martes, 22 de septiembre de 2026

De la tesis al artículo: transformar una investigación extensa en conocimiento que pueda dialogar con la ciencia

 



¿Qué sucede después de terminar una tesis?

Para algunos investigadores, el proceso concluye con la defensa. Para otros, comienza una nueva etapa: transformar esa investigación en conocimiento capaz de entrar en circulación dentro de una comunidad científica.

En esta nueva entrega de Divulgando Ciencia con Tino exploramos cómo convertir una tesis en un artículo de investigación sin reducir el proceso a un simple ejercicio de resumen.

Una reflexión sobre escritura científica, metodología, publicación, ética y comunicación del conocimiento.

📖 Te invitamos a leer y reflexionar: una tesis puede ser el final de una etapa académica… o el comienzo de una trayectoria investigadora.

La tesis no termina cuando se defiende

Para muchos estudiantes y recién egresados, la defensa de la tesis representa el punto culminante de años de trabajo: formular una pregunta, revisar literatura, construir un marco teórico, diseñar una metodología, recolectar datos, analizar resultados y presentar conclusiones ante un jurado. Sin embargo, desde la perspectiva de la comunicación científica, ese momento puede ser apenas una transición.

Una tesis puede haber cumplido satisfactoriamente su función académica y, al mismo tiempo, necesitar una transformación profunda para convertirse en un artículo de investigación.

Esta distinción constituye uno de los planteamientos centrales de Cómo convertir tu tesis en un artículo de investigación, de Dennis Arias Chávez y Teresa Ramos Quispe. Los autores advierten que investigar, escribir y publicar forman parte de un proceso articulado y que la publicación no debe entenderse como un acto mecánico añadido al final, sino como una forma de hacer público y poner en circulación el conocimiento producido (Arias Chávez & Ramos Quispe, 2021). El documento también insiste en una cuestión particularmente importante: el rigor que hace posible un artículo publicable no comienza cuando termina la tesis; se construye desde el origen mismo de la investigación.

La idea parece sencilla, pero tiene profundas implicaciones: convertir una tesis en un artículo no significa resumirla; significa reconstruirla para que pueda responder a las reglas, preguntas y expectativas de una comunidad científica específica.

Una tesis y un artículo no cumplen exactamente la misma función

La diferencia fundamental no está únicamente en la extensión.

La tesis es, ante todo, un producto académico especializado orientado a demostrar que quien investiga posee determinadas competencias para obtener un grado o título. Suele contener una explicación amplia del problema, antecedentes, bases teóricas, metodología, resultados, discusión, conclusiones, recomendaciones y anexos.

El artículo, en cambio, es un género de comunicación científica mucho más concentrado. Su propósito es presentar un aporte identificable dentro de una conversación disciplinar ya existente.

Arias Chávez y Ramos Quispe muestran que existe una correspondencia entre los componentes de ambos géneros, pero advierten que esa relación es de contenido y función, no de extensión. La introducción de la tesis, por ejemplo, puede contener materiales que posteriormente deberán ser seleccionados y reorganizados para construir la introducción del artículo.

TesisArtículo de investigación
Enunciado amplio del problemaTítulo más conciso
Introducción extensaIntroducción orientada al problema y al aporte
Marco teórico desarrolladoAntecedentes y estado del conocimiento pertinentes
Metodología detalladaMétodo suficiente para comprender y evaluar el estudio
Resultados ampliosResultados esenciales
Discusión extensaInterpretación concentrada de los hallazgos
Conclusiones y recomendacionesConclusiones vinculadas directamente con los hallazgos
Referencias y anexosReferencias seleccionadas y pertinentes

La consecuencia práctica es importante: copiar y pegar la tesis dentro del formato de una revista no constituye una conversión científica.

El verdadero trabajo consiste en decidir qué merece sobrevivir

Una tesis puede contener decenas de páginas que fueron necesarias para documentar el proceso formativo, demostrar antecedentes, justificar decisiones metodológicas o satisfacer las exigencias de una institución.

Un artículo no puede permitirse esa misma amplitud.

Su pregunta central es más exigente:

¿Qué hallazgo, interpretación o contribución de esta investigación merece entrar en la conversación científica de mi disciplina?

Esta pregunta obliga a seleccionar.

Una tesis puede investigar cinco variables porque el proyecto original necesitaba explorarlas. Pero el artículo quizá deba concentrarse solamente en una relación relevante entre dos de ellas.

Una tesis puede presentar veinte tablas. El artículo puede requerir únicamente aquellas que responden al problema de investigación.

Una tesis puede citar numerosos autores para construir su marco conceptual. En el artículo, las referencias deben desempeñar una función argumentativa: ubicar el problema, mostrar qué se sabe, señalar qué falta por explicar y justificar el aporte del estudio.

El principio no es empobrecer la investigación, sino aumentar su densidad científica

  • El título: la primera decisión científica

El título no es un adorno editorial. Es uno de los principales mecanismos mediante los cuales un artículo es identificado, recuperado y clasificado por lectores y bases de datos.

Arias Chávez y Ramos Quispe recomiendan que el título del artículo conserve los elementos esenciales del estudio, particularmente las variables y unidades de análisis, pero abandone detalles secundarios del enunciado original de la tesis. (Arias Chávez & Ramos Quispe, 2021).

La diferencia puede ilustrarse así:

Enunciado de tesis:
“Relación entre las competencias digitales y el rendimiento académico de los estudiantes de la Facultad de Psicología de una universidad peruana, 2020”.

Título de artículo:
“Competencias digitales y rendimiento académico en estudiantes universitarios”.

El segundo es más breve sin necesariamente perder la información central.

La regla puede sintetizarse en una pregunta: si una persona encuentra únicamente el título en una base de datos, ¿comprenderá de qué trata realmente el estudio?

  • El resumen: una investigación en miniatura

El resumen cumple una función estratégica porque puede determinar si el lector continúa o no con el artículo. La literatura editorial y el propio libro de Arias Chávez y Ramos Quispe coinciden en que debe presentar de manera sintética el problema, objetivo, método, resultados y conclusiones principales (Arias Chávez & Ramos Quispe, 2021).

La APA 7.ª edición, además, incorpora criterios específicos de comunicación científica y estándares de presentación de resultados para investigaciones cuantitativas, cualitativas y de métodos mixtos (American Psychological Association, 2020).

Un buen resumen no intenta contar toda la tesis.

Hace algo más difícil: permite comprender el estudio sin haberlo leído completo.

  • La introducción no es el marco teórico comprimido

Este es uno de los errores más frecuentes.

La introducción del artículo no debe convertirse en una reproducción abreviada de todas las teorías revisadas en la tesis. Su función argumentativa es distinta.

Una introducción eficaz necesita conducir al lector por una secuencia lógica:

problema → conocimiento existente → vacío o tensión → propósito del estudio → contribución esperada.

Por eso, la revisión bibliográfica debe ser selectiva.

No se trata de demostrar que el investigador leyó mucho, sino de demostrar que sabe exactamente qué literatura necesita para situar su pregunta de investigación.

El documento base insiste precisamente en la necesidad de familiarizarse con los artículos de la propia disciplina antes incluso de concluir la tesis. Conocer las revistas, sus líneas temáticas, sus estructuras y sus criterios editoriales aumenta la capacidad para orientar la investigación hacia una publicación posible.

La investigación científica, entonces, también requiere leer estratégicamente.

  • El método: breve, pero nunca superficial

Reducir el método no significa ocultarlo.

Significa eliminar información que no sea necesaria para que el lector comprenda cómo se produjo la evidencia.

Un artículo debería permitir identificar, según corresponda, aspectos como:

el diseño del estudio, los participantes o unidades de análisis, el procedimiento de selección, los instrumentos, el procedimiento de recolección, las estrategias de análisis y las consideraciones éticas pertinentes.

La lógica es sencilla:

el lector debe tener información suficiente para evaluar cómo se obtuvieron los resultados.

La APA 7.ª edición ha reforzado precisamente los estándares de reporte para distintos diseños de investigación, con el objetivo de favorecer una comunicación más transparente y rigurosa de los procedimientos científicos.

Por ello, sintetizar el método significa eliminar redundancias, no eliminar evidencia metodológica.

  • Resultados: no mostrar todo, sino demostrar lo relevante

Una tesis puede contener análisis descriptivos, tablas complementarias, pruebas auxiliares y resultados correspondientes a múltiples objetivos específicos.

El artículo debe hacer una selección.

Arias Chávez y Ramos Quispe señalan que la sección de resultados debe priorizar aquello que contribuye directamente a responder las preguntas de investigación o a contrastar las hipótesis, evitando duplicidades e información innecesaria (Arias Chávez & Ramos Quispe, 2021).

Esta es una diferencia profunda entre almacenar datos y comunicar evidencia.

Una tabla no debe aparecer porque “se obtuvo”.

Debe aparecer porque ayuda a responder una pregunta científica.

Del mismo modo, una figura no adquiere valor por su atractivo visual, sino por su capacidad para facilitar la comprensión de un hallazgo.

La síntesis exige criterio.

  • La discusión: el lugar donde los resultados adquieren significado

Si existe una sección que suele revelar la madurez científica del autor, es la discusión.

Los resultados dicen qué se encontró.

La discusión plantea preguntas más complejas:

¿Qué significan estos resultados? ¿Coinciden con investigaciones anteriores? ¿En qué difieren? ¿Por qué podrían diferir? ¿Qué implicaciones tienen? ¿Qué limitaciones deben considerarse?

Arias Chávez y Ramos Quispe consideran esta sección una pieza central porque exige interpretación, argumentación y conocimiento del campo. La discusión debe confrontar los hallazgos con el conocimiento existente y evitar interpretaciones que vayan más allá de la evidencia disponible.

Esta última precaución es fundamental.

Un resultado obtenido en una muestra determinada no autoriza automáticamente a realizar afirmaciones sobre todas las personas, instituciones o contextos.

La calidad científica también depende de saber decir:

“esto encontramos”

y, con la misma honestidad,

“esto no podemos afirmar a partir de estos datos”.

La revisión por pares puede contribuir a detectar precisamente ese tipo de excesos. No obstante, tampoco debe idealizarse: el peer review funciona como un mecanismo de evaluación y mejora, pero no constituye una garantía absoluta de que un resultado sea verdadero o infalible. La literatura sobre comunicación científica ha documentado limitaciones del proceso, incluidos problemas de variabilidad, sesgos y capacidad imperfecta para detectar errores o malas prácticas.

La ciencia necesita revisión por pares, pero también necesita pensamiento crítico posterior a la publicación.

  • Las conclusiones no deben descubrir una investigación nueva

Una conclusión sólida no introduce argumentos que no hayan sido demostrados.

Su tarea es responder al problema de investigación a partir de los resultados obtenidos.

Esto parece elemental, pero en muchas tesis y artículos aparece un fenómeno recurrente: las conclusiones son mucho más ambiciosas que los datos.

Por ejemplo, si un estudio identificó una asociación estadística entre dos variables en una determinada población, no corresponde concluir automáticamente que una variable “causa” la otra, especialmente cuando el diseño no permite establecer causalidad.

La conversión de tesis a artículo exige revisar cada conclusión con una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Esta afirmación está realmente respaldada por los datos?

Cuando la respuesta es no, hay que reducirla, matizarla o eliminarla.

La prudencia no debilita a la ciencia.

La hace más creíble.

  • El aparato crítico: citar no es decorar

Uno de los problemas frecuentes en la escritura académica es la acumulación de referencias como demostración de erudición.

Pero la cantidad de citas no equivale a la calidad de un argumento.

Arias Chávez y Ramos Quispe destacan la necesidad de manejar las fuentes de manera estratégica, privilegiando precisión, pertinencia y calidad. También recuerdan que la redacción científica requiere claridad, brevedad y precisión.

La APA 7.ª edición amplía la orientación sobre citación, referencias, plagio, autoplagio y buenas prácticas de publicación.

Por eso, una pregunta útil al revisar un párrafo es:

¿la cita realmente sostiene la afirmación que estoy haciendo?

Citar una fuente que apenas menciona el tema, utilizar una referencia antigua cuando existe evidencia posterior o colocar muchas citas sin relación argumentativa puede producir una apariencia de rigor sin construir realmente un argumento científico.

  • Autoría: convertir la tesis también obliga a revisar quién firma

La transformación editorial puede plantear una cuestión delicada: ¿quién debe aparecer como autor del artículo?

La respuesta no debería depender simplemente de quién fue asesor, quién ocupa un cargo académico o quién pertenece a la institución.

Los criterios internacionales de autoría desarrollados por el International Committee of Medical Journal Editors establecen que la autoría debe vincularse a contribuciones intelectuales sustanciales, participación en la redacción o revisión crítica, aprobación final y responsabilidad sobre la integridad del trabajo. Estos criterios pertenecen al ámbito de las publicaciones biomédicas, pero constituyen una referencia especialmente clara para comprender el principio general de que autoría significa tanto crédito como responsabilidad.

Esto tiene una implicación ética importante para las tesis:

ser asesor no convierte automáticamente a una persona en coautor.

Y tampoco significa que el autor original deba quedar desplazado porque durante la transformación editorial participe otro investigador.

La autoría debe reflejar las contribuciones reales.

  • De la tesis al artículo también existe un problema ético: el autoplagio

Una tesis puede convertirse legítimamente en un artículo derivado de la investigación original, pero eso no significa que el nuevo manuscrito deba presentarse como si la investigación anterior no existiera.

El investigador debe reconocer el origen del estudio y seguir las políticas de la revista respecto de trabajos derivados, publicaciones previas y disponibilidad del contenido.

La APA 7.ª edición incluye orientación específica sobre plagio y autoplagio, mientras que las políticas de buenas prácticas editoriales exigen transparencia frente a publicaciones redundantes o duplicadas.

La frontera ética no está entre “copiar” y “no copiar” de manera tan simple.

Está en declarar el origen, diferenciar el nuevo producto y no presentar como nuevo aquello que no lo es.

  • Elegir revista no es buscar simplemente una revista que acepte el artículo

Aquí aparece otra transformación intelectual.

El investigador no debería terminar la tesis y después preguntarse:

“¿Dónde puedo publicar esto?”

La pregunta estratégica es otra:

“¿Qué revistas publican investigaciones como la mía y qué características debería tener mi artículo para dialogar con ellas?”

Arias Chávez y Ramos Quispe proponen revisar revistas del área, estudiar sus publicaciones, analizar instrucciones para autores y observar los criterios de presentación antes de enviar el manuscrito.

Este principio sigue plenamente vigente.

Las políticas de transparencia editorial recomiendan que las revistas hagan visibles, entre otros aspectos, su alcance temático, tipos de manuscritos, criterios de autoría, procedimientos de revisión por pares, ética de publicación, conflictos de interés, políticas de datos y mecanismos de corrección y retractación.

Por eso, una revista no debería evaluarse solamente por su promesa de publicar rápido.

  • El riesgo de las revistas depredadoras

La presión por publicar ha creado un escenario en el que algunas publicaciones intentan aprovecharse de la necesidad de los investigadores.

COPE describe la publicación depredadora como una actividad que ofrece contenidos supuestamente académicos de manera engañosa o fraudulenta y sin los mecanismos habituales de aseguramiento de la calidad.

No toda revista de acceso abierto es depredadora.

Tampoco el cobro de una tarifa de publicación demuestra por sí mismo una mala práctica.

La cuestión es otra: ¿existe un proceso editorial transparente y verificable?

Una revisión básica debe comprobar, entre otros elementos, el alcance de la revista, su comité editorial, el proceso de revisión por pares, las políticas de ética y los costos claramente declarados. Los principios de transparencia de COPE, DOAJ, OASPA y WAME establecen precisamente estos elementos como componentes fundamentales de las buenas prácticas editoriales.

En este contexto, recursos como Think. Check. Submit. ofrecen listas de comprobación para valorar si una revista o editorial constituye un destino confiable y apropiado para una investigación.

  • El dato que debería cambiar nuestra forma de mirar las tesis

La discusión no es puramente formal.

Mayta-Tristán planteó hace ya una década que muchas tesis universitarias podían permanecer fuera de la circulación científica y que convertirlas en artículos, acompañado de políticas institucionales de publicación, podía favorecer la producción científica universitaria. En experiencias concretas reportadas en Perú, el cambio hacia formatos de artículo y el requisito de envío a revistas indexadas se asociaron con mayores tasas de publicación de tesis. Estos resultados pertenecen a contextos institucionales específicos y no deben extrapolarse automáticamente a todas las universidades o disciplinas.

La lección importante no es que toda tesis deba transformarse necesariamente en un artículo.

Es otra:

una investigación universitaria que genera evidencia relevante tiene la posibilidad de convertirse en conocimiento público, debatible y acumulable.

La tesis encerrada en un repositorio cumple una función académica.

El artículo agrega otra dimensión: permite que los hallazgos entren en circulación dentro de una comunidad científica.

Una ruta práctica para convertir una tesis en artículo

El proceso puede organizarse como una secuencia de decisiones intelectuales:

1. Regresa a la pregunta de investigación.
Identifica cuál es la pregunta que realmente merece ser comunicada.

2. Define un único aporte central.
No intentes publicar la totalidad de la tesis en un solo manuscrito.

3. Identifica la revista antes de reescribir.
Lee artículos recientes del mismo campo y estudia las instrucciones para autores.

4. Reconstruye el título y el resumen.
Ambos deben funcionar de manera autónoma como puertas de entrada al estudio.

5. Reescribe la introducción como argumento.
Reduce el marco teórico a aquello que permite comprender el problema, el vacío y la contribución.

6. Depura método y resultados.
Conserva la información necesaria para juzgar la investigación y elimina repeticiones.

7. Reescribe la discusión desde los hallazgos.
Contrasta, interpreta, reconoce límites y evita afirmaciones que los datos no permiten sostener.

Esta secuencia coincide con el principio general defendido por Arias Chávez y Ramos Quispe: convertir una tesis exige dominar la búsqueda, lectura, síntesis y comunicación de literatura científica, además de evaluar críticamente los propios hallazgos (Arias Chávez & Ramos Quispe, 2021).

Una consideración imprescindible en 2026: la inteligencia artificial

Existe una diferencia importante entre una guía de publicación de 2021 y el ecosistema editorial actual: las herramientas de inteligencia artificial generativa forman hoy parte de la discusión sobre autoría, redacción y transparencia.

Las políticas no son idénticas en todas las revistas, pero algunas organizaciones editoriales ya establecen requisitos explícitos de declaración del uso de IA. Por ejemplo, las recomendaciones vigentes del ICMJE indican que las herramientas de IA no deben aparecer como autoras y que su utilización debe transparentarse según la función que hayan desempeñado; además, señalan que los seres humanos siguen siendo responsables de la exactitud, integridad y originalidad del material presentado.

Esto modifica una pregunta tradicional del investigador.

Ya no basta con preguntar:

“¿Puedo utilizar esta herramienta?”

También hay que preguntar:

“¿Qué parte del proceso realizó la herramienta, qué debo declarar y qué responsabilidad humana mantengo sobre el resultado?”

La IA puede ayudar a organizar, revisar o apoyar determinadas tareas de escritura, pero no sustituye la responsabilidad científica del autor.

De la cantidad de páginas a la calidad de la conversación

Convertir una tesis en artículo implica renunciar a una idea muy arraigada en la cultura académica: que un documento es más científico cuanto más extenso es.

No necesariamente.

La escritura científica madura no consiste en decir todo.

Consiste en decir aquello que debe decirse, con la evidencia suficiente, en el lugar adecuado y con el grado de certeza que los datos permiten.

Una tesis puede tener cien, doscientas o más páginas.

Un artículo puede tener muchas menos.

La diferencia no representa una pérdida de conocimiento, sino una transformación de su arquitectura comunicativa.

El desafío consiste en pasar de una lógica de documentación a una lógica de comunicación científica.

De:

“Tengo mucha información”.

A:

“Tengo una contribución que puedo justificar”.

De:

“Mi tesis fue aprobada”.

A:

“Mi investigación puede ser discutida por otros investigadores”.

De:

“Terminé el documento”.

A:

“Puse el conocimiento en circulación”.

La investigación no termina al imprimir o subir una tesis

La obra de Arias Chávez y Ramos Quispe parte de una premisa especialmente pertinente para estudiantes, docentes e investigadores: investigar, escribir y publicar forman parte de un mismo ecosistema de producción y comunicación del conocimiento.

Pero esa premisa necesita una precisión contemporánea.

Publicar no convierte automáticamente una afirmación en verdad.

Una revista no garantiza que todas las conclusiones sean correctas.

Una indexación no sustituye la lectura crítica.

Y una herramienta de inteligencia artificial no reemplaza el juicio del investigador.

La ciencia funciona mediante una combinación mucho más exigente: evidencia, método, argumentación, transparencia, crítica y discusión acumulativa.

Por ello, transformar una tesis en artículo no debería verse como una obligación administrativa ni como una estrategia automática para acumular publicaciones.

Debe entenderse como una transición intelectual.

La tesis demuestra que fuimos capaces de investigar.

El artículo nos exige demostrar que sabemos qué parte de esa investigación merece ser escuchada, por qué importa y hasta dónde podemos defenderla.

Ese es, quizá, el verdadero salto de estudiante a investigador.

Referencias

American Psychological Association. (2020). Publication manual of the American Psychological Association (7th ed.). https://doi.org/10.1037/0000165-000

Arias Chávez, D., & Ramos Quispe, T. (2021). Cómo convertir tu tesis en un artículo de investigación. Universidad Continental. https://doi.org/10.18259/978-612-4443-30-5

COPE Council. (2019). COPE discussion document: Predatory publishing. https://doi.org/10.24318/cope.2019.3.6

COPE, Directory of Open Access Journals, Open Access Scholarly Publishing Association, & World Association of Medical Editors. (2022). Principles of transparency and best practice in scholarly publishing (4th ed.). https://doi.org/10.24318/cope.2019.1.12

International Committee of Medical Journal Editors. (2026). Defining the role of authors and contributors. https://www.icmje.org/recommendations/browse/roles-and-responsibilities/defining-the-role-of-authors-and-contributors.html

Mayta-Tristán, P. (2016). Tesis en formato de artículo científico: oportunidad para incrementar la producción científica universitaria. Acta Médica Peruana, 33(2), 95–98. https://doi.org/10.35663/amp.2016.332.57

Think. Check. Submit. (2023). Journals. https://thinkchecksubmit.org/journals/

lunes, 14 de septiembre de 2026

Competencia científica: aprender ciencia para comprender, cuestionar y transformar el mundo

 



De memorizar respuestas a aprender a formular mejores preguntas

Vivimos rodeados de ciencia. Está en los medicamentos que utilizamos, en los alimentos que consumimos, en la energía que empleamos, en los dispositivos digitales que modifican nuestra manera de comunicarnos y en las decisiones ambientales, sanitarias y tecnológicas que afectan nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, estar rodeados de ciencia no significa necesariamente comprenderla.

Una persona puede recordar nombres de células, leyes físicas, fórmulas químicas o conceptos biológicos y, al mismo tiempo, tener dificultades para interpretar una gráfica, distinguir correlación de causalidad, evaluar una noticia científica o decidir si una afirmación difundida en redes sociales está respaldada por evidencia.

Aquí aparece una pregunta fundamental para la educación: ¿para qué enseñamos ciencias?

El libro 11 ideas clave. El desarrollo de la competencia científica, coordinado por Emilio Pedrinaci, Aureli Caamaño, Pedro Cañal y Antonio de Pro, propone responderla desde una perspectiva que continúa siendo relevante: la enseñanza de las ciencias debe contribuir a formar personas capaces de utilizar el conocimiento científico en situaciones personales, sociales y laborales, y no solamente estudiantes capaces de reproducir información en un examen (Pedrinaci et al., 2012). El propio libro organiza esta reflexión alrededor de 11 preguntas y 11 ideas clave destinadas a replantear qué conocimientos seleccionar, cómo enseñarlos y cómo evaluar su aprendizaje.

La cuestión, por tanto, no consiste simplemente en enseñar más ciencia, sino en preguntarnos qué significa ser competente científicamente.

La ciencia no termina en el laboratorio

Durante mucho tiempo, la imagen escolar de la ciencia estuvo asociada principalmente con contenidos: conceptos, definiciones, leyes, clasificaciones y procedimientos que debían aprenderse y posteriormente reproducirse.

El problema no reside en los conocimientos.

Una sociedad científicamente competente necesita conocimientos científicos sólidos. El problema aparece cuando esos conocimientos permanecen aislados y no pueden movilizarse frente a situaciones nuevas.

Pedrinaci et al. (2012) advierten precisamente sobre esta dificultad: incluso estudiantes con buenos resultados académicos pueden encontrar problemas para utilizar sus aprendizajes en contextos diferentes de aquellos en los que fueron adquiridos. El currículo puede terminar acumulando contenidos mientras deja insuficiente espacio para la reflexión, el análisis, el debate y la indagación.

La competencia científica intenta superar esta separación.

No significa saber menos. Significa saber qué conocimiento se necesita, comprenderlo suficientemente bien y ser capaz de utilizarlo cuando la situación lo exige.

En esta perspectiva, conocimiento, habilidades y actitudes no aparecen como componentes independientes. Se integran en una actuación competente. El documento destaca que la competencia implica conocimientos teóricos y prácticos, actitudes y capacidad para utilizar lo aprendido en diferentes contextos; además, no constituye una condición que simplemente se posee o no se posee, sino un desarrollo gradual a lo largo de la vida.

Esta concepción coincide con marcos contemporáneos de educación científica. El Framework for K–12 Science Education de las National Academies propone integrar tres dimensiones: prácticas científicas y de ingeniería, conceptos transversales e ideas disciplinares centrales. La intención es que el alumnado no aprenda únicamente conceptos, sino que aprenda a utilizarlos para investigar, modelizar, explicar, argumentar y resolver problemas.

La convergencia resulta significativa: aunque proceden de contextos y momentos diferentes, ambos enfoques cuestionan una enseñanza basada exclusivamente en la acumulación de contenidos.

¿Qué significa realmente tener competencia científica?

Pedrinaci et al. (2012) proponen entender la competencia científica como un conjunto integrado de capacidades que permite utilizar el conocimiento científico para describir, explicar y predecir fenómenos; comprender cómo funciona la ciencia; formular e investigar problemas e hipótesis; buscar información; argumentar y tomar decisiones personales y sociales relacionadas con el mundo natural y las transformaciones producidas por la actividad humana.

Esta definición permite identificar varias dimensiones.

1. Comprender el conocimiento científico

La competencia científica requiere conceptos y teorías.

No podemos explicar fenómenos naturales sin conocimientos sobre ellos. Por eso, la alternativa a la memorización no es la ausencia de contenidos.

La cuestión es seleccionar aquellos conocimientos que poseen mayor capacidad explicativa y que permiten comprender fenómenos relevantes.

El libro plantea precisamente que el currículo debe seleccionar los conceptos y teorías imprescindibles para elaborar explicaciones básicas sobre el mundo natural, evitando convertir el programa en una acumulación indiscriminada de información.

En otras palabras: enseñar menos contenidos puede ser pedagógicamente más exigente si permite comprenderlos con mayor profundidad.

2. Formular preguntas e investigar

La ciencia comienza muchas veces con una pregunta.

Pero no cualquier pregunta es automáticamente una pregunta científica. La competencia implica aprender a identificar problemas susceptibles de investigación, formular hipótesis, diseñar estrategias de contrastación, recopilar información y analizar evidencias.

El libro concede a la investigación escolar un papel central porque permite articular diferentes procedimientos científicos en situaciones contextualizadas.

Este planteamiento coincide con el marco de las National Academies, que incluye entre las prácticas científicas preguntar, definir problemas, desarrollar modelos, planificar investigaciones, analizar datos, construir explicaciones, argumentar a partir de evidencia y comunicar información.

La diferencia entre una clase que habla sobre investigación y una clase que enseña investigando es, por tanto, sustancial.

De la respuesta correcta a la evidencia suficiente

Una de las transformaciones más importantes consiste en modificar la relación del estudiante con la evidencia.

En un modelo tradicional, la autoridad del conocimiento puede estar situada fundamentalmente en el profesor, el libro de texto o la respuesta considerada correcta.

En una educación científica orientada a la competencia, el estudiante necesita aprender a preguntar:

¿Cómo sabemos esto?

Y después:

  • ¿Qué evidencia existe?
  • ¿De dónde procede?
  • ¿Cómo se obtuvo?
  • ¿Es pertinente?
  • ¿Es suficiente?
  • ¿Existen explicaciones alternativas?
  • ¿La conclusión está realmente respaldada por los datos?

Esta forma de pensamiento es especialmente importante en una sociedad atravesada por la desinformación.

La UNESCO ha señalado recientemente la necesidad de fortalecer la alfabetización científica para que las personas puedan distinguir mejor entre afirmaciones sustentadas en evidencia científica y contenidos falsos o engañosos. La organización vincula además la divulgación científica con la construcción de confianza pública en la ciencia.

La alfabetización científica deja así de ser exclusivamente un objetivo escolar.

Se convierte en una competencia ciudadana.

Ciencia y ciudadanía: una relación inseparable

Una de las tesis centrales del documento de Pedrinaci et al. (2012) es contundente: el ejercicio de una ciudadanía responsable exige cierta competencia científica. En una sociedad globalizada y tecnológicamente avanzada, las decisiones individuales y colectivas están cada vez más relacionadas con cuestiones científicas.

Pensemos en decisiones aparentemente cotidianas:

¿Debemos creer que un determinado producto mejora la salud?

¿Es razonable aceptar una afirmación sobre cambio climático porque aparece acompañada de una gráfica?

¿Una correlación demuestra necesariamente que un fenómeno causa otro?

¿Qué evidencia deberíamos considerar antes de aceptar una nueva tecnología?

¿Qué consecuencias ambientales puede tener una decisión energética?

¿Qué información necesitamos antes de tomar una decisión sobre una intervención médica?

Estas preguntas no convierten a la ciudadanía en especialistas.

No necesitamos que todas las personas sean biólogas, físicas, químicas o geólogas.

Necesitamos que puedan pensar responsablemente cuando la ciencia forma parte del problema.

El marco PISA contemporáneo continúa trabajando precisamente con esta idea: la competencia científica supone conocimientos y capacidades que se aplican a contextos reales, y la edición PISA 2025 incorpora un nuevo marco de evaluación científica en un ciclo con especial énfasis en ciencias (OECD, 2026).

Contextualizar no significa simplificar

Otra de las aportaciones relevantes de Pedrinaci et al. (2012) consiste en defender una enseñanza contextualizada.

Contextualizar no significa convertir la ciencia en una colección de anécdotas.

Significa utilizar problemas y situaciones significativas como espacios desde los cuales movilizar conocimientos científicos.

La contaminación del aire puede abrir la puerta al estudio de partículas, reacciones químicas, fisiología respiratoria y salud pública.

La escasez de agua puede permitir estudiar ciclos biogeoquímicos, disponibilidad de recursos, sistemas ambientales y decisiones sociales.

Una noticia sobre inteligencia artificial puede conducir hacia preguntas sobre datos, algoritmos, modelos, sesgos, energía y transformación del trabajo.

El contexto proporciona sentido; el conocimiento científico proporciona las herramientas para comprenderlo.

El documento señala que la contextualización puede favorecer que el conocimiento adquiera significado y sea transferible a situaciones de la vida cotidiana.

La ciencia escolar, entonces, no tiene que abandonar el rigor para acercarse a la vida.

Tiene que encontrar formas rigurosas de explicar la vida mediante la ciencia.

Aprender sobre ciencia también es aprender cómo se construye la ciencia

Existe otra dimensión que frecuentemente queda relegada: comprender la naturaleza de la ciencia.

Saber que la ciencia produce conocimientos no es suficiente.

También necesitamos comprender que esos conocimientos se construyen mediante procesos de investigación, contraste, argumentación, revisión y evaluación.

El documento propone la elaboración y evaluación de modelos científicos escolares como una vía especialmente útil para comprender cómo se construye y valida el conocimiento científico.

Esto resulta fundamental porque la ciencia no es una lista definitiva de verdades inmutables.

Los modelos científicos pueden ser revisados.

Las explicaciones pueden modificarse.

Las evidencias pueden obligar a reconsiderar una hipótesis.

La incertidumbre no constituye necesariamente una debilidad de la ciencia; forma parte de su funcionamiento.

Comprenderlo permite evitar dos errores opuestos: pensar que la ciencia posee respuestas absolutas para todo o concluir que, debido a que el conocimiento científico cambia, cualquier opinión tiene el mismo valor que una explicación respaldada por evidencia.

Revisabilidad no significa arbitrariedad.

Una explicación científica puede cambiar precisamente porque existen procedimientos para someterla a crítica.

La ciencia también se comunica

Existe una dimensión que podría parecer secundaria, pero que en realidad resulta estructural: el lenguaje.

Pedrinaci et al. (2012) sostienen que aprender ciencias implica, en buena medida, aprender a leer, escribir y hablar sobre ciencia.

Esto tiene una consecuencia pedagógica importante.

Un estudiante no demuestra necesariamente comprensión científica porque pueda repetir una definición.

La comprensión puede hacerse visible cuando consigue:

  • explicar un fenómeno con sus propias palabras;
  • interpretar una gráfica;
  • justificar una conclusión;
  • escribir una explicación basada en datos;
  • comparar dos hipótesis;
  • detectar una contradicción;
  • defender una postura utilizando evidencia.

La comunicación científica no es el envoltorio del conocimiento.

Es parte del conocimiento.

Por ello, enseñar ciencias también implica enseñar a construir argumentos, interpretar representaciones, comprender textos científicos y comunicar conclusiones con precisión.

La dimensión social de la ciencia no puede quedar fuera del aula

La ciencia y la tecnología no existen separadas de la sociedad.

Las investigaciones tienen consecuencias sociales, económicas, ambientales y políticas. Al mismo tiempo, las decisiones sociales influyen sobre qué investigaciones se financian, qué tecnologías se desarrollan y cómo se utilizan.

El libro sostiene que las implicaciones sociales del conocimiento científico y tecnológico forman parte de ese conocimiento y, por ello, deben formar parte de su enseñanza.

Esta perspectiva es particularmente relevante frente a problemas contemporáneos como el cambio climático, la inteligencia artificial, la edición genética, las tecnologías energéticas, la salud pública o la gestión de recursos naturales.

Una enseñanza científica que evita estas cuestiones corre el riesgo de presentar una imagen incompleta de la ciencia.

Pero analizar sus implicaciones sociales tampoco significa convertir la clase en un espacio de opinión sin evidencia.

El desafío consiste precisamente en argumentar éticamente sin abandonar el rigor científico.

El interés por la ciencia también se educa

Existe una paradoja educativa.

Esperamos que los estudiantes desarrollen interés por la ciencia, pero muchas veces les ofrecemos experiencias científicas caracterizadas por abstracción, fragmentación y memorización.

El documento recupera una preocupación ya identificada en el Informe Rocard: la percepción estudiantil de que la educación científica puede resultar irrelevante y difícil, y señala la relación entre las actitudes hacia la ciencia y la manera en que esta se enseña.

La cuestión sigue siendo pertinente.

No basta con afirmar que la ciencia es importante.

Hay que construir experiencias en las que el estudiante pueda descubrir que pensar científicamente sirve para comprender algo que le importa.

La curiosidad puede convertirse en pregunta.

La pregunta puede convertirse en investigación.

La investigación puede generar evidencia.

La evidencia puede conducir a una explicación.

Y la explicación puede permitir una decisión mejor fundamentada.

Ese recorrido transforma la relación del estudiante con el conocimiento.

El profesor de ciencias no es únicamente un transmisor de contenidos

Una de las afirmaciones más importantes del libro puede expresarse de manera sencilla:

saber ciencia no equivale automáticamente a saber enseñarla.

El desarrollo de la competencia científica demanda docentes que posean conocimiento disciplinar, pero también competencia didáctica para diseñar experiencias en las que el alumnado pueda utilizar ese conocimiento.

Esto implica un cambio de identidad profesional.

El docente deja de ser exclusivamente quien proporciona respuestas y se convierte también en quien diseña condiciones para que los estudiantes formulen preguntas, investiguen, argumenten, contrasten y revisen sus explicaciones.

No significa abandonar la enseñanza directa.

Significa utilizarla estratégicamente.

Hay momentos para explicar.

Otros para preguntar.

Otros para investigar.

Otros para discutir.

Y otros para evaluar lo aprendido.

La enseñanza competencial no elimina la intervención docente: la hace más intencional.

Evaluar competencia científica no es simplemente aplicar un examen

Aquí aparece uno de los mayores desafíos.

Si enseñamos para que los estudiantes puedan utilizar conocimientos científicos en situaciones complejas, no parece suficiente evaluar únicamente cuánto recuerdan.

El propio documento advierte que evaluar la competencia científica requiere nuevas formas de evaluación capaces de identificar avances, dificultades y necesidades de aprendizaje más allá de los exámenes tradicionales.

Esto no significa que los exámenes deban desaparecer.

Significa que deben complementarse con evidencias de desempeño.

Podemos pedir al estudiante que:

  • analice una noticia científica;
  • interprete datos;
  • compare explicaciones;
  • diseñe una investigación;
  • formule una hipótesis;
  • argumente una decisión;
  • evalúe una fuente;
  • construya un modelo;
  • comunique una conclusión.

Así, la pregunta fundamental deja de ser únicamente:

“¿Qué recuerdas?”

y comienza a ser:

“¿Qué puedes hacer con lo que sabes?”

Una competencia necesaria frente a la desinformación

La discusión adquiere todavía mayor relevancia en el ecosistema digital contemporáneo.

La información científica circula actualmente junto con opiniones, publicidad, pseudociencia, contenidos manipulados y desinformación.

El problema ya no consiste únicamente en tener acceso a información.

Consiste en evaluarla.

Una ciudadanía científicamente competente debería preguntarse quién produjo una afirmación, qué evidencia presenta, qué método se utilizó, qué incertidumbres existen y si la conclusión realmente se desprende de los datos.

UNESCO ha situado precisamente la alfabetización científica dentro de una estrategia más amplia de fortalecimiento de la relación entre ciencia y sociedad, señalando la necesidad de mejorar la capacidad de las personas para diferenciar conocimiento basado en evidencia de información falsa o desinformación.

En este sentido, enseñar ciencia es también enseñar una forma responsable de relacionarse con la información.

De las 11 ideas a una nueva pregunta

Las 11 ideas propuestas por Pedrinaci, Caamaño, Cañal y de Pro pueden leerse como un proyecto de transformación de la educación científica:

  1. La ciencia debe contribuir a una ciudadanía responsable.
  2. La competencia científica ayuda a seleccionar, enseñar y evaluar conocimientos.
  3. Es necesario priorizar conceptos y teorías con alto poder explicativo.
  4. La ciencia debe conectarse con problemas del contexto.
  5. Los modelos permiten comprender cómo se construye el conocimiento científico.
  6. La investigación escolar integra procedimientos científicos.
  7. Aprender ciencias implica aprender a comunicar ciencia.
  8. Las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad forman parte de la educación científica.
  9. El interés por la ciencia debe ser promovido mediante experiencias significativas.
  10. La competencia científica del profesor requiere algo más que conocimiento disciplinar.
  11. La evaluación debe recoger el desarrollo real de las capacidades científicas.

El documento las presenta como respuestas articuladas a 11 preguntas fundamentales sobre qué significa desarrollar competencia científica.
Pero estas ideas permiten formular una duodécima pregunta:

¿Qué tipo de ciudadano queremos formar cuando enseñamos ciencia?

Si la respuesta es una persona capaz de repetir información, entonces la memorización puede parecer suficiente.

Si queremos formar una persona capaz de comprender fenómenos, evaluar evidencia, detectar pseudociencia, argumentar, participar en debates públicos y tomar decisiones responsables, entonces necesitamos una concepción mucho más amplia de la educación científica.

El desafío: formar personas que sepan pensar científicamente

La competencia científica no convierte a nadie automáticamente en científico.

Tampoco pretende hacerlo.

Su propósito es más amplio: que cualquier persona pueda utilizar herramientas intelectuales provenientes de la ciencia para comprender mejor el mundo en el que vive.

En este sentido, la educación científica cumple una función democrática.

Una ciudadanía que no puede interpretar evidencia queda en una posición vulnerable frente a la manipulación.

Una ciudadanía que no distingue entre una hipótesis y un hecho establecido tiene dificultades para participar en debates complejos.

Una ciudadanía que no comprende cómo se construye el conocimiento científico puede caer tanto en el cientificismo ingenuo como en el relativismo extremo.

Por eso, la competencia científica no debería considerarse un privilegio reservado a quienes estudiarán carreras STEM.

Es una capacidad necesaria para todos.

Las National Academies han defendido una idea convergente: al terminar la educación secundaria, los estudiantes deberían contar con conocimientos y capacidades suficientes para participar en discusiones públicas relacionadas con la ciencia, valorar críticamente información científica cotidiana y continuar aprendiendo a lo largo de la vida.

La ciencia, por tanto, no termina cuando concluye la clase.

Quizá ahí comienza su verdadera utilidad social.


Reflexión final: enseñar ciencia es enseñar a preguntar mejor

Una educación científica de calidad no puede limitarse a llenar cabezas de respuestas.

Debe ayudar a construir mejores preguntas.

¿Por qué ocurre esto?

¿Cómo podemos saberlo?

¿Qué evidencia necesitamos?

¿Qué explicación resulta más consistente?

¿Qué información falta?

¿Qué consecuencias puede tener esta decisión?

¿Qué sabemos y qué todavía desconocemos?

Estas preguntas forman parte del pensamiento científico, pero también del ejercicio responsable de la ciudadanía.

El gran desafío educativo no consiste únicamente en conseguir que más estudiantes conozcan la ciencia.

Consiste en conseguir que puedan utilizarla inteligentemente.

Porque en una sociedad donde la ciencia interviene cada vez más en nuestras decisiones, la ignorancia científica ya no es solamente una desventaja académica: puede convertirse en una vulnerabilidad social.

Por eso, desarrollar competencia científica significa algo mucho más profundo que preparar estudiantes para aprobar una asignatura.

Significa formar personas capaces de comprender, cuestionar, argumentar y decidir con base en evidencias.

Y quizá esa sea una de las funciones más importantes de la educación en el siglo XXI: no enseñarnos a tener respuestas para todo, sino proporcionarnos las herramientas intelectuales necesarias para reconocer qué preguntas debemos hacer, qué evidencias debemos exigir y cuándo debemos estar dispuestos a cambiar de opinión.

La ciencia, en última instancia, no sólo nos ayuda a conocer el mundo.

Nos enseña a relacionarnos responsablemente con aquello que creemos saber sobre él.

Referencias

National Research Council. (2012). A framework for K–12 science education: Practices, crosscutting concepts, and core ideas. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/13165

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). PISA 2025 assessment and analytical framework. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/86c36975-en

Pedrinaci, E. (Coord.), Caamaño, A., Cañal, P., & de Pro, A. (2012). 11 ideas clave: El desarrollo de la competencia científica. Graó.

UNESCO. (2021). UNESCO science report: The race against time for smarter development. UNESCO.

UNESCO. (2024). International Decade of Sciences for Sustainable Development 2024–2033. UNESCO.