente: al terminar la educación secundaria, los estudiantes deberían contar con conocimientos y capacidades suficientes para participar en discusiones públicas relacionadas con la ciencia, valorar críticamente información científica cotidiana y continuar aprendiendo a lo largo de la vida.

La ciencia, por tanto, no termina cuando concluye la clase.

Quizá ahí comienza su verdadera utilidad social.


Reflexión final: enseñar ciencia es enseñar a preguntar mejor

Una educación científica de calidad no puede limitarse a llenar cabezas de respuestas.

Debe ayudar a construir mejores preguntas.

¿Por qué ocurre esto?

¿Cómo podemos saberlo?

¿Qué evidencia necesitamos?

¿Qué explicación resulta más consistente?

¿Qué información falta?

¿Qué consecuencias puede tener esta decisión?

¿Qué sabemos y qué todavía desconocemos?

Estas preguntas forman parte del pensamiento científico, pero también del ejercicio responsable de la ciudadanía.

El gran desafío educativo no consiste únicamente en conseguir que más estudiantes conozcan la ciencia.

Consiste en conseguir que puedan utilizarla inteligentemente.

Porque en una sociedad donde la ciencia interviene cada vez más en nuestras decisiones, la ignorancia científica ya no es solamente una desventaja académica: puede convertirse en una vulnerabilidad social.

Por eso, desarrollar competencia científica significa algo mucho más profundo que preparar estudiantes para aprobar una asignatura.

Significa formar personas capaces de comprender, cuestionar, argumentar y decidir con base en evidencias.

Y quizá esa sea una de las funciones más importantes de la educación en el siglo XXI: no enseñarnos a tener respuestas para todo, sino proporcionarnos las herramientas intelectuales necesarias para reconocer qué preguntas debemos hacer, qué evidencias debemos exigir y cuándo debemos estar dispuestos a cambiar de opinión.

La ciencia, en última instancia, no sólo nos ayuda a conocer el mundo.

Nos enseña a relacionarnos responsablemente con aquello que creemos saber sobre él.

Referencias

National Research Council. (2012). A framework for K–12 science education: Practices, crosscutting concepts, and core ideas. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/13165

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). PISA 2025 assessment and analytical framework. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/86c36975-en

Pedrinaci, E. (Coord.), Caamaño, A., Cañal, P., & de Pro, A. (2012). 11 ideas clave: El desarrollo de la competencia científica. Graó.

UNESCO. (2021). UNESCO science report: The race against time for smarter development. UNESCO.

UNESCO. (2024). International Decade of Sciences for Sustainable Development 2024–2033. UNESCO.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Cuando los números no cuentan toda la historia: observar, escuchar y comprender la realidad social

 


Observar, escuchar y comprender

La investigación cualitativa y el desafío de comprender aquello que las cifras no siempre pueden explicar

Hay preguntas que pueden responderse contando: ¿Cuántas personas participan?, ¿con qué frecuencia ocurre un fenómeno?, ¿Qué porcentaje de una población presenta determinada característica?

Pero existen otras preguntas cuya respuesta exige algo diferente: escuchar, observar, interpretar y comprender.

¿Qué significa para una persona vivir una determinada experiencia? ¿Cómo construye un grupo su identidad? ¿Por qué una comunidad interpreta de determinada manera un acontecimiento? ¿Qué significados existen detrás de una conducta aparentemente cotidiana?

Estas preguntas nos conducen hacia una tradición de investigación particularmente importante en las ciencias sociales: la investigación cualitativa.

La investigación cualitativa no consiste simplemente en "hacer entrevistas", conversar con personas o recoger testimonios. Tampoco representa una investigación menos rigurosa porque trabaje con narraciones, experiencias o significados. Su verdadera complejidad reside precisamente en que intenta comprender una realidad social que es histórica, contextual, simbólica y construida por sujetos que interpretan aquello que viven.

La obra Observar, escuchar y comprender: sobre la tradición cualitativa en la investigación social, coordinada por María Luisa Tarrés, constituye una referencia fundamental para comprender esta perspectiva. El libro fue publicado por El Colegio de México, FLACSO-México y Miguel Ángel Porrúa, y reúne distintos trabajos dedicados a examinar sus fundamentos, técnicas, posibilidades y límites.

De medir la realidad a comprender sus significados

Durante buena parte de la historia de las ciencias sociales existió una fuerte aspiración a construir explicaciones generales de la sociedad mediante principios semejantes a los empleados por las ciencias naturales.

El positivismo tuvo una influencia decisiva en esta concepción. Desde esta perspectiva, los fenómenos sociales podían estudiarse mediante procedimientos destinados a identificar regularidades y relaciones susceptibles de explicación general.

Sin embargo, la realidad social comenzó a mostrar una complejidad difícil de reducir a leyes universales.

Las personas no solamente reaccionan ante estímulos: interpretan. Las instituciones no solamente funcionan: también producen significados. Las comunidades no solamente ocupan un territorio: construyen identidades, recuerdos, símbolos y formas de comprender el mundo.

La tradición cualitativa adquiere relevancia precisamente porque dirige la mirada hacia esos procesos.

Tarrés explica que el renovado interés por lo cualitativo implicó un desplazamiento desde las grandes estructuras hacia las construcciones sociales de significado, de lo macro hacia lo micro y de las explicaciones universales hacia la comprensión de acciones y experiencias particulares.

Esto no significa que la investigación cualitativa pretenda sustituir a la investigación cuantitativa.

De hecho, uno de los planteamientos más interesantes del texto es justamente rechazar una oposición simplista entre ambas.

La realidad no es cualitativa ni cuantitativa. Es el investigador quien selecciona un problema y decide cómo estudiarlo de acuerdo con sus preguntas, fundamentos teóricos y objetivos.

Esta idea resulta fundamental.

Preguntar "¿cuál método es mejor?" puede ser una pregunta metodológicamente equivocada.

La pregunta más pertinente sería:

¿Qué estrategia metodológica permite comprender mejor el problema que estoy investigando?

El sujeto no es simplemente un objeto de investigación

Una de las aportaciones más profundas de la tradición cualitativa consiste en modificar la relación entre investigador y sujeto investigado.

En una investigación social, quien participa no es simplemente una fuente pasiva de información. Es una persona que posee experiencias, conocimientos, interpretaciones y una perspectiva propia sobre la realidad.

Por ello, investigar cualitativamente implica reconocer que el conocimiento se construye mediante una interacción.

Esto tiene consecuencias metodológicas importantes.

Cuando un investigador entrevista a una persona, por ejemplo, no está simplemente "extrayendo información". La conversación genera una situación social específica. El entrevistador formula preguntas, interpreta respuestas, solicita aclaraciones, identifica contradicciones y decide qué profundizar.

La persona entrevistada también interpreta al investigador.

Por eso, la investigación cualitativa exige reflexividad: el investigador debe preguntarse continuamente cómo su presencia, sus expectativas, su posición teórica y sus decisiones pueden influir en el proceso de producción del conocimiento.

Los estándares actuales de la American Psychological Association coinciden con esta preocupación. Los Journal Article Reporting Standards for Qualitative Research recomiendan transparentar las perspectivas del investigador, las decisiones de selección de participantes, las estrategias de recopilación y análisis y la manera en que se sustenta la interpretación en la evidencia.

Observar no significa simplemente mirar

Uno de los malentendidos más frecuentes consiste en pensar que la observación participante equivale a "estar presente".

No es así.

Observar científicamente requiere disciplina.

El documento analizado señala que la observación participante implica una labor detallada, minuciosa y disciplinada orientada a comprender adecuadamente los fenómenos sociales y sus significados.

El investigador observa comportamientos, interacciones, espacios, silencios, rutinas, relaciones de poder, formas de comunicación y acontecimientos que pueden adquirir significado dentro de un contexto.

Imaginemos una investigación sobre la convivencia escolar.

Un observador podría registrar que un estudiante permanece aislado durante el recreo.

Pero la descripción por sí sola no explica el fenómeno.

¿Está aislado porque quiere estar solo?

¿Por qué fue excluido?

¿Por qué pertenece a otro grupo?

¿Por qué existe un conflicto previo?

¿Por qué ese comportamiento forma parte de una dinámica cultural dentro del grupo?

La observación cualitativa intenta avanzar desde lo que ocurre hacia lo que significa aquello que ocurre.

Ahí aparece una de sus mayores fortalezas.

Escuchar también es una forma de investigar

La entrevista cualitativa representa otra herramienta central.

Sin embargo, una entrevista rigurosa no consiste en elaborar una lista de preguntas y registrar respuestas.

La entrevista puede convertirse en una puerta de entrada a la realidad social porque permite acceder a experiencias, percepciones, interpretaciones y significados que difícilmente pueden observarse directamente.

El libro dedica un capítulo específico a la entrevista cualitativa y otro a la observación participante, reconociéndolas como procedimientos fundamentales de la tradición cualitativa. Pero también advierte que su aparente sencillez es engañosa: su diseño, aplicación y análisis requieren decisiones metodológicas cuidadosas.

La calidad de una entrevista depende, entre otros factores, de:

  • la formulación de las preguntas;

  • la relación entre entrevistador y entrevistado;

  • el contexto;

  • los objetivos de investigación;

  • la selección de participantes;

  • la forma de registro;

  • la transcripción;

  • la estrategia de análisis;

  • y la posición teórica desde la cual se interpreta la información.

Por eso, escuchar científicamente es mucho más complejo que simplemente escuchar.

Las historias de vida: cuando una existencia individual permite mirar la sociedad

La tradición cualitativa también abrió un espacio importante para las biografías y las historias de vida.

Una vida individual puede parecer, a primera vista, un asunto estrictamente personal.

Pero una trayectoria biográfica también puede revelar procesos sociales.

La historia de una persona puede mostrar transformaciones educativas, migratorias, laborales, familiares, económicas o culturales que trascienden al individuo.

La biografía permite establecer conexiones entre micro y macro, entre experiencia individual y estructuras sociales.

El documento señala que los métodos biográficos buscan comprender la realidad social a partir de la subjetividad y de la representación que los individuos construyen sobre procesos y situaciones relevantes de sus vidas.

Por ello, una historia de vida no debe confundirse con una simple narración autobiográfica.

Existe un proceso metodológico detrás: planificación, entrevista, registro, transcripción, análisis, interpretación y construcción argumentativa.

La persona cuenta su vida, pero el investigador analiza cómo esa vida se relaciona con el mundo social.

El grupo también habla

Si la experiencia individual es importante, también lo es aquello que ocurre cuando las personas interactúan.

La tradición cualitativa desarrolló metodologías para estudiar grupos, organizaciones, movimientos sociales e instituciones.

El grupo de discusión, por ejemplo, permite analizar discursos producidos en una situación colectiva. El interés no se limita a saber qué piensa cada persona individualmente, sino a observar cómo determinadas ideas aparecen, se confrontan, se modifican o adquieren significado dentro de la interacción.

Esto permite estudiar fenómenos que difícilmente podrían comprenderse examinando individuos de manera aislada.

Una conversación sobre educación, género, trabajo, política, identidad o juventud puede revelar normas culturales, valores compartidos y tensiones sociales que no necesariamente aparecen cuando se pregunta individualmente a cada participante.

El libro dedica una sección específica a estas metodologías de intervención colectiva y muestra cómo diferentes propuestas intentaron comprender al actor dentro de relaciones sociales concretas.

¿Y qué ocurre con los estudios de caso?

Aquí aparece otra idea que conviene desmontar.

Estudio de caso no significa automáticamente investigación cualitativa.

Un estudio de caso puede incorporar información cualitativa, cuantitativa o ambas.

El propio volumen advierte que existen estudios de caso sustentados principalmente en información cuantitativa y otros que combinan métodos cualitativos y cuantitativos.

Por ello, el caso debe entenderse como una estrategia para estudiar profundamente una unidad delimitada: una persona, organización, comunidad, institución, acontecimiento o proceso.

Su valor no depende necesariamente del tamaño.

Un caso puede ser científicamente relevante precisamente porque permite comprender con profundidad una situación compleja.

El gran desafío: ¿cómo saber si una investigación cualitativa es rigurosa?

Aquí encontramos uno de los puntos más importantes del debate.

Durante mucho tiempo se cuestionó la investigación cualitativa argumentando que, al trabajar con interpretaciones, narraciones y muestras pequeñas, carecía de objetividad o rigor.

La respuesta no puede consistir simplemente en afirmar que "lo cualitativo también es científico".

Hay que demostrarlo metodológicamente.

La tradición cualitativa ha desarrollado distintos procedimientos y criterios para fortalecer la calidad de sus resultados. Entre ellos aparecen conceptos como credibilidad, transferibilidad, dependencia, confirmabilidad, saturación y triangulación.

Credibilidad

La interpretación debe guardar una relación razonable con la evidencia obtenida.

Transferibilidad

El investigador debe proporcionar suficiente información contextual para que otros puedan valorar hasta qué punto los hallazgos podrían ser pertinentes en contextos semejantes.

Dependencia

El proceso de investigación debe mostrar coherencia y permitir comprender cómo se tomaron las decisiones metodológicas.

Confirmabilidad

Las interpretaciones deben estar sustentadas en los datos y no únicamente en las preferencias o expectativas del investigador.

Saturación

En determinados diseños, la incorporación de nuevos datos deja de aportar elementos sustancialmente nuevos para las categorías o interpretaciones que se están desarrollando.

Triangulación

Consiste, en términos generales, en contrastar información desde diferentes fuentes, técnicas, investigadores, perspectivas o momentos.

Lo importante es entender que estos procedimientos no son adornos metodológicos.

Son mecanismos para responder a una pregunta fundamental:

¿Por qué deberíamos confiar en esta interpretación?

La subjetividad no elimina el rigor

Existe una paradoja interesante.

La investigación cualitativa reconoce que el investigador forma parte del proceso de construcción del conocimiento.

Pero reconocerlo no significa abandonar el rigor.

Significa hacerlo visible.

La investigación contemporánea ha avanzado hacia una comprensión más sofisticada de la reflexividad. Los estándares de APA para investigación cualitativa recomiendan explicitar las perspectivas del investigador y mostrar cómo fueron gestionadas durante la recopilación y el análisis de los datos.

Por tanto, la objetividad no necesariamente significa fingir que el investigador no existe.

En ciertos diseños cualitativos, el rigor puede fortalecerse precisamente cuando el investigador reconoce su posición, identifica sus supuestos y documenta las decisiones mediante las cuales construyó sus interpretaciones.

Analizar no es simplemente resumir testimonios

Otro riesgo frecuente consiste en recopilar entrevistas, seleccionar algunas frases llamativas y presentarlas como "resultados".

Eso no constituye por sí mismo análisis cualitativo.

Entre los datos y las conclusiones debe existir un procedimiento analítico explícito.

Una estrategia actualmente ampliamente utilizada es el análisis temático, que permite identificar patrones de significado dentro de un conjunto de datos cualitativos. Braun y Clarke han desarrollado una propuesta sistemática que incluye familiarización con los datos, generación de códigos, construcción y revisión de temas, definición de temas y elaboración del informe.

Esto nos recuerda algo esencial:

una investigación cualitativa no termina cuando termina la entrevista.

En realidad, ahí comienza una parte particularmente exigente del trabajo científico.

El investigador debe transcribir, organizar, codificar, comparar, interpretar, cuestionar sus propias explicaciones y regresar continuamente a los datos.

¿Entonces lo cualitativo es mejor que lo cuantitativo?

No.

Y precisamente aquí se encuentra una de las conclusiones más valiosas de la obra de Tarrés.

La oposición rígida entre "cualitativo" y "cuantitativo" puede convertirse en un falso dilema.

La investigación cuantitativa permite dimensionar fenómenos, identificar distribuciones, estimar frecuencias y estudiar relaciones entre variables.

La investigación cualitativa permite profundizar en significados, experiencias, procesos, discursos, contextos y formas de construcción de la realidad.

En determinados problemas, ambas perspectivas pueden complementarse.

Por ejemplo, una investigación sobre abandono escolar podría comenzar preguntando:

¿Cuántos estudiantes abandonan sus estudios?

Esa es una pregunta fundamentalmente cuantitativa.

Pero después podríamos preguntar:

¿Cómo explican los propios estudiantes su decisión de abandonar la escuela?

Aquí aparece una pregunta cualitativa.

Y una tercera pregunta podría ser:

¿Qué relación existe entre las características sociales identificadas estadísticamente y las experiencias narradas por los estudiantes?

Entonces aparece la posibilidad de una estrategia de métodos mixtos.

La realidad social es demasiado compleja para ser encerrada previamente en una sola categoría metodológica.

La investigación cualitativa exige teoría

Quizá una de las ideas menos comprendidas sea ésta:

hacer investigación cualitativa no significa investigar sin teoría.

Al contrario.

Tarrés advierte que la opción cualitativa exige un importante conocimiento teórico, porque las observaciones obtenidas mediante palabras, narraciones y comportamientos necesitan ser interpretadas dentro de marcos conceptuales.

Sin teoría, una entrevista puede convertirse en una colección de testimonios.

Sin teoría, una observación puede reducirse a una descripción.

Sin teoría, una historia de vida puede quedarse en una anécdota.

La teoría permite formular preguntas, seleccionar información relevante, construir categorías e interpretar aquello que los datos parecen mostrar.

Por eso, metodología y teoría no son compartimentos independientes.

La pregunta de investigación, el paradigma, la teoría, las técnicas de recolección y la estrategia de análisis deben guardar coherencia.

Investigar es también decidir qué realidad queremos mirar

Toda investigación implica decisiones.

¿Qué problema estudiar?

¿A quién escuchar?

¿Qué observar?

¿Qué dejar fuera?

¿Qué conceptos utilizar?

¿Qué datos considerar relevantes?

¿Cómo interpretar una contradicción?

¿Cómo justificar una conclusión?

Estas decisiones no son exclusivamente técnicas.

También son epistemológicas y, en determinados campos, éticas y políticas.

La obra coordinada por Tarrés destaca que las prácticas científicas se desarrollan dentro de condiciones históricas y sociales concretas, por lo que la producción del conocimiento no puede comprenderse completamente al margen de su contexto.

Esta perspectiva resulta especialmente relevante en sociedades caracterizadas por profundas desigualdades.

Investigar a una comunidad no significa solamente "obtener datos de ella".

Significa entrar en contacto con personas que poseen voz, memoria, experiencia y capacidad de interpretar su propia realidad.

De ahí que la investigación cualitativa también plantee una dimensión ética: cómo investigar sin convertir al otro en un objeto silencioso de estudio.

Del dato al significado

Podríamos resumir la diferencia de manera sencilla.

Un dato cuantitativo puede decirnos que:

el 35 % de los estudiantes reporta sentirse desconectado de su escuela.

Una investigación cualitativa podría permitirnos comprender qué significa exactamente "sentirse desconectado".

Quizá para algunos significa aburrimiento.

Para otros, falta de pertenencia.

Para otros, dificultades familiares.

Para otros, problemas económicos.

Para otros, una relación conflictiva con docentes o compañeros.

El número muestra una dimensión del fenómeno.

La narración puede mostrarnos su significado.

Ninguna de las dos perspectivas invalida a la otra.

Al contrario: juntas pueden ofrecer una comprensión más completa.

Observar, escuchar y comprender: una actitud científica

La principal enseñanza de la tradición cualitativa quizá no sea una técnica concreta.

Es una forma de aproximarse al conocimiento.

Observar implica prestar atención.

Escuchar implica reconocer que el otro tiene algo que decir.

Comprender implica abandonar explicaciones apresuradas.

Investigar implica someter esa comprensión a procedimientos sistemáticos, argumentados y transparentes.

Por eso, la investigación cualitativa no debe confundirse con intuición, opinión o sentido común.

El investigador cualitativo puede comenzar con una pregunta abierta, pero debe construir un proceso metodológico capaz de sostener sus interpretaciones.

La APA, mediante sus estándares JARS-Qual, insiste precisamente en la importancia de comunicar de manera transparente las decisiones metodológicas, el análisis y la relación entre evidencia e interpretación.

Una ciencia que también sabe escuchar

En tiempos caracterizados por grandes bases de datos, inteligencia artificial, algoritmos y mediciones masivas, podría parecer que escuchar una historia individual tiene cada vez menos importancia.

Ocurre lo contrario.

Cuanto mayor es nuestra capacidad para producir datos, mayor es también la necesidad de comprender qué significan.

Podemos saber cuántas personas utilizan una red social.

Pero necesitamos escuchar para comprender qué significa para ellas pertenecer a determinada comunidad digital.

Podemos medir el abandono escolar.

Pero necesitamos escuchar a quienes abandonan la escuela para comprender sus razones.

Podemos calcular indicadores de pobreza.

Pero necesitamos aproximarnos a las experiencias de quienes viven esa condición para comprender cómo se experimenta cotidianamente.

Podemos producir millones de registros sobre una población.

Pero ningún algoritmo sustituye automáticamente la necesidad de comprender los significados que las personas atribuyen a sus experiencias.

La investigación cualitativa nos recuerda que detrás de cada variable existe una experiencia humana.

Reflexión final: comprender antes de concluir

La tradición cualitativa no propone abandonar la medición, rechazar la estadística o declarar superior una forma de conocimiento.

Su aportación es mucho más profunda.

Nos recuerda que la realidad social tiene dimensiones que necesitan ser interpretadas.

Que las personas no son únicamente números dentro de una base de datos.

Que una conducta tiene contexto.

Que una palabra tiene significado.

Que una experiencia tiene historia.

Que una comunidad posee memoria.

Y que investigar seres humanos exige algo más que recopilar información: exige construir condiciones metodológicas para comprenderla.

Observar, escuchar y comprender plantea justamente esta invitación. La tradición cualitativa posee técnicas específicas, pero no se reduce a ellas. Su riqueza se encuentra en la articulación entre teoría, metodología, evidencia, interpretación y reflexión epistemológica.

Tal vez ésta sea una de sus mayores enseñanzas para quienes investigamos la realidad social:

no todo lo importante puede contarse de la misma manera, pero todo lo que afirmamos científicamente debe poder justificarse.

Investigar cualitativamente es, en última instancia, aceptar el desafío de mirar la realidad desde cerca sin renunciar al rigor.

Es observar sin reducir.

Escuchar sin imponer.

Interpretar sin inventar.

Y comprender sin olvidar que detrás de cada fenómeno social existen personas que viven, sienten, recuerdan, interpretan y construyen significado.

Porque algunas veces, para comprender una sociedad, primero hay que aprender a escucharla.

Referencias

American Psychological Association. (2018). Journal article reporting standards for qualitative primary, qualitative meta-analytic, and mixed methods research in psychology. American Psychologist, 73(1), 26–46. https://doi.org/10.1037/amp0000151

American Psychological Association. (2020). Publication manual of the American Psychological Association (7th ed.). American Psychological Association.

Braun, V., & Clarke, V. (2021). Thematic analysis: A practical guide. SAGE.

Denzin, N. K., Lincoln, Y. S., Giardina, M. D., & Cannella, G. S. (Eds.). (2023). The SAGE handbook of qualitative research (6th ed.). SAGE.

Tarrés, M. L. (Coord.). (2001). Observar, escuchar y comprender: Sobre la tradición cualitativa en la investigación social. El Colegio de México, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Sede México, y Miguel Ángel Porrúa.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Investigar desde el Sur: otras formas de producir conocimiento sin renunciar al rigor científico

 



¿Quién decide qué conocimiento cuenta como conocimiento?

Cuando pensamos en investigación científica, probablemente imaginamos laboratorios, universidades, instrumentos de medición, bases de datos, artículos especializados y personas expertas que observan una realidad para explicarla. Esta imagen no es equivocada, pero sí resulta incompleta.

Durante mucho tiempo, buena parte de la producción científica moderna se desarrolló bajo la idea de que el conocimiento válido debía responder a determinados criterios de racionalidad, objetividad y universalidad. Estos principios contribuyeron enormemente al desarrollo de la ciencia; sin embargo, también generaron una pregunta que actualmente resulta imposible ignorar:

¿qué sucede con los conocimientos construidos desde las experiencias, territorios, comunidades y culturas que históricamente han quedado fuera de los espacios legitimados de producción científica?

Esta pregunta constituye uno de los puntos de partida para comprender las denominadas Epistemologías del Sur, así como diversas metodologías que buscan ampliar las formas mediante las cuales investigamos, interpretamos y producimos conocimiento.

El libro Investigar desde el Sur. Epistemologías, metodologías y cartografías emergentes, coordinado por Marco Raúl Mejía Jiménez, propone precisamente una reflexión sobre los significados del conocimiento, sus transformaciones y las nuevas formas de aproximarse al acto de conocer. Desde su prólogo, Germán Rey señala que la obra se interesa tanto por las mutaciones del conocimiento como por aquellos saberes que surgen de las tradiciones y recomposiciones sociales.

Pero investigar desde el Sur no significa simplemente cambiar unos conocimientos por otros. Tampoco significa afirmar que todo conocimiento producido fuera de la academia sea automáticamente verdadero, ni que la ciencia moderna carezca de valor. La propuesta es considerablemente más compleja: ampliar nuestra mirada sobre quién produce conocimiento, desde dónde lo produce, para qué lo produce y qué realidades pueden quedar invisibilizadas cuando utilizamos una única manera de investigar.

El conocimiento también tiene territorio

Una de las aportaciones centrales de las epistemologías del Sur consiste en cuestionar la aparente neutralidad de todo proceso de conocimiento.

Investigar nunca ocurre en el vacío. Quien investiga posee una historia, una formación, determinados conceptos, intereses y formas de interpretar el mundo. Asimismo, aquello que se investiga ocurre dentro de contextos históricos, sociales, culturales y territoriales concretos.

Esto no significa que toda investigación sea subjetiva en el sentido de carecer de rigor. Significa reconocer que la producción del conocimiento tiene condiciones sociales e históricas.

Desde esta perspectiva, la pregunta científica deja de ser únicamente "¿cómo puedo conocer este fenómeno?" y comienza a incorporar otras interrogantes:

  • ¿Quién está formulando la pregunta?

  • ¿Desde qué contexto?

  • ¿Qué conocimientos son considerados relevantes?

  • ¿Quiénes participan en la producción de la información?

  • ¿Quién interpreta los resultados?

  • ¿Para quién se produce el conocimiento?

  • ¿Qué voces han quedado fuera?

Estas preguntas no destruyen la investigación científica. Por el contrario, pueden hacerla más reflexiva.

Cuando la experiencia se convierte en fuente de conocimiento

Uno de los ejemplos más interesantes que presenta Investigar desde el Sur aparece en el trabajo de Daniel Hugo Suárez sobre la documentación narrativa de experiencias pedagógicas.

Suárez plantea una modalidad de investigación-formación-acción desarrollada mediante redes de trabajo colaborativo entre docentes e investigadores universitarios. Su propósito consiste en profundizar la comprensión del mundo escolar a partir de las palabras, comprensiones y saberes de los propios educadores.

Aquí aparece una idea especialmente poderosa:

la experiencia no es solamente algo que nos sucede; también puede convertirse en objeto de reflexión y fuente para construir saber pedagógico.

Un profesor que relata una experiencia de aula está haciendo algo más que recordar. Cuando escribe, vuelve sobre lo ocurrido; cuando reescribe, modifica su interpretación; cuando conversa con otros docentes, encuentra perspectivas diferentes; cuando somete su relato a comentarios y críticas, comienza a problematizar aquello que originalmente parecía evidente.

Suárez explica que la documentación narrativa implica precisamente ese proceso de escritura, reescritura, lectura, comentario y conversación entre pares.

Por ello, narrar una experiencia educativa no equivale simplemente a contar una anécdota.

La experiencia se transforma en conocimiento cuando es interrogada, contextualizada, interpretada, contrastada y sometida a reflexión crítica.

Esta distinción es fundamental.

Narrar no significa abandonar el rigor

Existe aquí una confusión que debemos evitar.

Reconocer el valor de la experiencia no significa afirmar que cualquier experiencia constituye, por sí misma, evidencia científica suficiente.

Un docente puede experimentar que determinada estrategia funciona en su grupo. Esa experiencia es valiosa y puede convertirse en una pregunta de investigación. Pero para construir conocimiento más sólido será necesario contextualizarla, analizarla, contrastarla con otras experiencias y relacionarla con marcos conceptuales y procedimientos metodológicos pertinentes.

Precisamente por eso resulta importante la propuesta de Suárez: la documentación narrativa no consiste simplemente en escribir relatos personales. Los relatos son sometidos a sucesivas reelaboraciones mediante lectura, comentarios, conversación, indagación y crítica.

La experiencia, entonces, no sustituye al método: entra en diálogo con él.

Del "objeto de estudio" al sujeto que también interpreta su realidad

Las metodologías participativas introducen otra cuestión importante: la relación entre quien investiga y quienes participan en la investigación.

En ciertos modelos tradicionales, el investigador ocupa una posición claramente diferenciada: observa, recopila información, analiza y produce conocimiento sobre otras personas.

Las metodologías participativas buscan modificar esa relación. La investigación-acción participativa desarrollada por autores como Orlando Fals-Borda y Anisur Rahman, por ejemplo, parte de la participación de los sujetos en los procesos de generación de conocimiento y transformación de sus propias condiciones.

Esto supone reconocer que las personas investigadas no necesariamente son recipientes pasivos de información. También poseen interpretaciones, conocimientos, memorias y experiencias que pueden contribuir a comprender el fenómeno estudiado.

Sin embargo, sería un error convertir esta afirmación en una idealización.

La participación no garantiza automáticamente una investigación rigurosa, democrática o emancipadora.

Y este punto es especialmente importante porque el propio Mejía incorpora una mirada autocrítica sobre las experiencias participativas latinoamericanas.

El peligro de idealizar el "saber popular"

Uno de los aspectos más valiosos de Investigar desde el Sur es que no presenta las metodologías participativas como soluciones perfectas.

Mejía identifica problemas presentes en experiencias anteriores: la sobrevaloración del saber de los grupos populares, la negación de otros conocimientos, la sobreideologización de la crítica, la falsa neutralidad de algunas técnicas participativas y, particularmente, aquellas situaciones en las que un investigador externo termina hablando en nombre de las comunidades que pretende estudiar.

Esta autocrítica es indispensable.

Porque sería tan problemático afirmar que solo el conocimiento académico es válido como sostener que todo conocimiento comunitario es verdadero por el simple hecho de ser comunitario.

Una epistemología plural no debería convertirse en una epistemología acrítica.

La pregunta no debería ser:

"¿Qué conocimiento es superior?"

Sino:

"¿Cómo podemos poner en diálogo diferentes formas de conocimiento sin renunciar a la crítica y al rigor?"

Investigar desde el Sur no significa estar contra la ciencia

Este quizá sea uno de los puntos que más fácilmente pueden malinterpretarse.

Las epistemologías del Sur no deben entenderse como una invitación a abandonar la ciencia, rechazar los métodos científicos o sustituir el conocimiento académico por saberes populares.

El propio Mejía señala que el proceso se construye mediante un diálogo crítico con la tradición euronorteamericana.

La cuestión, por tanto, no consiste en elegir entre "ciencia occidental" y "saberes del Sur" como si fueran dos bloques homogéneos y enfrentados.

Se trata de reconocer que existen distintas tradiciones epistemológicas y que determinados problemas pueden requerir formas más amplias de aproximación.

En otras palabras:

no se trata de destruir el conocimiento científico, sino de cuestionar la idea de que una sola tradición científica posee el monopolio absoluto de todas las formas posibles de conocer.

El concepto de epistemicidio

Esta discusión conduce inevitablemente al trabajo de Boaventura de Sousa Santos.

Santos desarrolla el concepto de epistemicidio para referirse a procesos mediante los cuales determinados conocimientos son deslegitimados, invisibilizados o destruidos como consecuencia de relaciones históricas de poder.

En Epistemologies of the South: Justice Against Epistemicide, Santos vincula la justicia social con la denominada justicia cognitiva, es decir, con el reconocimiento de la existencia de diferentes formas legítimas de conocimiento. La obra fue publicada por Routledge en 2014.

La importancia de este planteamiento consiste en mostrarnos que la desaparición de un conocimiento no es necesariamente un proceso neutral.

Cuando una lengua, una tradición, una práctica comunitaria o una determinada forma de interpretar la naturaleza deja de ser considerada conocimiento legítimo, no solamente desaparece información: también puede desaparecer parte de la memoria y de la identidad de quienes la producen.

Descolonizar la investigación

Una preocupación relacionada aparece en la obra de Linda Tuhiwai Smith, Decolonizing Methodologies: Research and Indigenous Peoples.

Smith analiza críticamente la relación histórica entre investigación, colonialismo y pueblos indígenas, y plantea la necesidad de revisar las formas mediante las cuales la investigación ha representado y estudiado a las comunidades indígenas.

La propuesta no consiste simplemente en "hacer investigación diferente". Implica preguntarse para quién se investiga, quién define los problemas, quién controla los datos, quién interpreta los resultados y quién se beneficia de la investigación.

En este sentido, la metodología adquiere también una dimensión ética.

Investigar no es solamente obtener información.

Investigar implica establecer una relación con otras personas y producir representaciones sobre sus vidas.

Por ello, la responsabilidad del investigador no termina cuando obtiene sus resultados.

Las nuevas formas de producir conocimiento

El debate tampoco se limita a las epistemologías del Sur.

Michael Gibbons y colaboradores, en The New Production of Knowledge (1994), analizaron transformaciones en las formas de producción del conocimiento contemporáneo, incluyendo procesos caracterizados por mayor transdisciplinariedad, heterogeneidad y diversidad de contextos de producción.

Esta obra no constituye una fuente directa de las epistemologías del Sur, pero resulta útil como complemento para comprender un fenómeno más amplio: la producción contemporánea del conocimiento ya no ocurre exclusivamente dentro de los límites tradicionales de las disciplinas académicas y las instituciones universitarias.

Por eso, Gibbons et al. pueden incorporarse al debate como una referencia sobre las transformaciones de la producción del conocimiento, pero no deben presentarse como autores de la propuesta epistemológica de Santos o Mejía.

Una investigación que escucha, pero también cuestiona

Si algo podemos aprender de estas perspectivas es que escuchar a los participantes no significa aceptar automáticamente todas sus interpretaciones.

La investigación requiere escucha, pero también análisis.

Requiere apertura, pero también criterios.

Requiere reconocer conocimientos diversos, pero también someter las afirmaciones a procedimientos de argumentación, contrastación y crítica adecuados al problema estudiado.

Esta combinación resulta particularmente importante en las ciencias sociales y educativas.

Cuando un investigador escucha las experiencias de una comunidad, puede descubrir dimensiones que una encuesta estandarizada no había considerado.

Cuando un docente documenta narrativamente su práctica, puede identificar problemas que permanecían ocultos en las rutinas cotidianas.

Cuando diferentes formas de conocimiento dialogan, pueden surgir nuevas preguntas.

Pero el diálogo epistemológico no debe confundirse con la ausencia de criterios.

Pluralidad no significa relativismo absoluto.

¿Qué puede aportar esta perspectiva a la educación?

En educación, estas ideas tienen consecuencias especialmente relevantes.

Una escuela produce conocimiento constantemente. Lo hacen los investigadores, pero también los docentes, los estudiantes, las familias y las comunidades.

Un maestro conoce las dinámicas de su grupo. Un estudiante conoce aspectos de su propia experiencia que difícilmente pueden observarse desde fuera. Una comunidad posee memoria sobre su territorio. Las familias conocen prácticas educativas construidas a lo largo de generaciones.

Esto no significa que todos estos conocimientos sean equivalentes a una investigación científica formal.

Significa que pueden constituir fuentes relevantes para formular preguntas, comprender contextos, identificar problemas y construir interpretaciones.

La documentación narrativa de Suárez ofrece precisamente un ejemplo de esta posibilidad: los docentes pueden investigar y problematizar sus propias prácticas mediante procesos colectivos de escritura, lectura, conversación y reflexión.

En lugar de considerar al profesor únicamente como ejecutor de teorías elaboradas por otros, esta perspectiva permite verlo también como un profesional capaz de producir conocimiento sobre su propia práctica.

Investigar también es decidir qué merece ser preguntado

Tal vez la enseñanza más profunda de las epistemologías del Sur no esté en una determinada técnica de investigación.

Está en una pregunta mucho más elemental:

¿qué preguntas estamos dejando de hacer?

Toda metodología permite observar determinadas dimensiones de la realidad y puede dejar otras fuera.

Un cuestionario permite obtener determinados datos. Una entrevista permite acceder a determinados relatos. Una observación permite registrar determinados comportamientos. Un archivo conserva determinadas memorias. Una narrativa recupera determinadas experiencias.

Ningún instrumento es absolutamente transparente.

Por eso, investigar también implica reconocer los límites de nuestras propias herramientas.

Mejía señala precisamente que las aproximaciones clásicas pueden resultar insuficientes para explicar determinadas realidades y que es necesario ampliar y replantear los lugares desde los cuales nos acercamos a ellas.

Esto no significa abandonar los métodos existentes.

Significa reconocer que ningún método debería convertirse en una frontera que impida observar aquello que su propio diseño no permite ver.

El verdadero desafío: construir diálogos de conocimiento

Investigar desde el Sur puede entenderse, entonces, como una invitación a ampliar la conversación epistemológica.

No se trata de establecer una nueva jerarquía en la que un conocimiento sustituya a otro.

Se trata de generar condiciones para que diferentes experiencias y tradiciones puedan entrar en diálogo crítico.

El desafío consiste en construir investigaciones capaces de reconocer la experiencia sin idealizarla; incorporar la participación sin convertirla en una simulación; valorar los saberes comunitarios sin negar la necesidad de contrastación; utilizar métodos científicos sin asumir que existe una única forma universal de investigar.

Esta perspectiva resulta especialmente pertinente en sociedades culturalmente diversas, donde los problemas sociales y educativos rara vez pueden explicarse desde una sola disciplina o desde una única mirada.

Una ciencia más consciente de sus propios límites

La ciencia ha transformado profundamente nuestra comprensión del mundo. Sus métodos han permitido combatir enfermedades, explicar fenómenos naturales, desarrollar tecnologías y construir conocimientos que difícilmente podrían haberse obtenido de otra manera.

Reconocer esto es compatible con reconocer también sus límites.

Una ciencia madura no debería temer a la crítica.

Al contrario, la crítica forma parte de la propia tradición científica.

Investigar desde el Sur nos recuerda precisamente que también debemos someter a examen nuestras categorías, nuestros métodos, nuestras preguntas y nuestras posiciones como investigadores.

El conocimiento no se empobrece cuando escucha otras voces.

Se empobrece cuando deja de hacerse preguntas.

Reflexión final: investigar para comprender, no solamente para explicar

Investigar desde el Sur implica mucho más que utilizar una técnica participativa o incorporar testimonios de una comunidad.

Supone una disposición epistemológica: reconocer que nuestras formas de conocer tienen historia, contexto y límites.

Significa aceptar que una experiencia puede contener conocimiento, pero que ese conocimiento debe ser reflexionado y problematizado.

Significa comprender que una comunidad no es simplemente una fuente de datos, sino un espacio donde también se producen interpretaciones sobre la realidad.

Significa reconocer los riesgos de convertir la ciencia en una autoridad incuestionable, pero también los riesgos de sustituirla por un relativismo donde cualquier afirmación sea considerada igualmente válida.

Y, sobre todo, significa comprender que la pluralidad del conocimiento exige más diálogo y más rigor, no menos.

Quizá el verdadero sentido de investigar desde el Sur sea precisamente éste:

aprender a mirar la realidad desde más de un lugar sin perder la capacidad de cuestionar aquello que creemos saber.

Porque investigar no consiste solamente en encontrar respuestas.

También consiste en descubrir que algunas de nuestras preguntas necesitaban ser formuladas de otra manera.

Referencias

Fals-Borda, O., & Rahman, M. A. (Eds.). (1991). Action and knowledge: Breaking the monopoly with participatory action-research. Apex Press.

Gibbons, M., Limoges, C., Nowotny, H., Schwartzman, S., Scott, P., & Trow, M. (1994). The new production of knowledge: The dynamics of science and research in contemporary societies. SAGE.

Mejía Jiménez, M. R. (Coord.). (2022). Investigar desde el Sur: Epistemologías, metodologías y cartografías emergentes. Ediciones Desde Abajo.

Santos, B. de Sousa. (2014). Epistemologies of the South: Justice against epistemicide. Routledge.

Santos, B. de Sousa. (2018). The end of the cognitive empire: The coming of age of epistemologies of the South. Duke University Press. https://doi.org/10.1215/9781478002000

Smith, L. T. (2012). Decolonizing methodologies: Research and Indigenous peoples (2nd ed.). Zed Books.