domingo, 23 de agosto de 2026

Educar en tiempos líquidos: los retos de aprender cuando todo cambia

 


Educar en tiempos líquidos: los retos de aprender cuando todo cambia

Por: Divulgando Ciencia con Tino

Introducción: cuando el mundo cambia más rápido que nuestras certezas

¿Para qué educamos cuando aquello que hoy consideramos indispensable puede perder vigencia mañana? ¿Qué significa formar a una persona cuando el conocimiento se multiplica, las tecnologías modifican las formas de trabajar y comunicarnos y las identidades parecen estar en permanente transformación?

Estas preguntas adquieren especial relevancia a la luz de la obra Los retos de la educación en la modernidad líquida, de Zygmunt Bauman. Publicado originalmente en español por Gedisa en 2007, el texto plantea una relación inquietante entre las transformaciones sociales de la modernidad líquida y la manera en que concebimos la educación. Bauman sostiene que la educación ya no puede pensarse exclusivamente como acumulación de conocimientos destinados a acompañar a una persona durante toda su vida, porque vivimos en una sociedad caracterizada por la velocidad, la incertidumbre, el consumo y la transformación constante (Bauman, 2007).

La metáfora de lo "líquido" resulta poderosa porque permite comprender una transformación social profunda: aquello que en la modernidad sólida parecía relativamente estable -instituciones, profesiones, identidades, relaciones, conocimientos y proyectos de vida- se vuelve más flexible, provisional y susceptible de modificación. Bauman no presenta esta transformación como una simple innovación tecnológica; se refiere a una nueva condición social que afecta nuestra relación con el tiempo, el conocimiento, el trabajo y nosotros mismos.

El desafío educativo, por tanto, no consiste simplemente en enseñar más contenidos. Consiste en preguntarnos qué tipo de persona necesita formar la educación en una sociedad donde la permanencia ya no puede darse por sentada.

1. De la modernidad sólida a la modernidad líquida

Para comprender la propuesta de Bauman es necesario detenernos en su concepto de modernidad líquida.

La modernidad sólida estaba asociada con estructuras relativamente duraderas. La trayectoria educativa podía imaginarse como un proceso acumulativo: estudiar, obtener una preparación profesional, incorporarse al mundo laboral y utilizar durante un periodo prolongado aquello que se había aprendido.

El conocimiento podía percibirse como una especie de patrimonio intelectual. Aprender significaba adquirir algo que aumentaba nuestro capital cultural y profesional y que, idealmente, permanecería útil durante mucho tiempo.

En la modernidad líquida esta lógica se modifica. La estabilidad pierde valor frente a la capacidad de adaptación. La sociedad contemporánea exige capacidad de movimiento, actualización y reinvención. En consecuencia, el conocimiento corre el riesgo de convertirse en un producto de consumo: algo que se adquiere, se utiliza durante cierto tiempo y posteriormente puede ser reemplazado.

Esta transformación tiene una consecuencia educativa fundamental: ya no basta con preparar a una persona para desempeñar una función; necesitamos prepararla para aprender, desaprender y volver a aprender a lo largo de su vida.

La investigación contemporánea coincide parcialmente con este diagnóstico. Los análisis actuales sobre educación en modernidad líquida señalan precisamente la obsolescencia acelerada de conocimientos y competencias y la necesidad de pensar la formación como un proceso permanente, no como una etapa cerrada de la existencia (Meirinhos & Portela, 2023).

Pero aquí aparece una paradoja.

Si todo cambia, ¿debemos convertir la educación en un entrenamiento permanente para el cambio?

Bauman nos obliga a responder que no.

2. El "síndrome de la impaciencia": vivimos con prisa por llegar

Uno de los conceptos más provocadores del texto es el síndrome de la impaciencia.

En la sociedad líquida, esperar deja de percibirse como una condición normal de los procesos humanos y comienza a interpretarse como una pérdida. El tiempo adquiere un valor económico y social cada vez mayor. Lo importante parece ser obtener resultados rápidamente.

La consecuencia educativa es significativa.

Aprender requiere tiempo.

Leer requiere tiempo.
Investigar requiere tiempo.
Comprender requiere tiempo.
Equivocarse y volver a intentar requiere tiempo.
Reflexionar requiere tiempo.

Sin embargo, buena parte de nuestra cultura contemporánea funciona bajo una lógica opuesta: respuesta inmediata, satisfacción inmediata, información inmediata y resultados inmediatos.

La educación entra entonces en tensión con una cultura de la velocidad.

Un estudiante puede acceder en segundos a miles de fuentes de información, pero eso no significa que pueda distinguir cuáles son confiables, comprenderlas críticamente o incorporarlas como conocimiento significativo.

Aquí aparece una diferencia fundamental entre información y conocimiento.

La información puede llegar rápidamente. El conocimiento, en cambio, necesita elaboración.

Esta distinción es especialmente importante en la era digital. La UNESCO ha advertido que la incorporación de tecnologías en educación no garantiza por sí misma mejores aprendizajes; su valor depende de las condiciones pedagógicas, de la equidad, de los objetivos educativos y de la manera en que se utilicen (UNESCO, 2023).

Por ello, una educación verdaderamente pertinente no debería competir con la velocidad de internet.

Debería enseñar a detenerse frente a ella.

3. El conocimiento: de patrimonio a producto

Uno de los planteamientos centrales de Bauman consiste en observar cómo cambia el significado social del conocimiento.

En una concepción tradicional, aprender significaba adquirir conocimientos suficientemente duraderos como para constituir una base intelectual para el resto de la vida. En la modernidad líquida, esa promesa se debilita.

El conocimiento puede convertirse en algo temporal.

Lo aprendemos para resolver un problema, conseguir un empleo, superar una evaluación o responder a determinada exigencia y, posteriormente, puede ser sustituido por información nueva.

Esta situación genera una tensión entre dos modelos educativos.

El primero entiende la educación como acumulación.

El segundo la concibe como capacidad de navegación.

En el primer modelo, el estudiante intenta poseer la mayor cantidad posible de conocimientos.

En el segundo, desarrolla la capacidad de localizar, interpretar, cuestionar, relacionar y utilizar conocimientos de manera responsable.

La segunda perspectiva resulta especialmente pertinente en el contexto contemporáneo. El proyecto Future of Education and Skills 2030 de la OCDE plantea que la educación necesita desarrollar conocimientos, habilidades, actitudes y valores, además de promover la agencia del estudiante para que pueda orientarse en contextos desconocidos y participar responsablemente en la sociedad (OECD, n.d.).

Esto permite reinterpretar a Bauman desde una perspectiva pedagógica actual.

La educación no debe abandonar el conocimiento; debe cambiar la relación que establecemos con él.

No se trata de memorizar menos por principio, sino de comprender que memorizar algo sin poder utilizarlo, cuestionarlo o relacionarlo con otros saberes tiene un valor limitado.

4. ¿La memoria está perdiendo valor?

Bauman dedica también una reflexión importante a la memoria.

En una sociedad caracterizada por la renovación constante, recordar puede parecer poco funcional. Las novedades adquieren prioridad y el presente termina desplazando al pasado.

Pero una educación sin memoria enfrenta un peligro: perder la capacidad de comprender por qué pensamos como pensamos.

La memoria no es únicamente almacenamiento de datos. También es continuidad.

Nos permite establecer relaciones entre acontecimientos, comprender procesos históricos, reconocer consecuencias y construir identidad.

Una sociedad que únicamente mira hacia adelante corre el riesgo de confundir innovación con progreso.

Aquí existe una paradoja particularmente importante para la educación contemporánea:

necesitamos educar para el futuro sin destruir la capacidad de comprender el pasado.

La memoria histórica, científica, cultural y social no constituye un obstáculo para la innovación. Por el contrario, permite establecer criterios para decidir qué debería cambiar y qué merece conservarse.

La educación, entonces, no puede reducirse a preparar para "lo nuevo". También debe enseñar a interpretar críticamente aquello que heredamos.

5. El gran problema: formar para un futuro que no conocemos

Quizá la pregunta más difícil que plantea Bauman sea también la más actual:

¿cómo podemos preparar a los estudiantes para un futuro que no conocemos?

Durante mucho tiempo, la educación pudo establecer una relación relativamente directa entre formación y ocupación. Una persona estudiaba para ejercer una profesión que probablemente conservaría durante buena parte de su trayectoria laboral.

Hoy esa relación es mucho menos predecible.

La transformación digital, la inteligencia artificial, la automatización, las nuevas formas de empleo y la reorganización de los mercados laborales dificultan prever qué conocimientos serán suficientes dentro de diez o veinte años.

La OCDE parte precisamente de una pregunta semejante al plantear su proyecto sobre el futuro de la educación: ¿cómo preparar a los estudiantes para empleos que todavía no han sido creados y para problemas sociales que quizá todavía no podemos imaginar?

La respuesta no puede consistir en intentar adivinar el futuro.

La alternativa es desarrollar capacidades transferibles.

Pensamiento crítico.
Creatividad.
Comunicación.
Colaboración.
Metacognición.
Competencias socioemocionales.
Capacidad de investigación.
Toma de decisiones.
Responsabilidad ética.
Aprendizaje autónomo.

Pero incluso esta lista debe manejarse con cautela.

No tendría sentido sustituir una educación centrada en contenidos por otra obsesionada exclusivamente con "competencias". Las competencias necesitan conocimiento para desarrollarse y el conocimiento necesita competencias para convertirse en acción significativa.

La verdadera tarea consiste en integrar ambos elementos.

6. La tecnología no elimina el problema educativo

Es tentador afirmar que la respuesta a los desafíos descritos por Bauman se encuentra en la tecnología.

Más plataformas.
Más aplicaciones.
Más inteligencia artificial.
Más contenidos digitales.
Más automatización.

Pero esta solución puede ser engañosa.

La tecnología amplifica las capacidades humanas, pero también puede amplificar problemas ya existentes.

Un sistema educativo que carece de propósito pedagógico no se transforma automáticamente por utilizar herramientas digitales.

La UNESCO advierte que la tecnología educativa debe evaluarse considerando su pertinencia, equidad, evidencia, calidad y efectos reales sobre el aprendizaje. La digitalización puede generar oportunidades, pero también desigualdades y nuevas formas de exclusión (UNESCO, 2023).

La OCDE, por su parte, plantea la necesidad de construir ecosistemas digitales educativos confiables, efectivos y equitativos, donde las tecnologías -incluida la inteligencia artificial- estén sujetas a criterios pedagógicos y éticos (OECD, 2023).

Por eso, la pregunta no debería ser:

"¿Qué tecnología debemos incorporar a la educación?"

La pregunta más importante es:

"¿Qué finalidad educativa queremos alcanzar y qué tecnología puede ayudarnos a conseguirla?"

La diferencia parece pequeña, pero es fundamental.

7. El profesor en la modernidad líquida

La tesis de Bauman también interpela directamente al docente.

Si el conocimiento cambia constantemente, el profesor ya no puede concebirse únicamente como la persona que posee información y la transmite a estudiantes que carecen de ella.

Esto no significa que el docente haya perdido importancia.

Ocurre exactamente lo contrario.

Su función se vuelve más compleja.

El docente debe ayudar a los estudiantes a construir criterios para orientarse en medio de un exceso de información. Debe enseñar a formular preguntas, evaluar fuentes, construir argumentos, reconocer sesgos y relacionar conocimientos.

En otras palabras, la autoridad docente no desaparece: se transforma.

El profesor contemporáneo es menos un "depositario" del conocimiento y más un mediador entre el estudiante, el conocimiento, la sociedad y los problemas del mundo.

Esta transformación coincide con la visión de la OCDE, que reconoce la agencia docente, el bienestar profesional y las competencias del profesorado como componentes esenciales de los ecosistemas educativos del futuro.

8. Educación permanente: aprender durante toda la vida

Una de las consecuencias más fecundas del planteamiento de Bauman es la reivindicación de la educación como proceso permanente.

Pero aquí debemos evitar una interpretación reduccionista.

La educación permanente no significa estar constantemente acumulando cursos, certificados y habilidades laborales.

Una persona no debería convertirse en una especie de "proyecto productivo" que debe actualizarse permanentemente para mantener su valor en el mercado.

La educación tiene una finalidad más amplia.

UNESCO ha planteado que el derecho a la educación debe entenderse a lo largo de toda la vida y que la educación debe fortalecerse como bien público y común. Esa visión implica superar una concepción exclusivamente instrumental de la educación y recuperar su dimensión social, cultural, ética y democrática (UNESCO, 2021).

Esto permite regresar a una de las preocupaciones fundamentales de Bauman.

La educación no debería preparar únicamente trabajadores capaces de adaptarse al mercado.

Debe formar ciudadanos capaces de comprender, participar y transformar la sociedad.

9. Educar para la ciudadanía en un mundo líquido

Aquí probablemente se encuentra la dimensión más profunda de la propuesta de Bauman.

En medio de la aceleración social, la educación puede convertirse en uno de los pocos espacios donde todavía sea posible detenerse, dialogar y pensar colectivamente.

La escuela, la universidad y los espacios comunitarios pueden ser lugares donde una persona aprenda no solamente a resolver problemas individuales, sino también a reconocer problemas colectivos.

Esto resulta especialmente importante en sociedades caracterizadas por polarización, desinformación, desigualdad y fragmentación.

Una educación orientada exclusivamente al éxito individual puede terminar reproduciendo precisamente las condiciones sociales que Bauman critica.

Por el contrario, una educación democrática debería cultivar la capacidad de escuchar, argumentar, colaborar y convivir con la diferencia.

La UNESCO ha señalado que la renovación educativa requiere precisamente recuperar una visión de la educación vinculada con la justicia, la cooperación, la cohesión social y la construcción de futuros compartidos.

Por ello, la pregunta fundamental no es solamente:

¿Qué debe saber un estudiante?

También debemos preguntar:

¿Qué clase de ciudadano queremos que ese conocimiento contribuya a formar?

10. ¿Qué implica todo esto para la educación actual?

La lectura de Bauman no debería llevarnos a concluir que la educación tradicional es inútil ni que todo debe cambiar.

Su valor consiste precisamente en obligarnos a reconsiderar nuestras prioridades.

Una educación pertinente para la modernidad líquida debería conservar algunas funciones fundamentales de la tradición educativa -conocimiento disciplinar, memoria, lectura, escritura, argumentación y rigor intelectual-, pero incorporando capacidades que permitan desenvolverse en entornos inciertos.

Esto implica, entre otras cosas, recuperar cinco principios.

Primero: enseñar a pensar antes que enseñar solamente a responder.

La respuesta puede estar disponible en segundos; formular una buena pregunta sigue siendo una capacidad profundamente humana.

Segundo: recuperar el valor de la espera.

No todo aprendizaje debe ser inmediato. La comprensión profunda necesita tiempo.

Tercero: distinguir información de conocimiento.

Tener acceso a una enorme cantidad de información no significa comprenderla.

Cuarto: enseñar a convivir con la incertidumbre.

El objetivo no puede ser garantizar que el estudiante conozca exactamente qué sucederá, sino que pueda actuar responsablemente cuando aquello esperado no suceda.

Quinto: recuperar la dimensión ética y ciudadana de la educación.

La formación no puede quedar subordinada a las exigencias inmediatas del mercado.

Conclusión: educar cuando nada parece permanecer

Zygmunt Bauman escribió sobre la educación en un contexto distinto al actual, pero muchas de sus preguntas mantienen una sorprendente vigencia.

La revolución digital, la inteligencia artificial y la expansión de las redes sociales incluso han intensificado algunos de los fenómenos que Bauman observaba: aceleración, abundancia de información, renovación permanente, consumo rápido y debilitamiento de algunas formas tradicionales de estabilidad.

Pero interpretar su propuesta como una simple crítica a la sociedad contemporánea sería insuficiente.

Bauman nos invita a pensar más profundamente.

Si vivimos en una sociedad líquida, la educación no puede volverse líquida en el sentido de perder todo aquello que proporciona orientación, profundidad y sentido.

Al contrario.

Cuanto mayor sea la velocidad del mundo, más necesaria será la capacidad de detenerse.

Cuanto mayor sea la cantidad de información, más importante será el pensamiento crítico.

Cuanto más cambiantes sean las profesiones, mayor será la necesidad de aprender durante toda la vida.

Cuanto más fragmentadas estén nuestras sociedades, mayor será la importancia de educar para el diálogo y la ciudadanía.

Y cuanto más incierto sea el futuro, más necesario será formar personas capaces de construirlo responsablemente.

Tal vez éste sea el gran reto de la educación en la modernidad líquida: no enseñar a los estudiantes a vivir en un mundo que ya no existe, sino proporcionarles las herramientas intelectuales, éticas, sociales y humanas necesarias para participar en la construcción del mundo que todavía no existe.

La educación no puede detener el cambio.

Pero sí puede enseñarnos a comprenderlo, cuestionarlo y orientarlo.

Y en una época donde todo parece destinado a cambiar, quizá esa sea una de las formas más profundas de permanencia que todavía podemos ofrecer.


Referencias

Bauman, Z. (2005). Education in liquid modernity. Review of Education, Pedagogy, and Cultural Studies, 27(4), 303-317. https://doi.org/10.1080/10714410500338873

Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.

Meirinhos, M., & Portela, L. de J. (2023). Education in liquid modernity: Educate and forming in an uncertain world. Revista Produção e Desenvolvimento, 9. https://doi.org/10.32358/rpd.2023.v9.621

OECD. (2023). OECD digital education outlook 2023: Towards an effective digital education ecosystem. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/c74f03de-en

OECD. (n.d.). The OECD Learning Compass 2030. OECD.

UNESCO. (2021). Reimagining our futures together: A new social contract for education. UNESCO.

UNESCO. (2023). Global education monitoring report 2023: Technology in education - A tool on whose terms? UNESCO. https://doi.org/10.54676/UZQV8501


sábado, 15 de agosto de 2026

110 Años de Tinta Rojinegra: El Alma, el Sufrimiento y la Inmortalidad del Atlas FC


Para entender al Club Atlas, a veces hay que arrancar las páginas de los manuales estadísticos fríos y permitir que hable la pasión pura. El fútbol es mucho más que veintidós atletas persiguiendo un esférico sobre un rectángulo de pasto; es un laboratorio social vivo, un espejo de nuestra cultura y, sobre todo, una religión sin dogmas donde la fe se pone a prueba cada fin de semana. Hoy, 15 de agosto de 2026, celebramos 110 años del nacimiento de una institución que desafía toda lógica.

Quienes dedicamos nuestra vida a disciplinas como la metodología de la investigación cualitativa, la intervención psicoeducativa o la biología conductual, sabemos que el comportamiento humano rara vez obedece a fórmulas exactas. Y el "Mundo Rojinegro" es, sin duda, el caso de estudio más fascinante, pasional y hermoso del balompié mexicano.

El Origen: Un Mártir, la Aristocracia y el Balón

La historia comienza en la nostalgia de la lejanía. A principios del siglo XX, jóvenes tapatíos de familias acomodadas fueron enviados a estudiar a Inglaterra, específicamente al Ampleforth College. Allí conocieron el "football". Al regresar a Guadalajara, Juan José "Lico" Cortina y los hermanos Robledo, entre otros, extrañaban tanto aquel deporte que el 15 de agosto de 1916 decidieron fundar su propio club.

Los colores no fueron un capricho estético. El rojo y el negro rinden tributo a San Lorenzo, patrono de su colegio inglés. El rojo representa la sangre derramada por el mártir, y el negro, el luto por su muerte. Sin saberlo, estos colores profetizarían el destino del equipo: una historia de entrega absoluta (sangre) y de un prolongado sufrimiento (luto). Su escudo, una elegante "A" blanca sobre fondo rojinegro diseñada por el artista Carlos Stahl, se convirtió rápidamente en un símbolo de identidad en la capital jalisciense, dando origen poco después a la rivalidad más añeja de nuestro país: el Clásico Tapatío contra el Guadalajara.

La Biología del Sufrimiento y el ADN "A lo Atlas"

Desde una perspectiva psicosocial, el aficionado promedio busca en el deporte una extensión de su propio éxito; nos afiliamos a los equipos ganadores buscando una inyección de dopamina y validación social. Sin embargo, la afición rojinegra rompe con este condicionamiento operante.

Tras el glorioso campeonato de 1951, sellado con aquel mítico penal del costarricense Edwin Cubero, el equipo entró en un desierto que duró 70 años. Siete décadas sin acariciar la gloria liguera. Cualquier otra institución habría desaparecido o perdido a su base de seguidores, pero la afición del Atlas experimentó un fenómeno sociológico inverso: el dolor compartido forjó una identidad de hierro.

Nació así la filosofía del "A lo Atlas". Más que una simple frase, es un constructo psicológico de resiliencia. Ganar "A lo Atlas" significa que la victoria solo tiene sabor si se obtiene al borde del colapso, sufriendo hasta el último suspiro, superando la adversidad cuando todo parece perdido. Esta afición nos demuestra que el sentido de pertenencia y el amor incondicional superan con creces la necesidad biológica de la victoria fácil. Ser del Atlas es una declaración de principios: significa amar en las buenas, y amar el doble en las peores.

La Academia: Un Modelo Pedagógico y Estético

Si el Atlas sobrevivió sin títulos, fue porque entendió que su grandeza no residiría en comprar trofeos, sino en educar y crear arte. El club se ganó a pulso el apodo de "La Academia" por ser la primera institución en México en estructurar científicamente sus fuerzas básicas. Se convirtieron en el alma mater del fútbol nacional.

El Atlas no solo formó jugadores, formó leyendas. Rafael Márquez, Andrés Guardado, Pável Pardo y Oswaldo Sánchez son solo algunos de los graduados de esta escuela. Pero La Academia también defiende una estética. Quien recuerda al Atlas de Ricardo La Volpe de 1999 sabe de lo que hablo: un equipo que no fue campeón, pero que enamoró al país entero porque jugaba al fútbol como si estuviera recitando poesía. Nos enseñaron que las formas importan, que el trato exquisito del balón es, en sí mismo, un triunfo del espíritu humano.

La Catarsis y la Inmortalidad

El 12 de diciembre de 2021, el destino finalmente saldó su deuda. El campeonato del Apertura 2021 (y el subsecuente Bicampeonato en 2022) no fue solo un triunfo deportivo; fue una liberación terapéutica masiva. Quienes presenciamos aquel momento vimos el llanto incontrolable de tres generaciones. Vimos a abuelos abrazando a sus nietos, señalando al cielo para dedicarle la estrella a los que se fueron sin ver a su equipo campeón otra vez. Esa noche, el Estadio Jalisco fue el epicentro de la catarsis más grande en la historia de nuestro deporte.

Hoy, al apagar 110 velas, el Atlas FC se erige como un monumento a la lealtad. Nos recuerda que, en un mundo obsesionado con el éxito inmediato y desechable, todavía existen amores que resisten el paso del tiempo, el peso de las derrotas y el juicio de la lógica.

Larga vida a la Academia. Larga vida a los locos de corazón rojinegro.

Una historia que comenzó hace 110 años

El 15 de agosto de 1916, un grupo de jóvenes tapatíos que había tenido contacto con el fútbol durante sus estudios en Inglaterra decidió organizar un club que permitiera practicar y desarrollar aquel deporte en Guadalajara. Así nació el Atlas Fútbol Club, institución que este 15 de agosto de 2026 cumple 110 años de existencia.

Más de un siglo después, hablar del Atlas no significa únicamente hablar de partidos, jugadores, campeonatos o estadísticas. Significa aproximarse a un fenómeno social en el que convergen memoria colectiva, identidad, pertenencia, emociones, tradición y comunidad.

La historia del Atlas resulta particularmente interesante porque su importancia no puede medirse exclusivamente mediante la cantidad de trofeos obtenidos. Su trayectoria representa un ejemplo de cómo una institución deportiva puede adquirir un significado que trasciende el terreno de juego y convertirse en parte de la identidad cultural de una ciudad.

La propia institución reconoce al 15 de agosto de 1916 como su fecha de fundación. Los antecedentes históricos señalan que aquel grupo de jóvenes se reunió en el Café Rimans y que entre sus integrantes estuvieron personajes como Luis Aguilar, Gabriel y Raúl Romo, Federico Collignon y los hermanos Orendáin. La influencia inglesa también quedó incorporada en la identidad del club: los colores rojo y negro tienen relación con el Colegio Ampleforth, donde algunos de sus fundadores estudiaron.

Pero ¿qué explica que una institución deportiva pueda sobrevivir durante 110 años y generar vínculos emocionales que pasan de una generación a otra?

La respuesta se encuentra en algo más profundo que el fútbol.


El Atlas como fenómeno de identidad social

Desde la psicología social, la pertenencia a un grupo constituye un componente importante de la manera en que las personas construyen su identidad. La teoría de la identidad social sostiene que una parte del autoconcepto de las personas deriva de su pertenencia a determinados grupos y del valor emocional que atribuyen a esa pertenencia (Tajfel & Turner, 1979).

El fútbol constituye un escenario privilegiado para observar este fenómeno.

Decir “soy del Atlas” no necesariamente significa solamente “me gusta el Atlas”. Puede implicar una identificación con una historia, una ciudad, una familia, un grupo de amigos, determinados recuerdos y una tradición compartida.

La investigación contemporánea sobre aficionados al fútbol confirma que la relación entre aficionado y club puede producir sentimientos de pertenencia, identidad colectiva y conexión social. Smith, Widdicombe y Templeton (2026), por ejemplo, encontraron que la relación entre aficionados y clubes se encuentra estrechamente relacionada con la sensación de pertenencia y con la percepción de que el club representa aspectos significativos de la identidad de sus seguidores.

Esto permite comprender una característica particular del Atlas: La Fiel no es solamente un conjunto de espectadores. Es una comunidad simbólica.

La camiseta rojinegra, el escudo, el Estadio Jalisco, los cánticos, las fotografías familiares, las historias de los abuelos y padres, las celebraciones y hasta las derrotas se convierten en elementos mediante los cuales se reproduce una identidad.

La investigación sobre fandom deportivo ha mostrado que las prácticas de los aficionados —cantar, vestir los colores, acudir al estadio, compartir recuerdos y relacionarse con otros seguidores— contribuyen a reforzar la identidad colectiva.

Por ello, 110 años de Atlas pueden interpretarse también como 110 años de construcción de una comunidad emocional.


De la fundación a “La Academia”

Uno de los elementos más interesantes de la historia rojinegra es que el club adquirió desde muy temprano una identidad asociada con la formación futbolística.

El sobrenombre “La Academia” no es casual. A lo largo de su historia, Atlas ha sido reconocido por su trabajo con jóvenes futbolistas y por haber contribuido a la formación de jugadores que posteriormente alcanzaron relevancia nacional e internacional.

Entre los futbolistas surgidos de sus fuerzas básicas se encuentran nombres como Rafael Márquez, Andrés Guardado, Pavel Pardo, Oswaldo Sánchez, Jared Borgetti, Daniel Osorno, Juan Pablo Rodríguez y Jorge Torres Nilo, entre otros.

Este fenómeno tiene una importancia que va más allá de lo deportivo.

Un jugador formado en una institución local puede convertirse, simbólicamente, en una representación de la comunidad. La literatura científica ha estudiado precisamente cómo los futbolistas vinculados con una localidad pueden funcionar como representaciones de la identidad comunitaria y fortalecer la conexión entre aficionados y clubes (Bullough et al., 2024).

En este sentido, la cantera del Atlas ha producido algo más que futbolistas: ha producido referentes identitarios.


1951: el primer gran capítulo

Uno de los momentos fundamentales de la historia rojinegra ocurrió el 22 de abril de 1951.

Ese día, Atlas derrotó 1-0 a Guadalajara y consiguió su primer campeonato de Liga. El único gol fue anotado mediante un penal por el costarricense Edwin Cubero. Con aquella conquista, Atlas se convirtió en el primer club de Jalisco en ganar el campeonato de Primera División.

La importancia de aquel campeonato puede entenderse mejor si se observa desde la perspectiva de la memoria colectiva.

Durante décadas, aquella temporada se convirtió en un punto de referencia para las generaciones rojinegras. Las fotografías, los relatos familiares y la figura de Cubero contribuyeron a mantener vivo el recuerdo.

En términos sociológicos, las comunidades no solamente comparten espacios físicos: también comparten relatos sobre acontecimientos considerados significativos.

Para el Atlas, 1951 se transformó en uno de esos acontecimientos fundacionales de la memoria rojinegra.


La paradoja rojinegra: grandeza sin abundancia de títulos

Aquí aparece una de las características más singulares del Atlas.

Si se utilizara exclusivamente el número de campeonatos de Liga como indicador de grandeza, probablemente el club no ocuparía los primeros lugares del fútbol mexicano.

Pero reducir la historia de una institución a sus trofeos sería metodológicamente insuficiente.

Durante aproximadamente siete décadas, los aficionados rojinegros tuvieron que convivir con una contradicción: una enorme identificación emocional con un club que no conseguía regularmente campeonatos de Liga.

El título de 1951 permaneció durante décadas como una referencia casi mítica.

Y entonces ocurrió algo extraordinario.


2021: cuando la memoria se convirtió en presente

El 12 de diciembre de 2021, Atlas volvió a conquistar el campeonato de Liga después de aproximadamente 70 años de espera. En la final del Apertura 2021 derrotó al León mediante una definición por penales y consiguió su segunda estrella.

La trascendencia psicológica y social de aquel campeonato difícilmente puede explicarse únicamente mediante el resultado deportivo.

Para una generación de aficionados, el campeonato significó experimentar personalmente algo que durante décadas solamente habían conocido a través de fotografías, relatos de familiares y archivos históricos.

En otras palabras:

la memoria dejó de ser solamente heredada y se convirtió en experiencia vivida.

El abuelo que había esperado décadas pudo compartir con sus hijos o nietos una celebración que durante mucho tiempo parecía improbable.

El fútbol produjo entonces un puente entre generaciones.


2022: la transformación de la historia

Pero la historia rojinegra no terminó seis meses después.

El 29 de mayo de 2022, Atlas enfrentó al Pachuca en la final del Clausura 2022. Aunque perdió 2-1 en el partido de vuelta, conservó una ventaja global de 3-2 y obtuvo su tercer campeonato de Liga. Con ello se convirtió en uno de los pocos equipos que habían conseguido un bicampeonato en torneos cortos.

El acontecimiento fue particularmente significativo porque transformó la narrativa histórica del club.

Durante décadas, la frase dominante había sido:

“Atlas fue campeón en 1951”.

Después de 2021 y 2022, comenzó a hablarse de otra manera:

“Atlas es campeón y además es bicampeón”.

La diferencia parece lingüística, pero en realidad representa una transformación de la memoria colectiva.

El éxito deportivo modificó la manera en que varias generaciones comenzaron a contar la historia del club.


La Fiel: cuando la afición se convierte en comunidad

Uno de los conceptos más importantes para comprender la longevidad del Atlas es precisamente La Fiel.

La expresión no solamente describe una característica de los aficionados. Representa una narrativa de permanencia.

La investigación sobre psicología social del deporte ha identificado fenómenos mediante los cuales los aficionados tienden a asociarse públicamente con los éxitos de sus equipos y, en determinados contextos, a distanciarse de los fracasos (Cialdini et al., 1976; Ewing et al., 2015). Sin embargo, la historia del Atlas permite observar un fenómeno particularmente interesante: la identidad rojinegra ha sobrevivido incluso durante largos periodos de escasez deportiva.

Ese comportamiento puede interpretarse como una forma de identificación profunda con el grupo.

La investigación contemporánea incluso ha incorporado conceptos como la identity fusion, mediante la cual la identidad personal y la identidad grupal pueden llegar a encontrarse estrechamente vinculadas, explicando formas intensas de lealtad y compromiso con determinados grupos deportivos (Koo et al., 2025).

Esto no significa que todos los aficionados del Atlas experimenten su relación con el club de la misma manera. La intensidad de la identificación varía considerablemente entre individuos.

Sin embargo, sí permite comprender por qué un resultado futbolístico puede generar emociones colectivas que superan ampliamente los 90 minutos de un partido.


El Estadio Jalisco como espacio de memoria

Un club también necesita espacios donde su identidad pueda materializarse.

Para el Atlas, uno de ellos es el Estadio Jalisco.

El estadio no representa únicamente una estructura arquitectónica. Es también un archivo de experiencias.

En sus tribunas se han acumulado generaciones de espectadores; allí se han producido celebraciones, frustraciones, despedidas, debut de jugadores, clásicos, finales y acontecimientos que posteriormente se transformaron en recuerdos familiares.

La memoria deportiva funciona de manera semejante a otros espacios de memoria social: los lugares permiten vincular acontecimientos con experiencias concretas.

Por eso, para un aficionado, regresar al estadio después de muchos años puede significar mucho más que asistir a un partido.

Puede significar regresar a una parte de su propia historia.


110 años: entre tradición y transformación

Llegar a 110 años también obliga a mirar hacia el futuro.

Atlas no es actualmente la misma institución de 1916, 1951 o 2021.

La profesionalización del deporte, la transformación de los medios de comunicación, las redes sociales, la globalización del fútbol, la ciencia aplicada al deporte, la analítica de datos y la evolución de los modelos de gestión han modificado radicalmente la manera de construir un club profesional.

Un ejemplo de esta transformación es la Academia AGA, inaugurada como nuevo centro de entrenamiento y formación. El complejo cuenta con seis canchas profesionales, áreas de ciencias aplicadas al deporte, espacios de recuperación, gimnasio, instalaciones para fuerzas básicas y diversos componentes de infraestructura sustentable, como paneles solares y una planta tratadora de agua.

Incluso durante el Mundial de 2026, la Academia Atlas fue utilizada como base de entrenamiento de la Selección de Colombia durante su participación en Guadalajara.

Este dato resulta simbólico.

El club que nació hace 110 años gracias a jóvenes que conocieron el fútbol en Inglaterra ahora cuenta con una infraestructura capaz de recibir a una selección nacional durante una Copa Mundial.

La historia, en cierto sentido, parece cerrar un círculo.


El Atlas frente al futuro

Los 110 años no deberían entenderse solamente como una celebración del pasado.

También representan una pregunta:

¿qué significa mantener viva una institución deportiva durante más de un siglo?

Significa preservar ciertos elementos identitarios, pero también aceptar transformaciones.

Una institución que pretende sobrevivir otros 110 años tendrá que formar nuevas generaciones, incorporar tecnología, desarrollar al fútbol femenil, fortalecer su responsabilidad social, mantener vínculos con su comunidad y construir modelos de gestión capaces de responder a un deporte cada vez más competitivo.

La permanencia no significa inmovilidad.

Por el contrario:

una tradición permanece porque es capaz de transformarse sin perder aquello que la hace reconocible.


Más allá del fútbol: lo que Atlas representa

El caso del Atlas ofrece una oportunidad para reflexionar sobre una pregunta que trasciende al deporte:

¿por qué las personas permanecen vinculadas a una institución incluso cuando los resultados no siempre corresponden con sus expectativas?

La respuesta puede encontrarse en la identidad.

Una institución deportiva puede convertirse en un referente para construir relaciones sociales, recuerdos familiares y sentido de pertenencia. La investigación contemporánea sostiene que el fútbol puede generar prácticas de cohesión social y comunidades de identificación que superan las diferencias individuales.

Por ello, los 110 años del Atlas no son únicamente una efeméride deportiva.

Son también una historia sobre personas.

Personas que heredaron una camiseta.

Personas que llevaron a sus hijos al estadio.

Personas que aprendieron a celebrar.

Personas que aprendieron a perder.

Personas que esperaron 70 años.

Personas que pudieron decirle a sus nietos: “yo estuve ahí cuando Atlas volvió a ser campeón”.

Y quizá allí se encuentra la explicación más profunda de la longevidad rojinegra.

Los campeonatos pueden escribirse en una estadística.

Los goles pueden registrarse en una base de datos.

Los trofeos pueden colocarse en una vitrina.

Pero los recuerdos solamente pueden vivir en las personas.


110 años después: una historia que continúa

El 15 de agosto de 1916 comenzó una historia.

El 22 de abril de 1951 esa historia conquistó su primera gran cima.

El 12 de diciembre de 2021 recuperó una alegría que parecía pertenecer únicamente al pasado.

El 29 de mayo de 2022 demostró que aquella conquista no había sido un accidente histórico.

Y el 15 de agosto de 2026, 110 años después de aquella reunión fundacional, Atlas continúa escribiendo capítulos.

Por eso, celebrar al Atlas no consiste únicamente en recordar campeonatos.

Consiste en reconocer la capacidad de una comunidad para conservar una identidad a través del tiempo.

Quizá esa sea la verdadera dimensión científica, social y cultural del fenómeno rojinegro:

un equipo de fútbol puede cambiar de jugadores, entrenadores, directivos, estadios, tecnologías y generaciones; pero cuando consigue convertirse en parte de la identidad de una comunidad, deja de ser solamente un equipo. Se convierte en memoria colectiva.

Y después de 110 años, el Atlas continúa siendo, para miles de personas, una manera de decir quiénes son, de dónde vienen y con quiénes comparten una historia.

Mil veces arriba el Atlas.


Datos curiosos de los 110 años del Atlas FC

  1. El Atlas nació el 15 de agosto de 1916, por lo que en 2026 alcanza exactamente 110 años de historia.
  2. Su origen está relacionado con jóvenes tapatíos que estudiaron en Inglaterra, donde conocieron y practicaron el fútbol.
  3. El rojo y negro tienen una raíz inglesa: se relacionan con los colores del Colegio Ampleforth, institución educativa vinculada con algunos de sus fundadores.
  4. Atlas fue el primer club de Jalisco en conquistar un campeonato de Liga, cuando obtuvo el título de 1950-51.
  5. Edwin Cubero marcó el penal que le dio el campeonato de 1951 frente a Guadalajara.
  6. La espera entre los campeonatos de 1951 y 2021 fue de aproximadamente 70 años, una de las sequías de títulos más prolongadas del fútbol mexicano.
  7. Atlas ganó dos campeonatos consecutivos en 2021 y 2022, convirtiéndose en uno de los equipos que han conseguido el bicampeonato en torneos cortos.
  8. El Atlas cuenta con una de las tradiciones de formación de futbolistas más reconocibles de México, con jugadores como Rafael Márquez y Andrés Guardado entre sus exponentes más destacados.
  9. La Academia AGA cuenta con seis canchas profesionales, cuatro de pasto natural y dos sintéticas, además de infraestructura especializada para ciencias aplicadas al deporte.
  10. En el Mundial de 2026, la Academia Atlas fue utilizada como base de entrenamiento por la Selección de Colombia, conectando directamente la historia del club con uno de los acontecimientos deportivos más importantes del mundo.
  11. El aniversario 110 coincide con una nueva etapa institucional: en julio de 2026, Grupo PRODI fue presentado como nuevo propietario del club, en un momento de renovación para la institución.
  12. En 2026 Guadalajara volvió a teñirse de rojinegro como parte de las celebraciones por el 110 aniversario, incorporando espacios emblemáticos de la ciudad a la conmemoración.

📚 Referencias 

Atlas F. C. (2026). Historia rojinegra: 110 años de tradición y resiliencia. Sitio Oficial del Club Atlas. https://www.atlasfc.com.mx/historia

Galeano, E. (1995). El fútbol a sol y sombra. Siglo XXI Editores.

Ramírez, C. (2010). 11 décadas de balompié mexicano: Identidad y sociedad en la tribuna. Editorial Televisa.

Villoro, J. (2006). Dios es redondo. Editorial Anagrama.