lunes, 7 de septiembre de 2026

Investigar desde el Sur: otras formas de producir conocimiento sin renunciar al rigor científico

 



¿Quién decide qué conocimiento cuenta como conocimiento?

Cuando pensamos en investigación científica, probablemente imaginamos laboratorios, universidades, instrumentos de medición, bases de datos, artículos especializados y personas expertas que observan una realidad para explicarla. Esta imagen no es equivocada, pero sí resulta incompleta.

Durante mucho tiempo, buena parte de la producción científica moderna se desarrolló bajo la idea de que el conocimiento válido debía responder a determinados criterios de racionalidad, objetividad y universalidad. Estos principios contribuyeron enormemente al desarrollo de la ciencia; sin embargo, también generaron una pregunta que actualmente resulta imposible ignorar:

¿qué sucede con los conocimientos construidos desde las experiencias, territorios, comunidades y culturas que históricamente han quedado fuera de los espacios legitimados de producción científica?

Esta pregunta constituye uno de los puntos de partida para comprender las denominadas Epistemologías del Sur, así como diversas metodologías que buscan ampliar las formas mediante las cuales investigamos, interpretamos y producimos conocimiento.

El libro Investigar desde el Sur. Epistemologías, metodologías y cartografías emergentes, coordinado por Marco Raúl Mejía Jiménez, propone precisamente una reflexión sobre los significados del conocimiento, sus transformaciones y las nuevas formas de aproximarse al acto de conocer. Desde su prólogo, Germán Rey señala que la obra se interesa tanto por las mutaciones del conocimiento como por aquellos saberes que surgen de las tradiciones y recomposiciones sociales.

Pero investigar desde el Sur no significa simplemente cambiar unos conocimientos por otros. Tampoco significa afirmar que todo conocimiento producido fuera de la academia sea automáticamente verdadero, ni que la ciencia moderna carezca de valor. La propuesta es considerablemente más compleja: ampliar nuestra mirada sobre quién produce conocimiento, desde dónde lo produce, para qué lo produce y qué realidades pueden quedar invisibilizadas cuando utilizamos una única manera de investigar.

El conocimiento también tiene territorio

Una de las aportaciones centrales de las epistemologías del Sur consiste en cuestionar la aparente neutralidad de todo proceso de conocimiento.

Investigar nunca ocurre en el vacío. Quien investiga posee una historia, una formación, determinados conceptos, intereses y formas de interpretar el mundo. Asimismo, aquello que se investiga ocurre dentro de contextos históricos, sociales, culturales y territoriales concretos.

Esto no significa que toda investigación sea subjetiva en el sentido de carecer de rigor. Significa reconocer que la producción del conocimiento tiene condiciones sociales e históricas.

Desde esta perspectiva, la pregunta científica deja de ser únicamente "¿cómo puedo conocer este fenómeno?" y comienza a incorporar otras interrogantes:

  • ¿Quién está formulando la pregunta?

  • ¿Desde qué contexto?

  • ¿Qué conocimientos son considerados relevantes?

  • ¿Quiénes participan en la producción de la información?

  • ¿Quién interpreta los resultados?

  • ¿Para quién se produce el conocimiento?

  • ¿Qué voces han quedado fuera?

Estas preguntas no destruyen la investigación científica. Por el contrario, pueden hacerla más reflexiva.

Cuando la experiencia se convierte en fuente de conocimiento

Uno de los ejemplos más interesantes que presenta Investigar desde el Sur aparece en el trabajo de Daniel Hugo Suárez sobre la documentación narrativa de experiencias pedagógicas.

Suárez plantea una modalidad de investigación-formación-acción desarrollada mediante redes de trabajo colaborativo entre docentes e investigadores universitarios. Su propósito consiste en profundizar la comprensión del mundo escolar a partir de las palabras, comprensiones y saberes de los propios educadores.

Aquí aparece una idea especialmente poderosa:

la experiencia no es solamente algo que nos sucede; también puede convertirse en objeto de reflexión y fuente para construir saber pedagógico.

Un profesor que relata una experiencia de aula está haciendo algo más que recordar. Cuando escribe, vuelve sobre lo ocurrido; cuando reescribe, modifica su interpretación; cuando conversa con otros docentes, encuentra perspectivas diferentes; cuando somete su relato a comentarios y críticas, comienza a problematizar aquello que originalmente parecía evidente.

Suárez explica que la documentación narrativa implica precisamente ese proceso de escritura, reescritura, lectura, comentario y conversación entre pares.

Por ello, narrar una experiencia educativa no equivale simplemente a contar una anécdota.

La experiencia se transforma en conocimiento cuando es interrogada, contextualizada, interpretada, contrastada y sometida a reflexión crítica.

Esta distinción es fundamental.

Narrar no significa abandonar el rigor

Existe aquí una confusión que debemos evitar.

Reconocer el valor de la experiencia no significa afirmar que cualquier experiencia constituye, por sí misma, evidencia científica suficiente.

Un docente puede experimentar que determinada estrategia funciona en su grupo. Esa experiencia es valiosa y puede convertirse en una pregunta de investigación. Pero para construir conocimiento más sólido será necesario contextualizarla, analizarla, contrastarla con otras experiencias y relacionarla con marcos conceptuales y procedimientos metodológicos pertinentes.

Precisamente por eso resulta importante la propuesta de Suárez: la documentación narrativa no consiste simplemente en escribir relatos personales. Los relatos son sometidos a sucesivas reelaboraciones mediante lectura, comentarios, conversación, indagación y crítica.

La experiencia, entonces, no sustituye al método: entra en diálogo con él.

Del "objeto de estudio" al sujeto que también interpreta su realidad

Las metodologías participativas introducen otra cuestión importante: la relación entre quien investiga y quienes participan en la investigación.

En ciertos modelos tradicionales, el investigador ocupa una posición claramente diferenciada: observa, recopila información, analiza y produce conocimiento sobre otras personas.

Las metodologías participativas buscan modificar esa relación. La investigación-acción participativa desarrollada por autores como Orlando Fals-Borda y Anisur Rahman, por ejemplo, parte de la participación de los sujetos en los procesos de generación de conocimiento y transformación de sus propias condiciones.

Esto supone reconocer que las personas investigadas no necesariamente son recipientes pasivos de información. También poseen interpretaciones, conocimientos, memorias y experiencias que pueden contribuir a comprender el fenómeno estudiado.

Sin embargo, sería un error convertir esta afirmación en una idealización.

La participación no garantiza automáticamente una investigación rigurosa, democrática o emancipadora.

Y este punto es especialmente importante porque el propio Mejía incorpora una mirada autocrítica sobre las experiencias participativas latinoamericanas.

El peligro de idealizar el "saber popular"

Uno de los aspectos más valiosos de Investigar desde el Sur es que no presenta las metodologías participativas como soluciones perfectas.

Mejía identifica problemas presentes en experiencias anteriores: la sobrevaloración del saber de los grupos populares, la negación de otros conocimientos, la sobreideologización de la crítica, la falsa neutralidad de algunas técnicas participativas y, particularmente, aquellas situaciones en las que un investigador externo termina hablando en nombre de las comunidades que pretende estudiar.

Esta autocrítica es indispensable.

Porque sería tan problemático afirmar que solo el conocimiento académico es válido como sostener que todo conocimiento comunitario es verdadero por el simple hecho de ser comunitario.

Una epistemología plural no debería convertirse en una epistemología acrítica.

La pregunta no debería ser:

"¿Qué conocimiento es superior?"

Sino:

"¿Cómo podemos poner en diálogo diferentes formas de conocimiento sin renunciar a la crítica y al rigor?"

Investigar desde el Sur no significa estar contra la ciencia

Este quizá sea uno de los puntos que más fácilmente pueden malinterpretarse.

Las epistemologías del Sur no deben entenderse como una invitación a abandonar la ciencia, rechazar los métodos científicos o sustituir el conocimiento académico por saberes populares.

El propio Mejía señala que el proceso se construye mediante un diálogo crítico con la tradición euronorteamericana.

La cuestión, por tanto, no consiste en elegir entre "ciencia occidental" y "saberes del Sur" como si fueran dos bloques homogéneos y enfrentados.

Se trata de reconocer que existen distintas tradiciones epistemológicas y que determinados problemas pueden requerir formas más amplias de aproximación.

En otras palabras:

no se trata de destruir el conocimiento científico, sino de cuestionar la idea de que una sola tradición científica posee el monopolio absoluto de todas las formas posibles de conocer.

El concepto de epistemicidio

Esta discusión conduce inevitablemente al trabajo de Boaventura de Sousa Santos.

Santos desarrolla el concepto de epistemicidio para referirse a procesos mediante los cuales determinados conocimientos son deslegitimados, invisibilizados o destruidos como consecuencia de relaciones históricas de poder.

En Epistemologies of the South: Justice Against Epistemicide, Santos vincula la justicia social con la denominada justicia cognitiva, es decir, con el reconocimiento de la existencia de diferentes formas legítimas de conocimiento. La obra fue publicada por Routledge en 2014.

La importancia de este planteamiento consiste en mostrarnos que la desaparición de un conocimiento no es necesariamente un proceso neutral.

Cuando una lengua, una tradición, una práctica comunitaria o una determinada forma de interpretar la naturaleza deja de ser considerada conocimiento legítimo, no solamente desaparece información: también puede desaparecer parte de la memoria y de la identidad de quienes la producen.

Descolonizar la investigación

Una preocupación relacionada aparece en la obra de Linda Tuhiwai Smith, Decolonizing Methodologies: Research and Indigenous Peoples.

Smith analiza críticamente la relación histórica entre investigación, colonialismo y pueblos indígenas, y plantea la necesidad de revisar las formas mediante las cuales la investigación ha representado y estudiado a las comunidades indígenas.

La propuesta no consiste simplemente en "hacer investigación diferente". Implica preguntarse para quién se investiga, quién define los problemas, quién controla los datos, quién interpreta los resultados y quién se beneficia de la investigación.

En este sentido, la metodología adquiere también una dimensión ética.

Investigar no es solamente obtener información.

Investigar implica establecer una relación con otras personas y producir representaciones sobre sus vidas.

Por ello, la responsabilidad del investigador no termina cuando obtiene sus resultados.

Las nuevas formas de producir conocimiento

El debate tampoco se limita a las epistemologías del Sur.

Michael Gibbons y colaboradores, en The New Production of Knowledge (1994), analizaron transformaciones en las formas de producción del conocimiento contemporáneo, incluyendo procesos caracterizados por mayor transdisciplinariedad, heterogeneidad y diversidad de contextos de producción.

Esta obra no constituye una fuente directa de las epistemologías del Sur, pero resulta útil como complemento para comprender un fenómeno más amplio: la producción contemporánea del conocimiento ya no ocurre exclusivamente dentro de los límites tradicionales de las disciplinas académicas y las instituciones universitarias.

Por eso, Gibbons et al. pueden incorporarse al debate como una referencia sobre las transformaciones de la producción del conocimiento, pero no deben presentarse como autores de la propuesta epistemológica de Santos o Mejía.

Una investigación que escucha, pero también cuestiona

Si algo podemos aprender de estas perspectivas es que escuchar a los participantes no significa aceptar automáticamente todas sus interpretaciones.

La investigación requiere escucha, pero también análisis.

Requiere apertura, pero también criterios.

Requiere reconocer conocimientos diversos, pero también someter las afirmaciones a procedimientos de argumentación, contrastación y crítica adecuados al problema estudiado.

Esta combinación resulta particularmente importante en las ciencias sociales y educativas.

Cuando un investigador escucha las experiencias de una comunidad, puede descubrir dimensiones que una encuesta estandarizada no había considerado.

Cuando un docente documenta narrativamente su práctica, puede identificar problemas que permanecían ocultos en las rutinas cotidianas.

Cuando diferentes formas de conocimiento dialogan, pueden surgir nuevas preguntas.

Pero el diálogo epistemológico no debe confundirse con la ausencia de criterios.

Pluralidad no significa relativismo absoluto.

¿Qué puede aportar esta perspectiva a la educación?

En educación, estas ideas tienen consecuencias especialmente relevantes.

Una escuela produce conocimiento constantemente. Lo hacen los investigadores, pero también los docentes, los estudiantes, las familias y las comunidades.

Un maestro conoce las dinámicas de su grupo. Un estudiante conoce aspectos de su propia experiencia que difícilmente pueden observarse desde fuera. Una comunidad posee memoria sobre su territorio. Las familias conocen prácticas educativas construidas a lo largo de generaciones.

Esto no significa que todos estos conocimientos sean equivalentes a una investigación científica formal.

Significa que pueden constituir fuentes relevantes para formular preguntas, comprender contextos, identificar problemas y construir interpretaciones.

La documentación narrativa de Suárez ofrece precisamente un ejemplo de esta posibilidad: los docentes pueden investigar y problematizar sus propias prácticas mediante procesos colectivos de escritura, lectura, conversación y reflexión.

En lugar de considerar al profesor únicamente como ejecutor de teorías elaboradas por otros, esta perspectiva permite verlo también como un profesional capaz de producir conocimiento sobre su propia práctica.

Investigar también es decidir qué merece ser preguntado

Tal vez la enseñanza más profunda de las epistemologías del Sur no esté en una determinada técnica de investigación.

Está en una pregunta mucho más elemental:

¿qué preguntas estamos dejando de hacer?

Toda metodología permite observar determinadas dimensiones de la realidad y puede dejar otras fuera.

Un cuestionario permite obtener determinados datos. Una entrevista permite acceder a determinados relatos. Una observación permite registrar determinados comportamientos. Un archivo conserva determinadas memorias. Una narrativa recupera determinadas experiencias.

Ningún instrumento es absolutamente transparente.

Por eso, investigar también implica reconocer los límites de nuestras propias herramientas.

Mejía señala precisamente que las aproximaciones clásicas pueden resultar insuficientes para explicar determinadas realidades y que es necesario ampliar y replantear los lugares desde los cuales nos acercamos a ellas.

Esto no significa abandonar los métodos existentes.

Significa reconocer que ningún método debería convertirse en una frontera que impida observar aquello que su propio diseño no permite ver.

El verdadero desafío: construir diálogos de conocimiento

Investigar desde el Sur puede entenderse, entonces, como una invitación a ampliar la conversación epistemológica.

No se trata de establecer una nueva jerarquía en la que un conocimiento sustituya a otro.

Se trata de generar condiciones para que diferentes experiencias y tradiciones puedan entrar en diálogo crítico.

El desafío consiste en construir investigaciones capaces de reconocer la experiencia sin idealizarla; incorporar la participación sin convertirla en una simulación; valorar los saberes comunitarios sin negar la necesidad de contrastación; utilizar métodos científicos sin asumir que existe una única forma universal de investigar.

Esta perspectiva resulta especialmente pertinente en sociedades culturalmente diversas, donde los problemas sociales y educativos rara vez pueden explicarse desde una sola disciplina o desde una única mirada.

Una ciencia más consciente de sus propios límites

La ciencia ha transformado profundamente nuestra comprensión del mundo. Sus métodos han permitido combatir enfermedades, explicar fenómenos naturales, desarrollar tecnologías y construir conocimientos que difícilmente podrían haberse obtenido de otra manera.

Reconocer esto es compatible con reconocer también sus límites.

Una ciencia madura no debería temer a la crítica.

Al contrario, la crítica forma parte de la propia tradición científica.

Investigar desde el Sur nos recuerda precisamente que también debemos someter a examen nuestras categorías, nuestros métodos, nuestras preguntas y nuestras posiciones como investigadores.

El conocimiento no se empobrece cuando escucha otras voces.

Se empobrece cuando deja de hacerse preguntas.

Reflexión final: investigar para comprender, no solamente para explicar

Investigar desde el Sur implica mucho más que utilizar una técnica participativa o incorporar testimonios de una comunidad.

Supone una disposición epistemológica: reconocer que nuestras formas de conocer tienen historia, contexto y límites.

Significa aceptar que una experiencia puede contener conocimiento, pero que ese conocimiento debe ser reflexionado y problematizado.

Significa comprender que una comunidad no es simplemente una fuente de datos, sino un espacio donde también se producen interpretaciones sobre la realidad.

Significa reconocer los riesgos de convertir la ciencia en una autoridad incuestionable, pero también los riesgos de sustituirla por un relativismo donde cualquier afirmación sea considerada igualmente válida.

Y, sobre todo, significa comprender que la pluralidad del conocimiento exige más diálogo y más rigor, no menos.

Quizá el verdadero sentido de investigar desde el Sur sea precisamente éste:

aprender a mirar la realidad desde más de un lugar sin perder la capacidad de cuestionar aquello que creemos saber.

Porque investigar no consiste solamente en encontrar respuestas.

También consiste en descubrir que algunas de nuestras preguntas necesitaban ser formuladas de otra manera.

Referencias

Fals-Borda, O., & Rahman, M. A. (Eds.). (1991). Action and knowledge: Breaking the monopoly with participatory action-research. Apex Press.

Gibbons, M., Limoges, C., Nowotny, H., Schwartzman, S., Scott, P., & Trow, M. (1994). The new production of knowledge: The dynamics of science and research in contemporary societies. SAGE.

Mejía Jiménez, M. R. (Coord.). (2022). Investigar desde el Sur: Epistemologías, metodologías y cartografías emergentes. Ediciones Desde Abajo.

Santos, B. de Sousa. (2014). Epistemologies of the South: Justice against epistemicide. Routledge.

Santos, B. de Sousa. (2018). The end of the cognitive empire: The coming of age of epistemologies of the South. Duke University Press. https://doi.org/10.1215/9781478002000

Smith, L. T. (2012). Decolonizing methodologies: Research and Indigenous peoples (2nd ed.). Zed Books.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Inteligencia social: el cerebro que nos conecta con los demás

 





Inteligencia Social- Daniel Goleman

Por qué comprender, sentir y cuidar nuestras relaciones también es una forma de inteligencia

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿Qué tan inteligente somos cuando estamos con otras personas?

Tradicionalmente, cuando hablamos de inteligencia pensamos en la capacidad para resolver problemas, aprender, memorizar, razonar o tomar decisiones. Incluso durante buena parte del siglo XX, la inteligencia estuvo estrechamente vinculada con la medición del cociente intelectual. Sin embargo, la vida cotidiana plantea problemas que no se resuelven únicamente mediante razonamientos lógicos: interpretar una mirada, reconocer que alguien está incómodo aunque diga que está bien, saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio, percibir la tensión de un grupo, consolar a una persona, negociar un conflicto o construir confianza.

Estas capacidades pertenecen a otra dimensión de nuestra vida mental: la inteligencia social.

Daniel Goleman, en Inteligencia social: la nueva ciencia de las relaciones humanas, propone comprenderla no simplemente como el conocimiento de las reglas sociales, sino como la capacidad de actuar sabiamente en las relaciones humanas. En su planteamiento, la inteligencia social incluye tanto la comprensión de los demás como la empatía, la sincronía, la escucha, la conexión, la preocupación por otras personas y las capacidades necesarias para gestionar las relaciones.

La importancia de esta propuesta va más allá de aprender a "llevarse bien con los demás". La neurociencia social ha mostrado que nuestras relaciones no son acontecimientos externos al organismo: pueden influir en la actividad cerebral, en la respuesta al estrés, en la percepción de seguridad y, en determinadas circunstancias, en procesos relacionados con la salud física y psicológica (Eisenberger, 2013; Hostinar, 2015).

En otras palabras, somos seres sociales no solamente porque vivimos con otros, sino porque nuestro cerebro ha evolucionado para hacerlo.

Del individuo aislado al cerebro social

Durante mucho tiempo predominó una visión relativamente individualista de la mente. El cerebro parecía ser, metafóricamente, una especie de órgano encerrado dentro del cráneo que recibía información del exterior, procesaba esa información y producía una respuesta.

La neurociencia social propone una perspectiva diferente.

Esta disciplina estudia cómo los procesos sociales y los mecanismos biológicos se influyen mutuamente. Cacioppo, Berntson y Decety (2010) explican que la neurociencia social intenta identificar los mecanismos neuronales, hormonales, celulares y genéticos relacionados con la conducta social.

Goleman lleva esta idea al terreno de la experiencia cotidiana. En su libro sostiene que nuestro sistema neuronal está preparado para establecer conexiones con otras personas y que las interacciones sociales pueden influir en nuestros estados emocionales y corporales.

La idea fundamental puede expresarse de manera sencilla:

Cuando convivimos con otras personas, nuestro cerebro no permanece indiferente.

Una conversación puede tranquilizarnos. Una mirada hostil puede ponernos en alerta. Una sonrisa puede facilitar la interacción. Una discusión puede dejarnos alterados incluso después de haber terminado. Una palabra de reconocimiento puede modificar nuestra disposición emocional durante horas.

Goleman denomina "economía emocional" al balance de sentimientos que se produce durante nuestras interacciones: en cada encuentro podemos salir emocionalmente mejor, igual o peor de como entramos.

Aunque esta expresión debe entenderse como una metáfora conceptual y no como una medición económica literal, resulta útil para comprender un fenómeno cotidiano: las relaciones dejan huella.

El contagio emocional: cuando el estado de ánimo de otros nos afecta

¿Alguna vez has entrado a una habitación donde todos estaban tensos y, sin saber exactamente qué ocurría, tú también comenzaste a sentirte incómodo?

Ese fenómeno ayuda a comprender el denominado contagio emocional.

Las personas somos extraordinariamente sensibles a señales sociales como el tono de voz, las expresiones faciales, la postura corporal, los movimientos y otros indicadores no verbales. Muchas de estas señales son procesadas con rapidez y pueden influir en nuestra respuesta antes de que formulemos conscientemente una explicación.

Goleman relaciona este proceso con lo que denomina vía inferior, caracterizada en su modelo por un procesamiento rápido y predominantemente automático, frente a una vía superior, asociada con un procesamiento más deliberado y consciente.

Esta distinción resulta pedagógicamente interesante porque permite comprender una experiencia muy común: primero podemos sentir algo y después intentar comprender por qué lo sentimos.

Sin embargo, es importante hacer una precisión científica. Las expresiones "vía superior" y "vía inferior" constituyen el modelo explicativo utilizado por Goleman; no deben confundirse con una clasificación anatómica universalmente aceptada de dos sistemas cerebrales independientes. La investigación contemporánea sobre emoción, cognición social y regulación emocional describe redes cerebrales complejas, dinámicas e interconectadas.

La aportación importante de Goleman no consiste, por tanto, en demostrar que existen literalmente dos "cerebros" separados, sino en destacar una cuestión fundamental: la conducta social combina procesos automáticos, emocionales, perceptivos y cognitivos.

La empatía no es solamente ponerse en los zapatos del otro

La palabra empatía se ha incorporado al lenguaje cotidiano hasta convertirse casi en una expresión de moda. Pero comprender científicamente la empatía exige mayor precisión.

Goleman distingue diferentes capacidades relacionadas con ella. Su propuesta incluye la llamada empatía primordial, la exactitud empática y la preocupación empática, junto con otras competencias como la sincronía, la cognición social y las habilidades de relación.

Esto permite diferenciar dos cosas que frecuentemente confundimos.

Una persona puede comprender intelectualmente lo que otra está experimentando sin necesariamente preocuparse por ella. Incluso puede utilizar ese conocimiento para manipularla.

Por ello, Goleman cuestiona la idea de reducir la inteligencia social a saber interpretar correctamente las situaciones sociales. Una persona podría comprender perfectamente cómo reaccionarán los demás y utilizar ese conocimiento exclusivamente en beneficio propio. Desde su perspectiva, la verdadera inteligencia social implica también una orientación interpersonal constructiva.

Esta distinción posee una profunda dimensión ética.

Saber leer a las personas no nos convierte automáticamente en buenas personas.

La inteligencia social adquiere valor cuando la comprensión del otro se transforma en una conducta que considera también sus necesidades, emociones y dignidad.

El cerebro social no es un órgano aislado

Cuando hablamos de "cerebro social", debemos evitar imaginar una pequeña región cerebral responsable de todas nuestras relaciones.

En realidad, las investigaciones contemporáneas muestran la participación de diferentes redes y estructuras relacionadas con la percepción social, la emoción, la cognición, la motivación, la regulación y la toma de decisiones.

Goleman destaca, entre otras estructuras, la amígdala y regiones prefrontales. En su modelo, la corteza orbitofrontal aparece como una especie de punto de integración entre información emocional, corporal y cognitiva.

La importancia de esta integración resulta fundamental.

Una interacción social no consiste simplemente en recibir información y responder racionalmente. Mientras conversamos, simultáneamente:

  • interpretamos expresiones faciales;

  • escuchamos el tono de voz;

  • evaluamos intenciones;

  • recordamos experiencias anteriores;

  • experimentamos emociones;

  • regulamos nuestra conducta;

  • anticipamos posibles consecuencias;

  • y decidimos cómo responder.

La inteligencia social emerge precisamente de esa integración dinámica.

Cuando las relaciones también pueden enfermarnos

Una de las aportaciones más sugerentes de la neurociencia social consiste en haber cuestionado la separación radical entre "salud mental", "salud física" y "vida social".

Las relaciones pueden constituir una fuente de protección, pero también una fuente de estrés.

La investigación revisada por Hostinar (2015) muestra que las relaciones sociales pueden funcionar como amortiguadores del estrés, aunque determinadas relaciones también pueden convertirse en fuentes de estrés y contribuir a respuestas fisiológicas adversas.

Eisenberger (2013) explica que algunas experiencias relacionadas con la desconexión social pueden activar sistemas cerebrales asociados con la detección de amenazas y las respuestas fisiológicas de estrés. Por el contrario, el apoyo social puede estar relacionado con señales de seguridad capaces de disminuir dichas respuestas.

Esto permite comprender por qué una discusión con una persona significativa puede afectarnos mucho más que un desacuerdo con un desconocido.

No todas las interacciones sociales tienen el mismo peso biológico.

Cuanto mayor es la importancia emocional de una relación, mayor puede ser su capacidad para influir en nuestra experiencia.

Por ello, cuidar nuestras relaciones no es simplemente una recomendación sentimental. También constituye una dimensión relevante del bienestar.

La soledad: tener gente alrededor no siempre significa estar conectado

Existe otra paradoja de la sociedad contemporánea: podemos estar permanentemente conectados y, al mismo tiempo, experimentar una profunda desconexión.

Goleman ya advertía sobre este problema al analizar cómo las tecnologías pueden captar nuestra atención y reducir las oportunidades de interacción directa.

No obstante, conviene actualizar esta reflexión. El problema no es simplemente la tecnología.

Una videollamada puede acercarnos a alguien que se encuentra a miles de kilómetros. Una red social puede permitirnos mantener vínculos que de otro modo serían difíciles de conservar. Una comunidad digital puede proporcionar apoyo y pertenencia.

La pregunta relevante no debería ser:

"¿La tecnología nos conecta o nos desconecta?"

La pregunta más interesante es:

"¿Qué tipo de conexión estamos construyendo mediante la tecnología?"

La evidencia científica confirma que la calidad de las relaciones importa. Un metaanálisis de 148 estudios que incluyó a 308,849 participantes encontró una asociación entre relaciones sociales más fuertes y una mayor probabilidad de supervivencia; los autores señalaron que el efecto fue consistente en diferentes grupos y condiciones, aunque también identificaron una considerable heterogeneidad entre estudios (Holt-Lunstad et al., 2010).

Por eso, estar acompañado no equivale necesariamente a sentirse acompañado.

La cantidad de contactos no sustituye automáticamente a la calidad de los vínculos.

El estrés también puede ser social

Imaginemos dos personas realizando exactamente la misma tarea difícil.

Una trabaja tranquilamente a solas.

La otra realiza la misma actividad mientras alguien observa, evalúa y critica su desempeño.

El desafío objetivo puede ser idéntico, pero la experiencia subjetiva cambia radicalmente.

Goleman analiza investigaciones sobre estrés social y destaca el efecto que puede producir sentirse observado y juzgado.

La investigación contemporánea coincide en que el estrés psicológico involucra sistemas fisiológicos como el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y el sistema nervioso simpático, y que las relaciones sociales pueden modular estas respuestas (Hostinar, 2015; Eisenberger, 2013).

Esto tiene consecuencias importantes para escuelas, universidades y organizaciones.

Un ambiente donde predominan la humillación, la amenaza, la competencia destructiva o la desconfianza no solamente deteriora las relaciones: puede transformar la experiencia cotidiana del estrés.

Por el contrario, un ambiente caracterizado por apoyo, respeto y seguridad interpersonal puede favorecer condiciones más adecuadas para aprender, colaborar y trabajar.

La inteligencia social también se aprende

Una de las conclusiones más esperanzadoras de la propuesta de Goleman es que nuestras respuestas sociales no tienen por qué considerarse completamente inmodificables.

La neuroplasticidad permite comprender que la experiencia repetida participa en la modificación de las conexiones neuronales. Goleman sostiene que las relaciones significativas pueden contribuir progresivamente a moldear determinados circuitos.

Esto no significa que podamos "reprogramar el cerebro" de manera sencilla, ni que cualquier experiencia produzca automáticamente cambios específicos.

Significa algo más prudente y científicamente defendible:

las experiencias repetidas importan.

Aprendemos patrones de interacción.

Aprendemos a confiar o a desconfiar.

Aprendemos maneras de afrontar los conflictos.

Aprendemos formas de escuchar.

Aprendemos a interpretar determinadas señales sociales.

Y también podemos desarrollar nuevas estrategias de regulación y relación.

Por ello, la inteligencia social puede entenderse como una capacidad que se construye y perfecciona mediante la experiencia, la reflexión, la educación y la interacción con otras personas.

¿Qué significa ser socialmente inteligente?

Después de revisar estos planteamientos, podemos regresar a la pregunta inicial.

Ser socialmente inteligente no significa ser extrovertido.

Tampoco significa caerle bien a todo el mundo.

No significa evitar los conflictos.

Y mucho menos significa aprender técnicas para manipular a otras personas.

La inteligencia social supone algo mucho más complejo.

Implica percibir.

Percibir lo que sucede en nosotros y en los demás.

Implica comprender.

Interpretar las emociones, necesidades, intenciones y circunstancias de las personas sin asumir que nuestra primera impresión necesariamente es correcta.

Implica regular.

No permitir que cada emoción inmediata determine automáticamente nuestra conducta.

Implica escuchar.

No solamente esperar nuestro turno para hablar, sino prestar verdadera atención.

Implica sincronizarse.

Adaptar nuestro comportamiento a la situación y a la persona sin perder nuestra propia identidad.

Implica empatizar.

Comprender la experiencia de otra persona desde su perspectiva.

Y, finalmente, implica preocuparse.

Porque conocer al otro sin considerar su bienestar puede convertirse simplemente en una habilidad estratégica.

Goleman sintetiza esta concepción recuperando una definición atribuida a Edward Thorndike: la inteligencia social como la capacidad de "actuar sabiamente en las relaciones humanas".

De la inteligencia individual a la inteligencia colectiva

Aquí aparece quizá la reflexión más profunda.

Si nuestras emociones pueden influirse mutuamente, si nuestras relaciones afectan nuestra experiencia del estrés, si el apoyo social puede funcionar como factor protector y si los seres humanos hemos desarrollado mecanismos especializados para vivir en grupos, entonces la inteligencia no debería pensarse exclusivamente como una propiedad individual.

También existe una dimensión relacional.

Una familia puede ser socialmente inteligente.

Un salón de clases puede ser socialmente inteligente.

Una organización puede ser socialmente inteligente.

Una comunidad puede ser socialmente inteligente.

En estos contextos, la pregunta deja de ser solamente:

"¿Qué tan inteligente es esta persona?"

Y comienza a ser:

"¿Qué tan inteligentemente estamos relacionándonos?"

Esta transición del "yo" al "nosotros" es particularmente relevante en una época caracterizada por polarización, aislamiento, hiperconectividad, conflictos interpersonales y sobrecarga informativa.

El desafío no consiste únicamente en desarrollar individuos capaces de competir.

También necesitamos desarrollar personas capaces de cooperar.

La educación frente al reto de la inteligencia social

La escuela puede convertirse en uno de los principales espacios para desarrollar esta capacidad.

No basta con enseñar contenidos académicos si los estudiantes no aprenden también a convivir, escuchar, argumentar, resolver conflictos, reconocer emociones y considerar las perspectivas de los demás.

Goleman plantea precisamente interrogantes sobre el papel que pueden desempeñar maestros y líderes en el funcionamiento de los cerebros de quienes los rodean.

Desde una perspectiva educativa, esto invita a reconsiderar el papel del docente.

Un profesor no transmite únicamente información.

También transmite formas de relacionarse.

El tono de voz importa.

La manera de corregir importa.

La forma de escuchar importa.

La disposición para reconocer un error importa.

La manera de tratar a un estudiante frente al grupo importa.

Cada interacción puede convertirse en una experiencia de seguridad, amenaza, confianza, indiferencia o pertenencia.

Por eso, educar también significa construir contextos sociales emocionalmente significativos.

Una nueva forma de entender el éxito

Durante décadas hemos asociado el éxito con indicadores individuales: calificaciones, ingresos, productividad, reconocimiento profesional o capacidad intelectual.

Pero una vida puede ser exitosa en términos profesionales y, al mismo tiempo, ser profundamente pobre en relaciones humanas.

Podemos acumular conocimientos y perder la capacidad de escuchar.

Podemos dominar una profesión y no saber pedir perdón.

Podemos dirigir organizaciones y ser incapaces de generar confianza.

Podemos tener cientos de contactos y carecer de alguien con quien hablar cuando la vida se vuelve difícil.

La inteligencia social introduce una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Para qué sirve nuestra inteligencia si no sabemos utilizarla para construir relaciones humanas más saludables?

El desafío de pasar del "yo" al "nosotros"

La propuesta de Goleman conserva plena vigencia como punto de partida para reflexionar sobre la dimensión social de la inteligencia, pero la evidencia científica actual invita a leerla críticamente.

No existe un único "cerebro social" localizado en una estructura concreta.

Las neuronas espejo no explican por sí solas toda la empatía.

El contagio emocional no significa que inevitablemente adoptemos las emociones de los demás.

Y la tecnología no es, por sí misma, enemiga de las relaciones humanas.

La ciencia contemporánea presenta un panorama mucho más complejo.

Precisamente por eso resulta valiosa la pregunta de fondo que plantea Goleman: ¿cómo influimos unos en otros y qué hacemos con esa influencia?

La neurociencia social nos recuerda que nuestras relaciones forman parte de nuestra experiencia biológica y psicológica. La investigación sobre conexión social y salud muestra, además, que los vínculos sociales poseen consecuencias que trascienden el ámbito de lo sentimental.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea conseguir que las personas sean más inteligentes para competir entre sí.

Tal vez necesitemos aprender a ser más inteligentes para convivir.

Porque cada conversación deja una huella.

Cada gesto comunica.

Cada relación modifica nuestra experiencia.

Y, aunque no podamos controlar completamente lo que los demás sienten, sí podemos preguntarnos qué tipo de experiencia estamos ayudando a construir en quienes nos rodean.

En última instancia, la inteligencia social nos recuerda una verdad profundamente humana:

no vivimos solamente dentro de nuestro propio cerebro; también vivimos, en cierta medida, en los vínculos que construimos con los demás.

Reflexión final de Divulgando Ciencia con Tino

La inteligencia social no debería entenderse como una nueva etiqueta para clasificar personas, sino como una invitación a mirar de otra manera la convivencia humana. Comprender el cerebro social significa reconocer que nuestras acciones tienen consecuencias que pueden ir mucho más allá de nuestras intenciones.

Ser socialmente inteligente quizá consista, en buena medida, en aprender a formular una pregunta antes de actuar:

"¿Qué efecto tendrá mi manera de hablar, escuchar, corregir, dirigir, enseñar o convivir sobre la persona que tengo delante?"

La respuesta a esa pregunta podría ser uno de los primeros pasos hacia una sociedad más consciente de que la calidad de nuestras relaciones también forma parte de la calidad de nuestra vida.


Referencias 

Cacioppo, J. T., Berntson, G. G., & Decety, J. (2010). Social neuroscience and its relationship to social psychology. Social Cognition, 28(6), 675–685. https://doi.org/10.1521/soco.2010.28.6.675

Cacioppo, J. T., & Cacioppo, S. (2014). Social relationships and health: The toxic effects of perceived social isolation. Social and Personality Psychology Compass, 8(2), 58–72. https://doi.org/10.1111/spc3.12087

Eisenberger, N. I. (2013). Social ties and health: A social neuroscience perspective. Current Opinion in Neurobiology, 23(3), 407–413. https://doi.org/10.1016/j.conb.2013.01.006

Goleman, D. (2006). Inteligencia social: La nueva ciencia de las relaciones humanas. Kairós.

Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., & Layton, J. B. (2010). Social relationships and mortality risk: A meta-analytic review. PLoS Medicine, 7(7), e1000316. https://doi.org/10.1371/journal.pmed.1000316

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domingo, 23 de agosto de 2026

Educar en tiempos líquidos: los retos de aprender cuando todo cambia

 


Educar en tiempos líquidos: los retos de aprender cuando todo cambia

Por: Divulgando Ciencia con Tino

Introducción: cuando el mundo cambia más rápido que nuestras certezas

¿Para qué educamos cuando aquello que hoy consideramos indispensable puede perder vigencia mañana? ¿Qué significa formar a una persona cuando el conocimiento se multiplica, las tecnologías modifican las formas de trabajar y comunicarnos y las identidades parecen estar en permanente transformación?

Estas preguntas adquieren especial relevancia a la luz de la obra Los retos de la educación en la modernidad líquida, de Zygmunt Bauman. Publicado originalmente en español por Gedisa en 2007, el texto plantea una relación inquietante entre las transformaciones sociales de la modernidad líquida y la manera en que concebimos la educación. Bauman sostiene que la educación ya no puede pensarse exclusivamente como acumulación de conocimientos destinados a acompañar a una persona durante toda su vida, porque vivimos en una sociedad caracterizada por la velocidad, la incertidumbre, el consumo y la transformación constante (Bauman, 2007).

La metáfora de lo "líquido" resulta poderosa porque permite comprender una transformación social profunda: aquello que en la modernidad sólida parecía relativamente estable -instituciones, profesiones, identidades, relaciones, conocimientos y proyectos de vida- se vuelve más flexible, provisional y susceptible de modificación. Bauman no presenta esta transformación como una simple innovación tecnológica; se refiere a una nueva condición social que afecta nuestra relación con el tiempo, el conocimiento, el trabajo y nosotros mismos.

El desafío educativo, por tanto, no consiste simplemente en enseñar más contenidos. Consiste en preguntarnos qué tipo de persona necesita formar la educación en una sociedad donde la permanencia ya no puede darse por sentada.

1. De la modernidad sólida a la modernidad líquida

Para comprender la propuesta de Bauman es necesario detenernos en su concepto de modernidad líquida.

La modernidad sólida estaba asociada con estructuras relativamente duraderas. La trayectoria educativa podía imaginarse como un proceso acumulativo: estudiar, obtener una preparación profesional, incorporarse al mundo laboral y utilizar durante un periodo prolongado aquello que se había aprendido.

El conocimiento podía percibirse como una especie de patrimonio intelectual. Aprender significaba adquirir algo que aumentaba nuestro capital cultural y profesional y que, idealmente, permanecería útil durante mucho tiempo.

En la modernidad líquida esta lógica se modifica. La estabilidad pierde valor frente a la capacidad de adaptación. La sociedad contemporánea exige capacidad de movimiento, actualización y reinvención. En consecuencia, el conocimiento corre el riesgo de convertirse en un producto de consumo: algo que se adquiere, se utiliza durante cierto tiempo y posteriormente puede ser reemplazado.

Esta transformación tiene una consecuencia educativa fundamental: ya no basta con preparar a una persona para desempeñar una función; necesitamos prepararla para aprender, desaprender y volver a aprender a lo largo de su vida.

La investigación contemporánea coincide parcialmente con este diagnóstico. Los análisis actuales sobre educación en modernidad líquida señalan precisamente la obsolescencia acelerada de conocimientos y competencias y la necesidad de pensar la formación como un proceso permanente, no como una etapa cerrada de la existencia (Meirinhos & Portela, 2023).

Pero aquí aparece una paradoja.

Si todo cambia, ¿debemos convertir la educación en un entrenamiento permanente para el cambio?

Bauman nos obliga a responder que no.

2. El "síndrome de la impaciencia": vivimos con prisa por llegar

Uno de los conceptos más provocadores del texto es el síndrome de la impaciencia.

En la sociedad líquida, esperar deja de percibirse como una condición normal de los procesos humanos y comienza a interpretarse como una pérdida. El tiempo adquiere un valor económico y social cada vez mayor. Lo importante parece ser obtener resultados rápidamente.

La consecuencia educativa es significativa.

Aprender requiere tiempo.

Leer requiere tiempo.
Investigar requiere tiempo.
Comprender requiere tiempo.
Equivocarse y volver a intentar requiere tiempo.
Reflexionar requiere tiempo.

Sin embargo, buena parte de nuestra cultura contemporánea funciona bajo una lógica opuesta: respuesta inmediata, satisfacción inmediata, información inmediata y resultados inmediatos.

La educación entra entonces en tensión con una cultura de la velocidad.

Un estudiante puede acceder en segundos a miles de fuentes de información, pero eso no significa que pueda distinguir cuáles son confiables, comprenderlas críticamente o incorporarlas como conocimiento significativo.

Aquí aparece una diferencia fundamental entre información y conocimiento.

La información puede llegar rápidamente. El conocimiento, en cambio, necesita elaboración.

Esta distinción es especialmente importante en la era digital. La UNESCO ha advertido que la incorporación de tecnologías en educación no garantiza por sí misma mejores aprendizajes; su valor depende de las condiciones pedagógicas, de la equidad, de los objetivos educativos y de la manera en que se utilicen (UNESCO, 2023).

Por ello, una educación verdaderamente pertinente no debería competir con la velocidad de internet.

Debería enseñar a detenerse frente a ella.

3. El conocimiento: de patrimonio a producto

Uno de los planteamientos centrales de Bauman consiste en observar cómo cambia el significado social del conocimiento.

En una concepción tradicional, aprender significaba adquirir conocimientos suficientemente duraderos como para constituir una base intelectual para el resto de la vida. En la modernidad líquida, esa promesa se debilita.

El conocimiento puede convertirse en algo temporal.

Lo aprendemos para resolver un problema, conseguir un empleo, superar una evaluación o responder a determinada exigencia y, posteriormente, puede ser sustituido por información nueva.

Esta situación genera una tensión entre dos modelos educativos.

El primero entiende la educación como acumulación.

El segundo la concibe como capacidad de navegación.

En el primer modelo, el estudiante intenta poseer la mayor cantidad posible de conocimientos.

En el segundo, desarrolla la capacidad de localizar, interpretar, cuestionar, relacionar y utilizar conocimientos de manera responsable.

La segunda perspectiva resulta especialmente pertinente en el contexto contemporáneo. El proyecto Future of Education and Skills 2030 de la OCDE plantea que la educación necesita desarrollar conocimientos, habilidades, actitudes y valores, además de promover la agencia del estudiante para que pueda orientarse en contextos desconocidos y participar responsablemente en la sociedad (OECD, n.d.).

Esto permite reinterpretar a Bauman desde una perspectiva pedagógica actual.

La educación no debe abandonar el conocimiento; debe cambiar la relación que establecemos con él.

No se trata de memorizar menos por principio, sino de comprender que memorizar algo sin poder utilizarlo, cuestionarlo o relacionarlo con otros saberes tiene un valor limitado.

4. ¿La memoria está perdiendo valor?

Bauman dedica también una reflexión importante a la memoria.

En una sociedad caracterizada por la renovación constante, recordar puede parecer poco funcional. Las novedades adquieren prioridad y el presente termina desplazando al pasado.

Pero una educación sin memoria enfrenta un peligro: perder la capacidad de comprender por qué pensamos como pensamos.

La memoria no es únicamente almacenamiento de datos. También es continuidad.

Nos permite establecer relaciones entre acontecimientos, comprender procesos históricos, reconocer consecuencias y construir identidad.

Una sociedad que únicamente mira hacia adelante corre el riesgo de confundir innovación con progreso.

Aquí existe una paradoja particularmente importante para la educación contemporánea:

necesitamos educar para el futuro sin destruir la capacidad de comprender el pasado.

La memoria histórica, científica, cultural y social no constituye un obstáculo para la innovación. Por el contrario, permite establecer criterios para decidir qué debería cambiar y qué merece conservarse.

La educación, entonces, no puede reducirse a preparar para "lo nuevo". También debe enseñar a interpretar críticamente aquello que heredamos.

5. El gran problema: formar para un futuro que no conocemos

Quizá la pregunta más difícil que plantea Bauman sea también la más actual:

¿cómo podemos preparar a los estudiantes para un futuro que no conocemos?

Durante mucho tiempo, la educación pudo establecer una relación relativamente directa entre formación y ocupación. Una persona estudiaba para ejercer una profesión que probablemente conservaría durante buena parte de su trayectoria laboral.

Hoy esa relación es mucho menos predecible.

La transformación digital, la inteligencia artificial, la automatización, las nuevas formas de empleo y la reorganización de los mercados laborales dificultan prever qué conocimientos serán suficientes dentro de diez o veinte años.

La OCDE parte precisamente de una pregunta semejante al plantear su proyecto sobre el futuro de la educación: ¿cómo preparar a los estudiantes para empleos que todavía no han sido creados y para problemas sociales que quizá todavía no podemos imaginar?

La respuesta no puede consistir en intentar adivinar el futuro.

La alternativa es desarrollar capacidades transferibles.

Pensamiento crítico.
Creatividad.
Comunicación.
Colaboración.
Metacognición.
Competencias socioemocionales.
Capacidad de investigación.
Toma de decisiones.
Responsabilidad ética.
Aprendizaje autónomo.

Pero incluso esta lista debe manejarse con cautela.

No tendría sentido sustituir una educación centrada en contenidos por otra obsesionada exclusivamente con "competencias". Las competencias necesitan conocimiento para desarrollarse y el conocimiento necesita competencias para convertirse en acción significativa.

La verdadera tarea consiste en integrar ambos elementos.

6. La tecnología no elimina el problema educativo

Es tentador afirmar que la respuesta a los desafíos descritos por Bauman se encuentra en la tecnología.

Más plataformas.
Más aplicaciones.
Más inteligencia artificial.
Más contenidos digitales.
Más automatización.

Pero esta solución puede ser engañosa.

La tecnología amplifica las capacidades humanas, pero también puede amplificar problemas ya existentes.

Un sistema educativo que carece de propósito pedagógico no se transforma automáticamente por utilizar herramientas digitales.

La UNESCO advierte que la tecnología educativa debe evaluarse considerando su pertinencia, equidad, evidencia, calidad y efectos reales sobre el aprendizaje. La digitalización puede generar oportunidades, pero también desigualdades y nuevas formas de exclusión (UNESCO, 2023).

La OCDE, por su parte, plantea la necesidad de construir ecosistemas digitales educativos confiables, efectivos y equitativos, donde las tecnologías -incluida la inteligencia artificial- estén sujetas a criterios pedagógicos y éticos (OECD, 2023).

Por eso, la pregunta no debería ser:

"¿Qué tecnología debemos incorporar a la educación?"

La pregunta más importante es:

"¿Qué finalidad educativa queremos alcanzar y qué tecnología puede ayudarnos a conseguirla?"

La diferencia parece pequeña, pero es fundamental.

7. El profesor en la modernidad líquida

La tesis de Bauman también interpela directamente al docente.

Si el conocimiento cambia constantemente, el profesor ya no puede concebirse únicamente como la persona que posee información y la transmite a estudiantes que carecen de ella.

Esto no significa que el docente haya perdido importancia.

Ocurre exactamente lo contrario.

Su función se vuelve más compleja.

El docente debe ayudar a los estudiantes a construir criterios para orientarse en medio de un exceso de información. Debe enseñar a formular preguntas, evaluar fuentes, construir argumentos, reconocer sesgos y relacionar conocimientos.

En otras palabras, la autoridad docente no desaparece: se transforma.

El profesor contemporáneo es menos un "depositario" del conocimiento y más un mediador entre el estudiante, el conocimiento, la sociedad y los problemas del mundo.

Esta transformación coincide con la visión de la OCDE, que reconoce la agencia docente, el bienestar profesional y las competencias del profesorado como componentes esenciales de los ecosistemas educativos del futuro.

8. Educación permanente: aprender durante toda la vida

Una de las consecuencias más fecundas del planteamiento de Bauman es la reivindicación de la educación como proceso permanente.

Pero aquí debemos evitar una interpretación reduccionista.

La educación permanente no significa estar constantemente acumulando cursos, certificados y habilidades laborales.

Una persona no debería convertirse en una especie de "proyecto productivo" que debe actualizarse permanentemente para mantener su valor en el mercado.

La educación tiene una finalidad más amplia.

UNESCO ha planteado que el derecho a la educación debe entenderse a lo largo de toda la vida y que la educación debe fortalecerse como bien público y común. Esa visión implica superar una concepción exclusivamente instrumental de la educación y recuperar su dimensión social, cultural, ética y democrática (UNESCO, 2021).

Esto permite regresar a una de las preocupaciones fundamentales de Bauman.

La educación no debería preparar únicamente trabajadores capaces de adaptarse al mercado.

Debe formar ciudadanos capaces de comprender, participar y transformar la sociedad.

9. Educar para la ciudadanía en un mundo líquido

Aquí probablemente se encuentra la dimensión más profunda de la propuesta de Bauman.

En medio de la aceleración social, la educación puede convertirse en uno de los pocos espacios donde todavía sea posible detenerse, dialogar y pensar colectivamente.

La escuela, la universidad y los espacios comunitarios pueden ser lugares donde una persona aprenda no solamente a resolver problemas individuales, sino también a reconocer problemas colectivos.

Esto resulta especialmente importante en sociedades caracterizadas por polarización, desinformación, desigualdad y fragmentación.

Una educación orientada exclusivamente al éxito individual puede terminar reproduciendo precisamente las condiciones sociales que Bauman critica.

Por el contrario, una educación democrática debería cultivar la capacidad de escuchar, argumentar, colaborar y convivir con la diferencia.

La UNESCO ha señalado que la renovación educativa requiere precisamente recuperar una visión de la educación vinculada con la justicia, la cooperación, la cohesión social y la construcción de futuros compartidos.

Por ello, la pregunta fundamental no es solamente:

¿Qué debe saber un estudiante?

También debemos preguntar:

¿Qué clase de ciudadano queremos que ese conocimiento contribuya a formar?

10. ¿Qué implica todo esto para la educación actual?

La lectura de Bauman no debería llevarnos a concluir que la educación tradicional es inútil ni que todo debe cambiar.

Su valor consiste precisamente en obligarnos a reconsiderar nuestras prioridades.

Una educación pertinente para la modernidad líquida debería conservar algunas funciones fundamentales de la tradición educativa -conocimiento disciplinar, memoria, lectura, escritura, argumentación y rigor intelectual-, pero incorporando capacidades que permitan desenvolverse en entornos inciertos.

Esto implica, entre otras cosas, recuperar cinco principios.

Primero: enseñar a pensar antes que enseñar solamente a responder.

La respuesta puede estar disponible en segundos; formular una buena pregunta sigue siendo una capacidad profundamente humana.

Segundo: recuperar el valor de la espera.

No todo aprendizaje debe ser inmediato. La comprensión profunda necesita tiempo.

Tercero: distinguir información de conocimiento.

Tener acceso a una enorme cantidad de información no significa comprenderla.

Cuarto: enseñar a convivir con la incertidumbre.

El objetivo no puede ser garantizar que el estudiante conozca exactamente qué sucederá, sino que pueda actuar responsablemente cuando aquello esperado no suceda.

Quinto: recuperar la dimensión ética y ciudadana de la educación.

La formación no puede quedar subordinada a las exigencias inmediatas del mercado.

Conclusión: educar cuando nada parece permanecer

Zygmunt Bauman escribió sobre la educación en un contexto distinto al actual, pero muchas de sus preguntas mantienen una sorprendente vigencia.

La revolución digital, la inteligencia artificial y la expansión de las redes sociales incluso han intensificado algunos de los fenómenos que Bauman observaba: aceleración, abundancia de información, renovación permanente, consumo rápido y debilitamiento de algunas formas tradicionales de estabilidad.

Pero interpretar su propuesta como una simple crítica a la sociedad contemporánea sería insuficiente.

Bauman nos invita a pensar más profundamente.

Si vivimos en una sociedad líquida, la educación no puede volverse líquida en el sentido de perder todo aquello que proporciona orientación, profundidad y sentido.

Al contrario.

Cuanto mayor sea la velocidad del mundo, más necesaria será la capacidad de detenerse.

Cuanto mayor sea la cantidad de información, más importante será el pensamiento crítico.

Cuanto más cambiantes sean las profesiones, mayor será la necesidad de aprender durante toda la vida.

Cuanto más fragmentadas estén nuestras sociedades, mayor será la importancia de educar para el diálogo y la ciudadanía.

Y cuanto más incierto sea el futuro, más necesario será formar personas capaces de construirlo responsablemente.

Tal vez éste sea el gran reto de la educación en la modernidad líquida: no enseñar a los estudiantes a vivir en un mundo que ya no existe, sino proporcionarles las herramientas intelectuales, éticas, sociales y humanas necesarias para participar en la construcción del mundo que todavía no existe.

La educación no puede detener el cambio.

Pero sí puede enseñarnos a comprenderlo, cuestionarlo y orientarlo.

Y en una época donde todo parece destinado a cambiar, quizá esa sea una de las formas más profundas de permanencia que todavía podemos ofrecer.


Referencias

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Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.

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