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domingo, 1 de noviembre de 2026

El desafío de transformar una investigación en conocimiento para la sociedad

 



METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN Recomendaciones prácticas por científicos mexicanos

Guía para la producción de artículos académicos con fines de publicación


¿Qué sucede después de concluir una investigación? ¿Es suficiente presentar una tesis, obtener un grado académico o publicar un artículo para considerar que hemos contribuido al conocimiento?

En esta nueva entrega de Divulgando Ciencia con Tino exploramos el proceso que permite transformar una investigación en una aportación científica comunicable. A partir de dos obras fundamentales de orientación metodológica y editorial, reflexionamos sobre la escritura académica, la argumentación, el arbitraje científico, la ética de publicación y el compromiso social de divulgar el conocimiento.

Una lectura dirigida a estudiantes, docentes, investigadores y todas aquellas personas interesadas en comprender cómo se construye y comparte la ciencia.

Te invitamos a descubrir por qué investigar también significa comunicar.

Una investigación no alcanza su verdadero potencial cuando termina de recopilar datos. Su contribución comienza a trascender cuando sus resultados se analizan, se comunican, se someten al escrutinio de otros investigadores y se ponen al alcance de quienes pueden aprovecharlos.

Introducción: investigar también significa aprender a comunicar

Existe una paradoja en el ámbito académico: mientras las universidades y los centros de investigación impulsan la generación de conocimiento, no siempre proporcionan a sus estudiantes, docentes e investigadores las herramientas necesarias para comunicarlo eficazmente. Investigar y publicar son actividades estrechamente relacionadas, pero no equivalentes. La primera exige formular preguntas, construir explicaciones, seleccionar métodos y obtener evidencias; la segunda requiere transformar ese proceso en un discurso organizado, argumentado y susceptible de evaluación.

Esta diferencia permite comprender por qué una investigación metodológicamente bien desarrollada no necesariamente se convierte en un artículo científico sólido. Los datos, por sí mismos, no constituyen una contribución intelectual suficiente. Necesitan contextualizarse, interpretarse, relacionarse con los conocimientos existentes y presentarse mediante una estructura que permita a otros comprender cómo se obtuvieron y qué significan.

En Guía para la producción de artículos académicos con fines de publicación, López Vera (2021) plantea precisamente esta problemática desde una perspectiva editorial y formativa. Su propuesta sostiene que la escritura académica no debe entenderse como una actividad secundaria respecto de la investigación, sino como una competencia especializada en la que convergen el contenido científico, la argumentación, la organización textual y el conocimiento de los procesos editoriales.

Esta perspectiva encuentra un complemento significativo en Metodología de la investigación: recomendaciones prácticas por científicos mexicanos, obra coordinada por Rodríguez Castañón y Neri Guzmán (2024). Desde diferentes experiencias disciplinares, sus capítulos permiten reconocer que la calidad de una publicación depende de decisiones que comienzan desde la formulación del problema y se extienden hasta la interpretación de resultados y la comunicación de los hallazgos.

A partir del diálogo entre ambas obras, surge una cuestión fundamental: ¿qué hace falta para que una investigación deje de ser un documento elaborado para cumplir un requisito académico y se convierta en una aportación auténtica al conocimiento?

La respuesta requiere examinar algo más que las reglas de redacción. Implica reflexionar sobre la responsabilidad intelectual, metodológica, editorial y social que acompaña a toda publicación científica.


1. La investigación comienza mucho antes de escribir el primer párrafo

Uno de los errores frecuentes entre quienes se inician en la investigación consiste en considerar que el artículo científico comienza cuando se abre un procesador de textos. En realidad, su construcción empieza mucho antes: cuando se identifica una situación problemática, se reconoce una interrogante que merece investigarse y se determina si existen condiciones para producir conocimiento relevante.

Juárez Moreno (2024), en el capítulo dedicado al planteamiento de la investigación del libro coordinado por Rodríguez Castañón y Neri Guzmán, explica que la selección del tema debe atender criterios de precisión, originalidad, relevancia teórica y práctica, factibilidad y utilidad. También distingue entre los problemas de conocimiento, orientados a identificar aspectos todavía desconocidos, y los problemas prácticos, dirigidos a comprender o intervenir sobre situaciones que presentan dificultades.

Esta distinción es importante porque no toda dificultad observada constituye automáticamente un problema de investigación. Una percepción personal puede ser el punto de partida, pero necesita transformarse en una interrogante que pueda examinarse mediante procedimientos sistemáticos.

Por ejemplo, un docente puede observar que sus estudiantes presentan dificultades para comprender textos académicos. Esa observación adquiere dimensión investigativa cuando comienza a preguntarse qué factores intervienen en esa dificultad, cómo se manifiesta en determinados grupos, qué explicaciones ofrecen las investigaciones anteriores y qué aspectos permanecen insuficientemente explorados.

La transformación de una inquietud en un problema investigable exige, por tanto, un ejercicio de delimitación y fundamentación. La investigadora propone articular el planteamiento del problema con la pregunta de investigación, el objetivo general, los objetivos específicos, la hipótesis —cuando corresponda—, la justificación y el alcance del estudio (Juárez Moreno, 2024).

No se trata de llenar apartados por exigencia institucional. Cada componente cumple una función de control intelectual:

  • La pregunta determina aquello que se busca conocer.

  • Los objetivos establecen lo que se pretende alcanzar.

  • La hipótesis anticipa una explicación susceptible de contrastación, cuando el diseño la requiere.

  • La justificación argumenta la pertinencia del estudio.

  • El alcance establece hasta dónde pueden llegar sus resultados.

La congruencia entre estos elementos es indispensable. Una investigación pierde consistencia cuando su pregunta plantea un fenómeno, sus objetivos persiguen otro y su metodología termina produciendo información que no permite responder ninguno de los dos.

Aquí aparece una primera enseñanza: la calidad de un artículo no puede superar indefinidamente la calidad de las decisiones investigativas que lo sustentan.

El estado del arte: investigar lo que todavía no sabemos

Antes de proponer una contribución, es necesario comprender qué se ha producido previamente sobre el tema. La revisión de la literatura no debe convertirse en una acumulación indiscriminada de citas, sino en un proceso de identificación, selección, comparación y análisis de conocimientos existentes.

López Vera (2021) señala que el planteamiento del artículo debe sintetizar los antecedentes relevantes y establecer el lugar que ocupará la investigación actual. Recupera, entre otros, el modelo de Swales, que propone establecer el campo de estudio, sintetizar las investigaciones previas, preparar la investigación actual e introducir la propuesta propia.

Este planteamiento puede complementarse con el esquema de Posusta: presentar lo que otros han dicho, exponer la postura del autor y ofrecer evidencias para sostenerla. La importancia de este segundo modelo radica en que evita que la introducción se reduzca a una sucesión de afirmaciones ajenas.

La revisión de literatura adquiere así una función estratégica: identificar convergencias, contradicciones, limitaciones y vacíos de conocimiento. No basta con afirmar que un tema ha sido poco estudiado; es necesario mostrar qué se ha investigado, en qué contextos, mediante cuáles enfoques y qué preguntas permanecen abiertas.

En este sentido, la originalidad científica no siempre consiste en descubrir un fenómeno completamente desconocido. También puede radicar en estudiar un problema desde otra población, revisar una explicación establecida, aportar evidencia en un contexto diferente o actualizar resultados anteriores.

La novedad, por consiguiente, debe demostrarse mediante el contraste con la producción científica existente y no declararse como una cualidad automática del proyecto.


2. Escribir ciencia: cuando las palabras también forman parte del método

La escritura científica suele asociarse con un lenguaje complejo, expresiones especializadas y extensos párrafos acompañados de citas. Sin embargo, la complejidad de un fenómeno no justifica una redacción innecesariamente complicada.

López Vera (2021) plantea una idea fundamental: el contenido y la forma constituyen dimensiones inseparables de la producción académica. Un texto puede contener información valiosa, pero si presenta argumentos desarticulados, problemas de coherencia, errores de citación o una estructura confusa, limita las posibilidades de que sus aportaciones sean comprendidas y evaluadas.

La autora advierte que tampoco es suficiente escribir correctamente cuando el contenido carece de profundidad. La productividad académica requiere equilibrar la competencia comunicativa con la consistencia intelectual.

Este planteamiento coincide con Gordillo Benavente y Vega Hernández (2024), quienes, en el capítulo sobre escritura y comunicación científica del libro de Rodríguez Castañón y Neri Guzmán, destacan la importancia de redactar con precisión, claridad y brevedad, además de mantener coherencia gramatical y utilizar un lenguaje científico adecuado.

La claridad no representa una concesión a la superficialidad. Constituye una exigencia de rigor. Cuando una idea puede expresarse de manera precisa mediante una oración bien estructurada, agregar complejidad innecesaria no incrementa su valor científico.

En la divulgación científica este principio resulta todavía más importante. El desafío consiste en traducir conceptos especializados a un lenguaje comprensible sin alterar su significado, eliminar las condiciones bajo las cuales una afirmación es válida o presentar como certeza aquello que solamente constituye una posibilidad.

El argumento: la diferencia entre acumular información y producir conocimiento

Una de las aportaciones más interesantes de la guía de López Vera (2021) es su reflexión sobre la construcción del argumento. La autora sostiene que el fundamento del artículo no debe limitarse a los datos recopilados, sino que debe construirse alrededor de una postura que el investigador pueda defender mediante evidencias.

Esta afirmación merece una precisión: los datos y las evidencias son indispensables, pero su valor dentro del artículo depende también de la pregunta que orienta el análisis y de la interpretación que se desarrolla a partir de ellos.

Imaginemos dos investigaciones que estudian el mismo fenómeno educativo. Ambas aplican un instrumento, reúnen respuestas y presentan resultados estadísticos. La primera se limita a describir porcentajes y frecuencias. La segunda examina qué significan esos resultados, los relaciona con investigaciones anteriores, identifica discrepancias y plantea explicaciones compatibles con su diseño metodológico.

Aunque las dos pueden contener información válida, la segunda ofrece una elaboración intelectual más profunda porque construye una interpretación fundamentada.

En esta línea, la guía propone un esquema de seis pasos para integrar citas textuales y referencias indirectas al argumento: presentar al autor, contextualizar su aportación, incorporar la cita cuando corresponda, parafrasear su significado, formular una valoración crítica y, opcionalmente, proponer una alternativa o consecuencia.

La aportación es relevante porque evita uno de los problemas más frecuentes en los trabajos académicos: utilizar las referencias bibliográficas como sustitutos del razonamiento propio.

Citar no significa pensar. La cita documenta una aportación ajena; la interpretación explica su significado; y la argumentación establece cómo se relaciona con la postura que se desarrolla en el artículo.

Por ello, una publicación académica no debería parecer un mosaico de fragmentos de otros autores. Las fuentes tienen que dialogar entre sí y con la pregunta de investigación, sin perder de vista que la responsabilidad de organizar ese diálogo corresponde a quien escribe.

3. La arquitectura del artículo: una estructura que permite verificar el conocimiento

La organización de un artículo científico no es una cuestión exclusivamente estética. Su estructura permite identificar la lógica de la investigación, reconocer las decisiones metodológicas y examinar la relación entre los resultados y las conclusiones.

López Vera (2021) presenta diferentes modelos de validación científica, entre ellos IMRaD, AIMRaD e IRDaM. Estas estructuras comparten una preocupación: organizar la información de manera que el lector pueda comprender el proceso de investigación y valorar sus aportaciones.

El modelo IMRyD, integrado por introducción, métodos, resultados y discusión, constituye una de las estructuras más reconocidas en la comunicación científica. Sin embargo, no representa una fórmula obligatoria para todas las disciplinas y todos los tipos de publicación.

La investigación de Sollaci y Pereira (2004) ofrece evidencia histórica sobre su consolidación en la literatura médica. Al estudiar 1,297 artículos originales publicados en cuatro revistas de medicina interna entre 1935 y 1985, encontraron que el modelo comenzó a utilizarse durante la década de 1940, alcanzó aproximadamente 80 % de adopción en la década de 1970 y se convirtió en el patrón dominante de los artículos originales examinados durante los años ochenta.

Este antecedente permite comprender que las convenciones editoriales son resultado de procesos históricos y disciplinares, no de reglas naturales e inmutables.

¿Qué aporta cada componente del modelo?

  • Introducción. Sitúa el problema, presenta los antecedentes relevantes, identifica aquello que requiere explicación y comunica los objetivos del estudio. Su función consiste en demostrar por qué merece la pena investigar el fenómeno.
  • Método. Explica cómo se desarrolló la investigación. Debe permitir identificar el enfoque, diseño, población o participantes, instrumentos, procedimientos y técnicas de análisis, de acuerdo con las características particulares del estudio.
  • Resultados. Presenta los hallazgos obtenidos mediante el procedimiento aplicado. Las tablas, figuras y gráficos pueden facilitar su interpretación, siempre que se utilicen para organizar información relevante y no como elementos decorativos.
  • Discusión. Interpreta los resultados, establece relaciones con investigaciones anteriores, identifica coincidencias y diferencias, examina limitaciones y explica las implicaciones de los hallazgos.

La principal diferencia entre estas secciones radica en su función discursiva. La metodología y los resultados requieren una exposición predominantemente descriptiva; la discusión y las conclusiones exigen una elaboración argumentativa (López Vera, 2021).

Esta distinción evita un problema recurrente: confundir la descripción de lo encontrado con la explicación de su significado.

La metodología como garantía de transparencia

Un artículo científico no debería pedir al lector que confíe ciegamente en sus conclusiones. Debe proporcionarle los elementos necesarios para examinar el procedimiento mediante el cual se obtuvieron los resultados.

La metodología representa, en ese sentido, una garantía de transparencia. Permite valorar si las decisiones tomadas fueron adecuadas para responder la pregunta de investigación y si el procedimiento se encuentra suficientemente documentado.

Gordillo Benavente y Vega Hernández (2024) enfatizan la necesidad de explicar la metodología empleada, los instrumentos utilizados y los procedimientos desarrollados. También destacan que cada revista establece lineamientos propios de presentación.

Este planteamiento coincide con las recomendaciones del Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas, que establece que la descripción metodológica debe ser suficientemente detallada para permitir que otros investigadores comprendan y evalúen cómo se realizó el estudio. Aunque sus recomendaciones están dirigidas principalmente a publicaciones biomédicas, ofrecen un referente útil para reflexionar sobre la transparencia metodológica en otros campos (International Committee of Medical Journal Editors [ICMJE], 2026).

Debe subrayarse que reproducibilidad y replicabilidad no significan que cualquier investigación pueda repetirse mecánicamente bajo cualquier circunstancia. En ciencias sociales y educativas, por ejemplo, las características de los contextos, los participantes y las relaciones humanas pueden modificar los resultados. Lo importante es documentar las decisiones y proporcionar información suficiente para que otros investigadores valoren el alcance y las condiciones del estudio.

Resultados y discusión: dos momentos diferentes del pensamiento científico

Presentar resultados no equivale a interpretarlos.

Un estudio puede encontrar que determinada proporción de estudiantes presenta dificultades de comprensión lectora. Ese dato constituye un hallazgo, pero no explica por sí mismo las causas del fenómeno, su relación con otras variables ni sus posibles consecuencias educativas.

Para avanzar hacia una interpretación es necesario contrastar los hallazgos con el marco conceptual, la pregunta de investigación y las evidencias disponibles.

López Vera (2021) propone tres procesos que ayudan a construir la discusión:

  1. Generalizar: identificar los resultados centrales y evitar que la presentación se disperse en hallazgos secundarios.

  2. Interpretar: explicar el significado de los resultados y relacionarlos con las preguntas, variables y antecedentes del estudio.

  3. Evaluar: valorar el alcance de los hallazgos, reconocer si se cumplieron las expectativas iniciales e identificar limitaciones.

La discusión científica no busca demostrar que el investigador siempre tuvo razón. Su valor también reside en reconocer resultados inesperados, discrepancias con investigaciones anteriores y posibles explicaciones alternativas.

Por esta razón, una hipótesis rechazada no convierte automáticamente una investigación en un fracaso. Un resultado diferente al esperado puede proporcionar información importante y abrir nuevas interrogantes.

La UNESCO (2021), mediante su Recomendación sobre la Ciencia Abierta, reconoce expresamente el valor de compartir resultados negativos o que no coinciden con las expectativas iniciales, así como los datos asociados a ellos. Esta perspectiva resulta importante para contrarrestar una cultura científica que puede privilegiar los resultados positivos y favorecer una visión incompleta de la producción de conocimiento.

La ciencia avanza tanto cuando confirma explicaciones como cuando descubre que necesita modificarlas.

4. Publicar: un proceso de evaluación, responsabilidad y diálogo científico

Una vez elaborado el artículo, aparece una decisión que puede determinar su trayectoria: seleccionar la revista apropiada.

López Vera (2021) insiste en que esta elección no debe realizarse al azar. El perfil temático, el público especializado, el alcance de difusión, los requisitos editoriales y el procedimiento de arbitraje deben corresponder con las características de la investigación.

No es suficiente identificar una revista que prometa publicar rápidamente o que exhiba indicadores bibliométricos atractivos. Es necesario examinar la legitimidad de su entidad editora, sus números anteriores, las políticas de publicación y las condiciones bajo las cuales evalúa los manuscritos.

El arbitraje por pares: someter las ideas al escrutinio de otros

Uno de los mecanismos centrales de validación editorial es la evaluación por pares académicos.

En términos generales, el proceso involucra al autor, al equipo editorial y a especialistas que examinan el manuscrito. Los evaluadores revisan aspectos como la pertinencia del problema, la fundamentación teórica, la consistencia metodológica, la presentación de resultados, la originalidad y la calidad argumentativa.

La evaluación puede conducir a diferentes decisiones: aceptación, aceptación condicionada a modificaciones o rechazo.

Es importante comprender que un dictamen desfavorable no necesariamente significa que la investigación carezca de valor. Puede indicar que el artículo no responde al perfil de la revista, que necesita modificaciones metodológicas o argumentativas, o que todavía no demuestra suficientemente su contribución.

En su descripción del proceso editorial, López Vera (2021) identifica etapas como el filtro de formato, el predictamen, la evaluación por pares, la emisión del dictamen, las revisiones posteriores y la integración del artículo a la publicación.

La utilidad del arbitraje no consiste en certificar que un artículo contiene una verdad definitiva. Su finalidad es someter las afirmaciones científicas a una evaluación especializada antes de su publicación.

Además, la discusión no concluye necesariamente cuando aparece el artículo. La crítica posterior, las correcciones y las retractaciones forman parte de los mecanismos mediante los cuales la comunidad científica revisa sus propios resultados.

El Comité de Ética en Publicaciones (COPE, s. f.) considera fundamentales la transparencia en la evaluación por pares, la gestión de conflictos de interés, la integridad de la autoría, la disponibilidad de datos, la supervisión ética y los mecanismos de corrección de publicaciones.

En consecuencia, evaluar científicamente no significa buscar errores para desacreditar a quien investiga. Significa examinar las evidencias y los argumentos para contribuir a la construcción de conocimiento más consistente.

¿Cómo identificar una revista académica confiable?

La expansión de las publicaciones digitales ha facilitado la difusión del conocimiento, pero también ha generado un entorno en el que conviven revistas legítimas con publicaciones de prácticas editoriales cuestionables.

Entre estas últimas se encuentran las denominadas revistas depredadoras, que pueden aparentar legitimidad académica, utilizar información engañosa sobre su indexación o prometer publicaciones sin una evaluación editorial rigurosa.

Gordillo Benavente y Vega Hernández (2024) advierten sobre la necesidad de verificar la existencia de las revistas en los catálogos correspondientes, comprobar sus procesos de arbitraje e identificar posibles sitios clonados o publicaciones depredadoras. También recomiendan utilizar la iniciativa internacional Think. Check. Submit. como herramienta de apoyo para identificar canales de publicación confiables.

En el contexto iberoamericano, Latindex constituye un recurso especialmente relevante. Su Catálogo 2.0 contempla 38 características de calidad editorial para revistas electrónicas, entre ellas la identificación de autorías, la transparencia del arbitraje, las políticas editoriales, la detección del plagio y la originalidad de los contenidos. Su metodología vigente consultada corresponde a la versión 8, publicada el 18 de junio de 2025 (Latindex, 2025).

Conviene precisar que aparecer en un directorio no equivale necesariamente a cumplir todos los estándares de calidad de un catálogo. Latindex diferencia expresamente entre el Directorio, que registra revistas, y el Catálogo 2.0, que identifica aquellas que satisfacen características específicas de calidad editorial.

Por tanto, antes de enviar un artículo conviene verificar:

  • La identidad y trayectoria de la institución editora.

  • La correspondencia temática entre el artículo y la revista.

  • La transparencia de las instrucciones para autores.

  • La existencia de un sistema de arbitraje claramente descrito.

  • La autenticidad de su registro en los índices o catálogos que declara.

  • Las políticas de ética, derechos de autor, conflictos de interés y cobros editoriales.

La publicación responsable requiere tomar decisiones informadas, no dejarse conducir exclusivamente por la promesa de reconocimiento académico.

5. El espejismo del factor de impacto: ¿publicar en una revista prestigiosa significa investigar mejor?

Uno de los aspectos que merece mayor reflexión es la relación entre prestigio editorial, reconocimiento académico y calidad científica.

Durante las últimas décadas, los indicadores bibliométricos han adquirido una presencia importante en los sistemas de evaluación de la investigación. El número de publicaciones, las citas recibidas y el posicionamiento de las revistas pueden influir en la valoración de investigadores, instituciones y programas académicos.

Sin embargo, es necesario distinguir entre medir la circulación de una publicación y evaluar la calidad de una investigación particular.

El factor de impacto es un indicador asociado a las citas recibidas por los artículos de una revista durante un periodo determinado. Su utilidad puede encontrarse en determinados análisis bibliométricos, pero presenta limitaciones cuando se utiliza para juzgar individualmente un artículo o a su autor.

La Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación (DORA, 2012) formuló una crítica directa a esta práctica: las métricas de una revista no deben utilizarse como sustituto de la evaluación de la calidad de los artículos individuales.

La razón es fundamental. Una revista puede tener un promedio elevado de citación y publicar artículos con niveles de contribución muy diferentes. Del mismo modo, un artículo de gran relevancia social o científica puede tener pocas citas, especialmente si pertenece a un campo especializado, aborda una problemática local o utiliza una lengua distinta del inglés.

DORA recomienda valorar los resultados de investigación por su contenido y reconocer también productos como conjuntos de datos y programas informáticos, además de considerar impactos cualitativos sobre las políticas y las prácticas profesionales (DORA, 2012).

DORA+1

Esta reflexión tiene especial relevancia para países latinoamericanos como México, donde las condiciones institucionales, presupuestarias y lingüísticas no son necesariamente equivalentes a las de los principales centros internacionales de producción científica.

El reconocimiento científico no debería depender exclusivamente de competir por aparecer en los mismos circuitos editoriales. También importa producir conocimiento pertinente para los problemas de nuestras comunidades, fortalecer las capacidades de investigación y desarrollar espacios de publicación que favorezcan el intercambio académico regional.

No se trata de renunciar a los estándares internacionales. Se trata de comprenderlos críticamente y evitar que los indicadores terminen sustituyendo el propósito fundamental de la investigación.

El prestigio de una revista puede facilitar la visibilidad de un trabajo, pero no sustituye la calidad de sus preguntas, métodos, evidencias y argumentos.

6. La ética de publicar: el conocimiento también requiere responsabilidad

La escritura científica no es solamente una competencia técnica. Es una práctica ética.

Cuando una persona publica una investigación, asume responsabilidades frente a los participantes, las instituciones, los lectores, los colaboradores y la comunidad científica.

Una de las transgresiones más conocidas es el plagio: presentar como propias las ideas o palabras de otros autores sin reconocer su procedencia. No obstante, la integridad académica comprende un conjunto más amplio de responsabilidades.

Entre ellas destacan la atribución adecuada de autoría, el reconocimiento de contribuciones, la declaración de conflictos de interés, la presentación honesta de los resultados, el respeto a la confidencialidad y el cuidado de los datos.

En los estudios con personas, estas obligaciones adquieren particular importancia. La difusión de resultados no puede justificar la exposición innecesaria de información que permita identificar participantes ni vulnerar su privacidad.

El COPE (s. f.) incorpora la autoría y las contribuciones, los conflictos de interés, la disponibilidad de datos, la supervisión ética, la propiedad intelectual y las correcciones posteriores a la publicación entre sus principales prácticas editoriales.

De esta manera, una investigación no se vuelve ética únicamente porque tenga referencias bibliográficas correctamente elaboradas. También necesita demostrar que fue desarrollada y comunicada bajo criterios de honestidad, transparencia y respeto.

La inteligencia artificial y los nuevos desafíos de la autoría científica

La incorporación de herramientas de inteligencia artificial generativa introduce nuevos desafíos en la producción académica.

Estas tecnologías pueden facilitar tareas de organización, corrección lingüística, exploración documental o análisis, pero también pueden producir referencias inexistentes, interpretaciones incorrectas o afirmaciones aparentemente convincentes que carecen de evidencia.

El problema no reside exclusivamente en utilizar tecnología, sino en delegar en ella responsabilidades intelectuales que corresponden al investigador.

La actualización de las recomendaciones del ICMJE publicada en enero de 2026 incorpora orientaciones específicas sobre el uso de inteligencia artificial por autores, revisores y editores, así como sobre la transparencia relacionada con el acceso a los datos de investigación (ICMJE, 2026).

Aunque estas recomendaciones se dirigen a revistas médicas, representan un referente pertinente para reflexionar sobre los desafíos que enfrenta la comunicación científica contemporánea.

La utilización responsable de inteligencia artificial requiere verificar las referencias, contrastar las afirmaciones con fuentes originales, declarar los usos cuando las políticas editoriales lo soliciten y mantener la responsabilidad humana sobre el contenido publicado.

Una herramienta puede apoyar la redacción, pero no sustituye la autoría intelectual ni la obligación de responder por los resultados.

7. Ciencia abierta: el conocimiento debe circular para generar nuevas posibilidades

La publicación científica enfrenta actualmente un desafío que trasciende los procedimientos editoriales: garantizar que el conocimiento producido pueda consultarse, examinarse, reutilizarse y aprovecharse en beneficio de la sociedad.

Durante mucho tiempo, una parte importante de la comunicación científica estuvo restringida por barreras económicas, institucionales, geográficas y lingüísticas. Aunque la digitalización amplió considerablemente las posibilidades de difusión, la disponibilidad de un artículo en internet no garantiza automáticamente que todas las personas puedan acceder a él o comprenderlo.

En este contexto, la ciencia abierta representa una transformación importante de las prácticas de investigación.

La UNESCO (2021), mediante su Recomendación sobre la Ciencia Abierta, plantea la necesidad de promover un sistema científico más accesible, transparente, colaborativo e inclusivo. Esta perspectiva comprende no solamente el acceso a las publicaciones, sino también el intercambio de datos, métodos, infraestructuras y conocimientos, así como la participación de diferentes sectores sociales en los procesos científicos.

La recomendación reconoce que la apertura y la posibilidad de someter el conocimiento a examen y crítica pueden contribuir a mejorar la calidad, la reproducibilidad y la confianza en la ciencia.

Esto permite ampliar nuestra comprensión de lo que significa publicar.

Publicar no debería limitarse a depositar un documento en una revista y esperar que otros investigadores lo citen. También implica crear condiciones para que los resultados puedan ser conocidos, discutidos y utilizados.

Por ejemplo, una investigación sobre contaminación del agua en una comunidad rural puede tener relevancia académica para especialistas en ciencias ambientales. Sin embargo, su contribución podría ampliarse cuando sus resultados se comunican también a las autoridades locales, las organizaciones comunitarias y la población que utiliza ese recurso.

El conocimiento adquiere otra dimensión cuando contribuye a comprender problemas concretos y orienta decisiones informadas.

Del artículo científico a la divulgación: comunicar sin distorsionar

Aquí conviene distinguir dos procesos que, aunque relacionados, tienen propósitos y públicos diferentes: la comunicación académica especializada y la divulgación científica.

La primera se dirige principalmente a comunidades disciplinares y busca presentar investigaciones con suficiente detalle para que sus procedimientos y conclusiones puedan ser examinados por especialistas.

La segunda busca acercar el conocimiento científico a públicos más amplios, utilizando estrategias narrativas, ejemplos, recursos visuales y explicaciones accesibles.

Esta diferencia no significa que la divulgación deba prescindir del rigor. Al contrario, exige una responsabilidad adicional: comprender profundamente aquello que se comunica para poder explicarlo sin deformarlo.

Un concepto especializado puede expresarse mediante un ejemplo cotidiano, pero es necesario conservar sus condiciones, alcances y limitaciones. Una correlación estadística, por ejemplo, no debe presentarse como prueba automática de causalidad. Una hipótesis tampoco puede comunicarse como si fuera un resultado definitivamente comprobado.

En este sentido, la divulgación necesita mantener tres compromisos fundamentales:

  1. Fidelidad científica: comunicar los hallazgos de acuerdo con lo que efectivamente muestran las evidencias.
  2. Accesibilidad conceptual: adaptar el lenguaje y los recursos explicativos sin trivializar los fenómenos.
  3. Responsabilidad social: explicar por qué el conocimiento importa y cuáles son sus implicaciones, evitando crear expectativas que los resultados no permiten sostener.

La divulgación tampoco consiste en traducir literalmente un artículo científico. Requiere una reconstrucción comunicativa que identifique qué aspectos del conocimiento son relevantes para la sociedad y cómo pueden explicarse sin perder precisión.

La publicación académica y la divulgación deben entenderse, por tanto, como componentes complementarios de un ecosistema de comunicación científica.

8. El investigador ante la sociedad: comunicar también es asumir una responsabilidad pública

La producción científica tiene una dimensión social que no siempre recibe la atención que merece.

Con frecuencia, los investigadores concentran sus esfuerzos en obtener resultados, presentar ponencias, publicar artículos y atender los requerimientos de evaluación institucional. Estas actividades son importantes, pero no agotan las posibilidades de contribución de la ciencia.

Una investigación puede alcanzar reconocimiento dentro de su disciplina y, al mismo tiempo, permanecer prácticamente desconocida para las personas que podrían beneficiarse de sus resultados.

Esta situación obliga a reconsiderar qué significa el impacto de una investigación.

No todos los aportes científicos producen resultados inmediatos ni todos pueden traducirse en innovaciones comerciales. En educación, ciencias sociales, humanidades y estudios ambientales, por ejemplo, las contribuciones pueden manifestarse mediante nuevas interpretaciones, propuestas de intervención, transformación de prácticas institucionales, construcción de políticas públicas o fortalecimiento de capacidades comunitarias.

La ciencia necesita publicaciones especializadas, pero también espacios de diálogo con la sociedad.

Desde esta perspectiva, el investigador no debería concebirse únicamente como un productor de documentos académicos. También es un mediador entre la generación de conocimiento y las posibilidades de utilizarlo para comprender y transformar la realidad.

En México, este desafío adquiere especial relevancia debido a la diversidad de problemáticas sociales, educativas, ambientales, económicas y culturales que requieren investigación contextualizada.

Las universidades, particularmente las instituciones públicas, tienen una responsabilidad importante en la formación de investigadores capaces de producir conocimiento y comunicarlo a diferentes audiencias.

Esto supone fortalecer las competencias de lectura crítica, escritura académica, análisis metodológico, integridad científica y divulgación.

También requiere reconocer que publicar no es una actividad improvisada. Como muestran las dos obras analizadas, necesita formación, acompañamiento, planificación y una cultura institucional que valore la investigación más allá del cumplimiento administrativo.

La escritura como competencia que se construye

Gordillo Benavente y Vega Hernández (2024) insisten en que la escritura científica requiere práctica constante, lectura crítica y revisión cuidadosa. Esta observación permite cuestionar la idea de que escribir artículos académicos constituye una habilidad reservada a personas excepcionalmente talentosas.

La escritura científica puede desarrollarse mediante procesos formativos y ejercicios sistemáticos.

En este sentido, la lectura de artículos publicados representa una estrategia importante para reconocer estructuras argumentativas, identificar formas de presentar evidencias y comprender cómo los autores dialogan con las investigaciones anteriores.

Asimismo, López Vera (2021) propone revisar los borradores desde cinco propiedades textuales: adecuación, coherencia, cohesión, corrección gramatical y disposición espacial.

La autora recomienda asumir diferentes perspectivas durante la revisión: la del autor, la del lector, la del editor y la del evaluador. Esta estrategia permite reconocer problemas que pueden pasar inadvertidos cuando quien escribe se concentra exclusivamente en comunicar sus propias ideas.

La escritura académica es, en consecuencia, un proceso de construcción y reconstrucción. Un primer borrador no constituye una obra terminada; es una versión susceptible de revisión, discusión y perfeccionamiento.

9. Del proyecto al manuscrito: la importancia de planificar la escritura científica

Uno de los aspectos menos visibles de la producción científica es el trabajo que ocurre antes de que un artículo llegue a su versión definitiva. Con frecuencia, se piensa que escribir consiste en sentarse frente a una computadora y desarrollar progresivamente las ideas. Sin embargo, la elaboración de un manuscrito académico requiere planificación, organización de evidencias, delimitación de contenidos y administración del tiempo.

López Vera (2021) recupera la importancia del plan de escritura como una herramienta para organizar las diferentes etapas de producción textual. Su propuesta considera tres elementos: las fases de escritura, los productos parciales que se elaborarán y los instrumentos que permitirán desarrollar cada apartado.

Esta perspectiva introduce una cuestión relevante: un artículo científico no necesariamente debe escribirse en el mismo orden en el que será leído.

Por ejemplo, aunque la introducción aparece al principio de un manuscrito, su redacción definitiva puede realizarse cuando ya se conocen con mayor precisión los resultados y las conclusiones. De esta manera, el investigador puede construir una presentación del problema que corresponda realmente con el contenido desarrollado, evitando prometer alcances que el estudio no logró cubrir.

La autora recomienda comenzar por apartados predominantemente descriptivos, como la metodología y los resultados, para posteriormente trabajar la discusión, que exige mayor elaboración argumentativa (López Vera, 2021).

Este procedimiento no debe interpretarse como una regla universal. La secuencia dependerá de la naturaleza de la investigación, la disciplina y las características de la revista. No obstante, constituye una alternativa particularmente útil para investigadores que encuentran dificultades al iniciar la escritura.

Un plan de trabajo puede considerar las siguientes actividades:

Etapa

Producto esperado

Propósito

Organización documental

Matriz de literatura

Identificar antecedentes y vacíos de conocimiento

Delimitación

Pregunta y argumento central

Establecer qué busca demostrar el artículo

Desarrollo metodológico

Borrador de métodos

Documentar cómo se realizó el estudio

Organización de evidencias

Tablas, figuras y resultados

Presentar los principales hallazgos

Interpretación

Borrador de discusión

Contrastar hallazgos con investigaciones anteriores

Integración

Introducción y conclusiones

Dar coherencia al manuscrito completo

Revisión editorial

Versión final

Ajustar contenido y presentación a la revista

La planificación también permite prevenir un problema habitual: dedicar demasiado tiempo a recopilar información y posponer indefinidamente la escritura.

Investigar exige leer, pero también requiere producir documentos que permitan organizar y comunicar aquello que se está comprendiendo.

En este sentido, escribir no debería ser una actividad reservada para el final del proceso investigativo. Conviene considerarla una práctica transversal que acompañe el desarrollo del proyecto, desde las primeras notas de lectura hasta la interpretación final de los hallazgos.

10. El aparato crítico: aprender a dialogar con otros investigadores

Una investigación no se construye de manera aislada. Cada explicación científica se relaciona con conocimientos anteriores, debates disciplinares, hallazgos acumulados y perspectivas que pueden coincidir o entrar en contradicción.

Por ello, las referencias bibliográficas no deben entenderse como elementos ornamentales destinados a demostrar que el investigador ha consultado numerosos documentos.

Su función es proporcionar sustento a los argumentos y permitir que el lector identifique las fuentes de las ideas utilizadas.

En este contexto, López Vera (2021) desarrolla una propuesta particularmente interesante para fortalecer el aparato crítico: un esquema de seis pasos destinado a integrar las aportaciones de otros autores en la argumentación del artículo.

La propuesta puede comprenderse mediante los siguientes momentos:

Primero. Presentar al autor o la fuente.

Consiste en identificar la aportación que será incorporada al argumento. La contextualización puede incluir la perspectiva del investigador citado, el año de publicación, el contexto de su estudio o la institución que respalda la información.

Segundo. Introducir la aportación mediante un verbo adecuado.

Los verbos que acompañan una referencia pueden expresar diferentes relaciones con las ideas de otros investigadores. No es exactamente lo mismo señalar que un autor menciona algo que afirmar que demuestra, cuestiona, propone o evidencia determinada situación.

Tercero. Incorporar la cita textual cuando sea necesaria.

La reproducción de las palabras originales debe justificar su presencia y cumplir las reglas de citación correspondientes. La cita no debe sustituir el desarrollo del razonamiento propio.

Cuarto. Elaborar una paráfrasis.

El investigador explica con sus propias palabras aquello que ha comprendido de la aportación consultada. La intención es demostrar que existe una apropiación intelectual de la idea y no una reproducción superficial del contenido.

Quinto. Desarrollar una postura crítica.

Es el momento de comparar, complementar, actualizar, puntualizar o incluso contraponer la información presentada, siempre desde argumentos sustentados y con respeto hacia las aportaciones anteriores.

Sexto. Formular una propuesta cuando corresponda.

La discusión puede conducir a una alternativa, una interpretación complementaria o una nueva posibilidad de investigación.

Esta secuencia es orientativa y puede adaptarse a las necesidades de cada artículo. En las referencias indirectas, por ejemplo, no es necesario incorporar una cita textual, pero sí construir una explicación e interpretación de la idea recuperada (López Vera, 2021).

Libro-Guía-para-la-produccion-de-artículos-académicos.pdf

Un ejemplo aplicado al ámbito educativo

Supongamos que se está elaborando un artículo sobre la importancia de las habilidades socioemocionales docentes en la educación media superior.

Una revisión bibliográfica puede identificar investigaciones que relacionan la regulación emocional con el bienestar profesional y las relaciones pedagógicas.

Una redacción meramente descriptiva podría limitarse a señalar que determinados autores han investigado la inteligencia emocional y que sus resultados muestran asociaciones con diferentes dimensiones del comportamiento humano.

Sin embargo, una construcción argumentativa más elaborada tendría que preguntarse:

  • ¿Qué aspectos de esas investigaciones son aplicables al profesorado de educación media superior?

  • ¿Qué diferencias existen entre los contextos estudiados?

  • ¿Qué variables no han sido suficientemente consideradas?

  • ¿Qué aportaciones puede ofrecer un estudio desarrollado en una institución mexicana?

La investigación comienza a construir su contribución cuando logra identificar esas relaciones y explicar por qué su perspectiva resulta pertinente.

De esta manera, el aparato crítico deja de ser una recopilación de referencias y se convierte en un espacio de discusión científica.

La calidad de una investigación también puede reconocerse en su capacidad para dialogar con lo que otros han descubierto, sin renunciar a construir una perspectiva propia.

11. La revisión del manuscrito: escribir, leer y volver a pensar

Una vez concluido el primer borrador, comienza una fase que puede determinar buena parte de la calidad final del artículo: la revisión.

En este momento, el investigador debe distanciarse temporalmente de su posición como autor y adoptar una actitud crítica frente a sus propias decisiones.

López Vera (2021) propone cinco propiedades textuales para examinar el manuscrito:

  1. Adecuación: utilización de un registro lingüístico pertinente para el público y el propósito de la publicación.

  2. Coherencia: organización lógica de las ideas y correspondencia entre el contenido y la pregunta de investigación.

  3. Cohesión: articulación de oraciones y párrafos mediante conectores y recursos lingüísticos apropiados.

  4. Aspectos gramaticales: revisión de concordancia, puntuación, ortografía y tiempos verbales.

  5. Disposición espacial: organización visual del documento, incluyendo títulos, subtítulos, márgenes y distribución de párrafos.

Estas propiedades muestran que la revisión no puede reducirse a corregir errores ortográficos. También es necesario examinar si cada apartado cumple su propósito y si existe continuidad argumentativa a lo largo del artículo.

Gordillo Benavente y Vega Hernández (2024) coinciden en la importancia de leer reiteradamente el documento, revisar su organización y solicitar la colaboración de otras personas para comprobar que las ideas se entienden correctamente.

Esta recomendación es particularmente importante porque quien escribe conoce anticipadamente lo que desea comunicar. Por ello, puede pasar por alto vacíos argumentativos o explicaciones insuficientes que resultan evidentes para una persona que lee el manuscrito por primera vez.

La revisión externa permite identificar, entre otras situaciones:

  • Argumentos que no cuentan con suficiente respaldo documental.

  • Citas que aparecen desconectadas del razonamiento.

  • Resultados que no responden directamente a los objetivos.

  • Conclusiones que exceden las evidencias obtenidas.

  • Párrafos extensos que dificultan la comprensión.

  • Conceptos que necesitan mayor precisión.

En esta etapa resulta conveniente adoptar tres perspectivas complementarias.

La perspectiva del lector: ¿se comprende el problema que se pretende abordar?

La perspectiva del editor: ¿el manuscrito responde a las características y requisitos de la revista?

La perspectiva del evaluador: ¿las afirmaciones están suficientemente justificadas por la metodología y las evidencias?

López Vera (2021) recomienda precisamente que el autor aprenda a revisar su trabajo desde estos diferentes roles y promueva la lectura de colegas como estrategia de coevaluación.

La revisión se convierte así en una actividad intelectual que permite reconocer las limitaciones del propio trabajo y mejorar su consistencia.

La revisión también es una forma de humildad científica

Existe una dimensión formativa que merece destacarse.

Aceptar que un artículo necesita modificaciones no representa necesariamente una señal de incompetencia. Por el contrario, supone reconocer que las ideas propias pueden beneficiarse de otras perspectivas.

La escritura científica requiere una disposición permanente para revisar, modificar y, cuando sea necesario, abandonar planteamientos iniciales que no encuentran respaldo suficiente.

Esta actitud constituye una de las condiciones fundamentales del pensamiento científico: la disposición a someter nuestras explicaciones a la crítica.

12. El título, el resumen y las palabras clave: la puerta de entrada al conocimiento

Aunque los apartados iniciales de un artículo suelen llamar la atención por su ubicación, su elaboración definitiva requiere conocer primero el contenido completo del manuscrito.

López Vera (2021) explica que el título, el resumen y las palabras clave cumplen funciones de identificación y visibilidad en los entornos digitales.

No son elementos secundarios. Representan el primer contacto de muchos lectores con una investigación y contribuyen a que pueda localizarse en buscadores y plataformas académicas.

El resumen debe ofrecer una representación sintética del artículo, incorporando los componentes fundamentales del problema, la metodología, los hallazgos y las conclusiones.

Por su parte, las palabras clave identifican los conceptos centrales de la investigación y facilitan su recuperación mediante sistemas de búsqueda.

La autora plantea como orientación seleccionar entre tres y cinco conceptos clave, así como procurar que el título sea breve, específico y coherente con el argumento central. También recomienda redactar estos elementos una vez concluido el borrador (López Vera, 2021).

Este planteamiento obliga a reflexionar sobre un aspecto importante: la visibilidad científica no depende exclusivamente de que el artículo se encuentre publicado.

Una investigación puede ser rigurosa y relevante, pero si su título es ambiguo, su resumen no comunica claramente los hallazgos o sus palabras clave no representan el contenido, será más difícil que los lectores interesados la identifiquen.

Imaginemos un artículo que presenta una investigación sobre las condiciones socioemocionales del profesorado de educación media superior.

Un título demasiado general, como «La educación y sus problemas», no permite identificar con claridad el objeto de estudio.

En cambio, una formulación como «Habilidades socioemocionales docentes en educación media superior: un estudio sobre percepción y regulación emocional» proporciona una orientación temática mucho más precisa.

El segundo título permite reconocer el campo disciplinar, el fenómeno investigado y algunas de las dimensiones centrales del trabajo.

En este sentido, escribir para la ciencia también significa aprender a sintetizar sin perder precisión.

La capacidad de comunicar una investigación en pocas palabras representa una competencia intelectual que exige comprender profundamente el contenido que se desea transmitir.

13. La publicación científica como proceso colectivo: del investigador individual a la comunidad académica

Las obras analizadas permiten reconocer que la producción científica no depende únicamente de las capacidades individuales de quien investiga.

López Vera (2021) destaca la participación del autor, el editor y los evaluadores en el proceso editorial. Por su parte, Rodríguez Castañón y Neri Guzmán (2024) presentan una obra elaborada por especialistas de diferentes instituciones y disciplinas, sometida a evaluación por pares bajo la modalidad de doble ciego.

Estos elementos permiten comprender que la ciencia necesita estructuras colectivas para producir, revisar y difundir conocimiento.

La participación de diferentes actores cumple funciones complementarias: los investigadores formulan preguntas y desarrollan estudios; los editores organizan los procesos de evaluación y publicación; los dictaminadores examinan la consistencia de los trabajos; y los lectores incorporan, cuestionan o utilizan las aportaciones en nuevas investigaciones.

Esta dinámica permite entender por qué la publicación científica no debería concebirse como una competencia individual por acumular productos académicos.

La ciencia requiere comunidades capaces de compartir conocimientos, formar nuevos investigadores y reconocer las contribuciones de diferentes disciplinas e instituciones.

También necesita espacios editoriales que permitan desarrollar publicaciones en español y fortalecer la circulación del conocimiento producido en América Latina.

La colaboración entre universidades, centros de investigación, revistas científicas y organismos públicos puede contribuir a que la investigación responda de manera más pertinente a las necesidades de las sociedades donde se desarrolla.

En este sentido, la formación de nuevos investigadores no debería limitarse a enseñarles a elaborar proyectos o aplicar instrumentos. También debe proporcionarles oportunidades para desarrollar habilidades de lectura académica, escritura científica, discusión argumentativa y comunicación pública.

Una comunidad científica sólida no se construye únicamente mediante la cantidad de artículos publicados, sino también mediante las condiciones que permiten producir conocimiento confiable, evaluarlo y compartirlo.

Conclusiones: publicar ciencia es construir conocimiento compartido

La escritura científica representa mucho más que la elaboración de un documento destinado a cumplir con determinados requisitos académicos o editoriales. A lo largo de este recorrido hemos podido reconocer que publicar una investigación constituye un proceso intelectual, metodológico, comunicativo y ético que comienza mucho antes de redactar la primera página y continúa después de que el artículo aparece en una revista. Investigar implica formular preguntas, reconocer problemas, revisar el conocimiento disponible, construir una estrategia metodológica, producir evidencia, analizar resultados y elaborar interpretaciones. Escribir permite articular esas operaciones y hacerlas comprensibles, examinables y discutibles por otros.

Desde esta perspectiva, uno de los aprendizajes fundamentales consiste en comprender que la calidad de un artículo no depende exclusivamente de la relevancia del tema o de la cantidad de información que contiene. También requiere una relación coherente entre el problema de investigación, los objetivos, el sustento teórico, la metodología, los resultados, la discusión y las conclusiones. Cada apartado cumple una función específica, pero ninguno debería entenderse como una pieza aislada. La solidez del manuscrito se encuentra precisamente en la articulación de sus componentes y en la capacidad del investigador para construir un argumento sustentado en evidencia.

Los apartados dedicados a la planificación de la escritura y a la construcción del aparato crítico permiten reconocer que un artículo sólido no surge de la improvisación. Requiere organizar el trabajo, identificar la revista a la que se dirige, conocer sus lineamientos editoriales y establecer una estrategia de redacción. Asimismo, las referencias bibliográficas deben incorporarse como parte del razonamiento y no como elementos decorativos. Dialogar con otros investigadores significa reconocer sus aportaciones, contrastar perspectivas, identificar coincidencias y diferencias, y explicar cómo el estudio propio se relaciona con el conocimiento existente. Citar no sustituye el pensamiento del investigador: le proporciona interlocutores y fundamentos para desarrollar una postura propia.

De igual manera, la revisión del manuscrito debe asumirse como una etapa sustantiva de la investigación. Revisar implica examinar la adecuación del texto a sus destinatarios, la coherencia de sus argumentos, la cohesión entre párrafos, la precisión gramatical y la organización de la información. También significa adoptar la perspectiva de un lector externo, capaz de identificar vacíos, ambigüedades o afirmaciones que necesitan mayor sustento. En este proceso, el título, el resumen y las palabras clave adquieren una importancia estratégica: sintetizan la identidad del trabajo, orientan su interpretación y facilitan que otros lectores puedan localizarlo. La presentación formal no es un añadido superficial, sino una dimensión de la comunicación científica.

Sin embargo, escribir y revisar adecuadamente no garantizan por sí mismos la publicación. La selección de una revista pertinente, el cumplimiento de sus criterios editoriales y la evaluación por pares forman parte de un proceso en el que intervienen autores, revisores y equipos editoriales. Un dictamen desfavorable no necesariamente invalida la investigación; puede señalar problemas de pertinencia, estructura, argumentación o desarrollo metodológico que deben atenderse. Del mismo modo, un artículo publicado no constituye una verdad definitiva. Sus planteamientos permanecen abiertos a la crítica, la contrastación, la replicación y la reinterpretación. Esta posibilidad de revisión permanente no debilita a la ciencia: constituye una de las condiciones que permiten su desarrollo.

Todo este proceso exige, además, una responsabilidad ética que atraviesa cada decisión del investigador. Reconocer la autoría de las ideas, citar fuentes verificables, representar fielmente los resultados, declarar posibles conflictos de interés, respetar la confidencialidad y admitir las limitaciones del estudio son prácticas indispensables para preservar la integridad científica. La calidad de una publicación tampoco debería reducirse a la revista en la que aparece o a sus indicadores bibliométricos. La evaluación responsable requiere considerar el contenido, la pertinencia, la transparencia, la contribución y las posibilidades de uso del conocimiento producido.

Finalmente, la publicación no debería representar el punto de llegada de la investigación. El conocimiento adquiere nuevas posibilidades cuando circula, se discute y puede ser comprendido por públicos distintos de la comunidad especializada. En este sentido, la divulgación científica constituye una responsabilidad complementaria: acercar los resultados a la sociedad mediante un lenguaje accesible, sin distorsionar la evidencia ni exagerar sus alcances. La ciencia abierta, la colaboración y la comunicación pública amplían las oportunidades para que el conocimiento contribuya a comprender y atender problemas sociales, educativos, ambientales, tecnológicos y culturales.

Por ello, el desafío no consiste solamente en aprender a escribir artículos que puedan ser aceptados por una revista. Consiste en desarrollar la capacidad de producir textos rigurosos, transparentes, argumentados y socialmente significativos. La investigación genera preguntas y evidencia; la escritura organiza el pensamiento; la revisión fortalece los argumentos; la publicación los incorpora a una conversación científica; y la divulgación abre posibilidades para compartirlos con la sociedad.

En última instancia, publicar ciencia no es solamente escribir: es asumir la responsabilidad de transformar una investigación en conocimiento que pueda ser examinado, cuestionado, aprovechado y compartido. Porque la ciencia no se construye únicamente con quienes investigan y publican, sino también con quienes leen, discuten, enseñan y utilizan sus aportaciones.

La ciencia se construye con evidencia, se fortalece con crítica y adquiere sentido social cuando el conocimiento puede compartirse.


Referencias

Comité de Ética en Publicaciones. (s. f.). Core practices. Committee on Publication Ethics. https://publicationethics.org/core-practices

Gordillo Benavente, L. de J., & Vega Hernández, C. (2024). Escritura y comunicación científica: Fundamentos y estrategias para publicar en revistas de alto impacto. En C. A. Rodríguez Castañón & J. C. Neri Guzmán (Coords.), Metodología de la investigación: Recomendaciones prácticas por científicos mexicanos (pp. 143–155). FIDSO.

International Committee of Medical Journal Editors. (2026, enero). Recommendations for the conduct, reporting, editing, and publication of scholarly work in medical journals. https://www.icmje.org/recommendations/

Juárez Moreno, M. (2024). ¿Cómo redacto el planteamiento de mi investigación? En C. A. Rodríguez Castañón & J. C. Neri Guzmán (Coords.), Metodología de la investigación: Recomendaciones prácticas por científicos mexicanos (pp. 13–21). FIDSO.

Latindex. (2025, 18 de junio). Metodología del Catálogo 2.0 (Versión 8). https://www.latindex.org/latindex/postulacion/postulacionCatalogo

López Vera, E. E. (2021). Guía para la producción de artículos académicos con fines de publicación. Universidad Veracruzana. https://www.uv.mx/bdh/general/guia-para-la-produccion-de-articulos-academicos-con-fines-de-publicacion/

San Francisco Declaration on Research Assessment. (2012, 16 de diciembre). Declaración de San Francisco sobre la evaluación de la investigación. https://sfdora.org/read/read-the-declaration-espanol/

Sollaci, L. B., & Pereira, M. G. (2004). The introduction, methods, results, and discussion (IMRAD) structure: A fifty-year survey. Journal of the Medical Library Association, 92(3), 364–367. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/15243643/

UNESCO. (2021, 23 de noviembre). Recomendación sobre la Ciencia Abierta. https://www.unesco.org/es/legal-affairs/recommendation-open-science


lunes, 28 de septiembre de 2026

Investigar para comprender, comprender para transformar: el sentido profundo de la investigación educativa

 





Cuando investigar deja de ser un requisito académico y se convierte en una forma de transformar la realidad

Hay una escena que se repite en muchas instituciones educativas: un problema aparece, se comenta en reuniones, se identifica informalmente y, después de algún tiempo, termina convertido en una preocupación cotidiana. Bajo rendimiento, abandono escolar, dificultades de convivencia, problemas de motivación, prácticas docentes que ya no responden a las necesidades del alumnado o decisiones institucionales tomadas con información fragmentaria.

Con frecuencia se intenta solucionar aquello que todavía no se ha comprendido suficientemente.

Aquí comienza una de las preguntas más importantes de la investigación educativa: ¿Qué significa realmente investigar un problema educativo?

La respuesta no consiste únicamente en aplicar cuestionarios, calcular porcentajes, entrevistar personas o redactar un informe. Investigar supone construir conocimiento sistemático acerca de una realidad, reconocer su complejidad, identificar relaciones entre sus componentes y, cuando el propósito lo demanda, utilizar ese conocimiento para intervenir sobre ella.

Esta perspectiva constituye uno de los ejes centrales de Fundamentos de Investigación Educativa, de José Wilson Gómez-Cumpa, Isidoro Benites Morales y Miguel Hugo Ramos Bazán (2005). La obra plantea una concepción de la investigación educativa vinculada con la comprensión crítica de la realidad y con su transformación. No se trata, por tanto, de observar la escuela desde una distancia absoluta, sino de comprenderla desde sus actores, sus problemas, su historia y sus condiciones concretas.
Y esta idea conserva una enorme vigencia.

La investigación educativa comienza donde termina la intuición

En educación, casi todos tenemos explicaciones.

“Los estudiantes ya no leen”.

“Los jóvenes no tienen interés”.

“Los docentes están saturados”.

“Las familias no participan”.

“El problema es la tecnología”.

“El problema es la falta de disciplina”.

“El problema es el sistema”.

Algunas de estas afirmaciones pueden contener elementos de verdad. El problema aparece cuando una interpretación se convierte en explicación definitiva sin haber sido investigada.

La investigación comienza precisamente cuando somos capaces de transformar una preocupación en una pregunta susceptible de ser estudiada.

Gómez-Cumpa et al. (2005) colocan el diagnóstico situacional educativo como una herramienta fundamental para identificar, formular, priorizar y analizar problemas dentro de un contexto determinado. Esto implica reconocer que un problema educativo no existe aislado: afecta a determinados sujetos, ocurre en determinadas condiciones y está relacionado con causas, consecuencias, relaciones y estructuras específicas.
Esto cambia radicalmente la manera de mirar la escuela.

No es lo mismo preguntar:

“¿Por qué los estudiantes tienen bajo rendimiento?”

que preguntar:

“¿Qué factores académicos, socioemocionales, familiares, institucionales y pedagógicos se relacionan con el rendimiento académico de determinados estudiantes en un contexto educativo específico?”

La segunda pregunta no necesariamente es mejor por ser más larga. Es mejor porque delimita el objeto de conocimiento.

Investigar significa aprender a preguntar.

Del problema cotidiano al objeto de investigación

Uno de los aportes metodológicos más interesantes del texto de Gómez-Cumpa y colaboradores consiste en mostrar que el problema de investigación no debe confundirse con una simple dificultad práctica.

Un problema puede ser experimentado por una comunidad, pero para convertirse en problema científico necesita ser delimitado, contextualizado y formulado conceptualmente. La obra relaciona elementos como problema, objeto, objetivo, campo de acción y tareas de investigación, mostrando que estos componentes deben guardar coherencia interna.

Esta distinción es esencial.

Imaginemos una escuela donde se observa un incremento del ausentismo.

El ausentismo es un fenómeno observable.

Pero todavía no sabemos cuál es el problema científico.

Podrían existir múltiples explicaciones:

  • dificultades económicas;
  • necesidad de incorporarse al trabajo;
  • problemas familiares;
  • desmotivación académica;
  • experiencias de violencia;
  • problemas de transporte;
  • horarios poco compatibles;
  • dificultades de aprendizaje;
  • salud física o emocional;
  • percepción negativa de la escuela;
  • prácticas institucionales;
  • o una combinación de varios factores.

Por eso, investigar no consiste en encontrar rápidamente “la causa”.

Consiste en construir evidencia suficiente para distinguir entre explicaciones posibles.

Esta es una de las diferencias fundamentales entre la opinión y el conocimiento científico.

El árbol del problema: aprender a mirar más allá del síntoma

Una de las herramientas propuestas por Gómez-Cumpa et al. (2005) es el árbol del problema, mediante el cual se representa una situación negativa central y se exploran sus relaciones causales y sus consecuencias. La herramienta también obliga a considerar el contexto, los actores involucrados y las estructuras de poder que pueden intervenir en la situación.

Su valor no está únicamente en elaborar un esquema visual.

Su verdadera utilidad está en obligarnos a preguntar:

¿Lo que estoy observando es realmente el problema o solamente una manifestación del problema?

Un estudiante que llega tarde puede estar expresando un problema de transporte.

Pero también puede estar evitando una clase.

O puede estar trabajando.

O puede tener responsabilidades familiares.

O puede experimentar dificultades de sueño.

O puede estar atravesando una situación que la escuela desconoce.

El mismo comportamiento puede tener explicaciones diferentes.

Por ello, una investigación responsable evita convertir inmediatamente una conducta observable en una explicación psicológica, pedagógica o social.

Primero pregunta.

Después recoge evidencia.

Posteriormente interpreta.

Y finalmente contrasta.


Investigar desde dentro de la realidad educativa

Uno de los planteamientos más significativos de la perspectiva crítico-propositiva desarrollada por Gómez-Cumpa et al. es la idea de investigar la realidad educativa desde dentro de ella, reconociendo la relación entre conocimiento, práctica y transformación.

Esto introduce una cuestión epistemológica profunda:

¿Quién tiene derecho a producir conocimiento sobre la educación?

Durante mucho tiempo, la investigación educativa se imaginó como una actividad realizada principalmente por especialistas externos que observaban a profesores y estudiantes.

Sin embargo, el docente también posee un conocimiento situado.

Conoce el aula.

Conoce las dinámicas del grupo.

Reconoce cambios que quizá no aparecen inmediatamente en una base de datos.

Observa comportamientos recurrentes.

Formula hipótesis cotidianamente.

Evalúa resultados.

Modifica estrategias.

Y aprende de la experiencia.

Esto no significa que la experiencia docente sea automáticamente conocimiento científico.

Significa algo más interesante: la experiencia puede convertirse en una fuente legítima de preguntas de investigación cuando se somete a procedimientos sistemáticos de indagación.

La investigación del profesor, por tanto, no debe confundirse con una simple reflexión personal.

Reflexionar es importante.

Investigar exige algo adicional:

hacer explícitas las preguntas, producir evidencia, justificar las decisiones metodológicas, analizar los datos y someter las interpretaciones a contraste.

Una revisión sistemática sobre docentes como evaluadores encontró precisamente que las expectativas sobre las competencias de investigación y evaluación de los profesores han aumentado, pero que todavía existe poca evidencia sobre las estrategias más eficaces para desarrollar esas capacidades.

El docente investigador: entre la práctica y la evidencia

La figura del docente investigador adquiere aquí un significado particularmente relevante.

No se trata de convertir a cada profesor en un investigador profesional a tiempo completo.

Se trata de desarrollar una disposición intelectual:

no aceptar automáticamente que sabemos por qué ocurre algo solamente porque lo hemos observado muchas veces.

Un docente investigador puede preguntarse:

  • ¿Qué evidencia tengo?
  • ¿De dónde procede?
  • ¿Cómo fue obtenida?
  • ¿A quién representa?
  • ¿Qué otras explicaciones son posibles?
  • ¿Qué variables podrían estar interviniendo?
  • ¿Qué sesgos pueden existir?
  • ¿Qué información todavía desconozco?
  • ¿Qué cambiaría si mi hipótesis fuera incorrecta?

Estas preguntas introducen una cultura de pensamiento científico dentro de la práctica educativa.

Y esto es particularmente importante porque la educación está llena de afirmaciones plausibles que no necesariamente cuentan con suficiente evidencia.

La intuición puede generar una hipótesis.

No puede sustituir a la evidencia.

¿Cuantitativo o cualitativo? Una falsa oposición

Otro problema frecuente consiste en convertir los métodos cuantitativos y cualitativos en posiciones enfrentadas.

Desde la perspectiva presentada por Gómez-Cumpa et al. (2005), la elección metodológica debe relacionarse con la naturaleza del objeto de estudio. Su propuesta integradora reconoce aportaciones de distintas perspectivas epistemológicas y metodológicas.

Esto permite superar una falsa dicotomía.

Los números pueden decirnos cuánto ocurre un fenómeno.

Las aproximaciones cualitativas pueden ayudarnos a comprender cómo se experimenta, cómo se interpreta y en qué contexto ocurre.

Por ejemplo, una encuesta podría mostrar que una proporción determinada de estudiantes reporta ansiedad académica.

Pero una entrevista podría ayudar a comprender:

  • qué situaciones desencadenan esa experiencia;
  • cómo la interpretan los estudiantes;
  • qué estrategias utilizan;
  • qué papel desempeñan docentes y compañeros;
  • qué significado atribuyen al rendimiento;
  • y qué condiciones institucionales forman parte de la experiencia.

Los dos tipos de información pueden responder preguntas diferentes.

La cuestión metodológica no debería ser:

“¿Cuál método es mejor?”

Sino:

“¿Qué método o combinación de métodos permite responder de manera más rigurosa la pregunta que hemos formulado?”

La investigación contemporánea sobre métodos mixtos refuerza esta idea. Una revisión sistemática de 119 estudios educativos encontró que la integración entre datos cualitativos y cuantitativos constituye un elemento central de la calidad de los diseños mixtos; entre las estrategias identificadas aparecen la formulación de preguntas mixtas, el muestreo apropiado y diferentes procedimientos para integrar los datos durante el análisis.

Por tanto, mezclar métodos no significa simplemente sumar una encuesta y unas entrevistas.

La integración debe estar pensada desde la pregunta de investigación.

La investigación no termina cuando obtenemos datos

Existe otra confusión frecuente: pensar que una investigación concluye cuando tenemos resultados.

En realidad, ahí comienza una de las etapas intelectualmente más exigentes.

Los datos no hablan por sí mismos.

Necesitan interpretación.

Una tabla puede mostrar que determinada variable tiene mayor frecuencia que otra. Pero todavía debemos preguntarnos qué significa esa diferencia, cuáles son sus límites y qué explicaciones alternativas pueden existir.

La investigación educativa requiere pasar de:

dato → interpretación → explicación → implicación.

Y cada transición debe estar justificada.

Aquí aparece una distinción fundamental entre resultado y conocimiento.

Un resultado es aquello que encontramos.

El conocimiento surge cuando podemos explicar qué significa ese resultado dentro de un marco conceptual y contextual determinado.

Por eso, el rigor no depende únicamente del tamaño de una muestra, del número de gráficas o de la sofisticación estadística.

Depende también de la coherencia entre:

pregunta → teoría → método → datos → análisis → interpretación → conclusión.

La ciencia educativa necesita diálogo con la práctica

El problema no está únicamente en producir investigación.

También está en conseguir que el conocimiento producido pueda utilizarse de manera pertinente.

La OCDE ha documentado que, aunque existe una importante producción de investigación educativa, su utilización sistemática en políticas y prácticas continúa siendo un desafío. Entre las barreras aparecen el tiempo disponible para acceder a la investigación, la ausencia de estructuras adecuadas y problemas de accesibilidad o formatos poco útiles para los usuarios.

Esto plantea una paradoja:

podemos tener más investigación y, al mismo tiempo, no necesariamente tener más decisiones educativas informadas por investigación.

El problema, entonces, no es únicamente producir conocimiento.

También necesitamos aprender a leerlo, evaluarlo, interpretarlo y utilizarlo responsablemente.

La OCDE ha planteado además que utilizar bien la investigación no consiste únicamente en determinar qué evidencia existe, sino en comprender qué significa emplearla con calidad en contextos educativos concretos.

Esto resulta fundamental.

Una intervención que funciona en determinado contexto no necesariamente producirá idénticos resultados en otro.

La evidencia científica no es una receta universal.

Es conocimiento condicionado por:

  • población;
  • contexto;
  • diseño;
  • implementación;
  • recursos;
  • características institucionales;
  • temporalidad;
  • y condiciones sociales.
Del conocimiento a la transformación

La propuesta crítico-propositiva de Gómez-Cumpa et al. introduce una idea especialmente poderosa: la práctica no solamente es un espacio donde se aplican conocimientos; también puede constituirse en fuente, criterio y finalidad del conocimiento. Su planteamiento describe un movimiento que parte de la realidad, construye conocimiento, desarrolla propuestas y vuelve nuevamente a la práctica para contrastar y transformar.

Este ciclo puede representarse de manera sencilla:

Realidad → problema → diagnóstico → explicación → propuesta → intervención → evaluación → nuevo conocimiento.

No es una línea recta.

Es un proceso circular.

Y cada vuelta debería permitir comprender mejor la realidad.

Aquí adquiere importancia la investigación-acción.

Su valor no consiste simplemente en “hacer algo” para resolver un problema. La intervención necesita estar acompañada por una indagación sistemática que permita comprender qué ocurrió, por qué ocurrió y bajo qué condiciones.

La literatura sobre investigación-acción en educación identifica posibilidades relacionadas con el desarrollo profesional docente, el pensamiento crítico y la resolución de problemas, aunque también señala debates y limitaciones que deben considerarse al valorar sus resultados.

Por ello, transformar no significa intervenir impulsivamente.

Transformar científicamente implica intervenir aprendiendo.

De la investigación individual a las comunidades de conocimiento

La investigación educativa también puede cambiar cuando deja de ser una actividad aislada.

Un profesor que investiga su aula puede generar conocimiento relevante.

Pero varias escuelas que comparten preguntas, datos, experiencias y procesos de análisis pueden construir una capacidad colectiva mucho mayor.

Aquí aparecen las asociaciones entre investigación y práctica.

Una revisión sistemática de 57 artículos sobre research-practice partnerships encontró que estas alianzas pueden favorecer diferentes formas de uso de la investigación: desde la aplicación directa de evidencia hasta el desarrollo de nuevas comprensiones y capacidades para que los propios profesionales participen en procesos de mejora.

La idea es especialmente relevante para las instituciones educativas.

La escuela puede dejar de ser únicamente el lugar donde se “aplican” resultados generados en otros espacios.

Puede convertirse también en espacio de producción, interpretación y discusión de conocimiento.

Esto exige condiciones institucionales:

  • tiempo para investigar;
  • formación metodológica;
  • acceso a literatura científica;
  • colaboración entre docentes;
  • acompañamiento;
  • cultura de evaluación;
  • protección ética de los participantes;
  • y espacios para discutir los resultados sin convertirlos automáticamente en instrumentos de sanción.


Investigar también significa reconocer los límites

La ciencia no se fortalece aparentando certeza absoluta.

Se fortalece reconociendo sus límites.

Toda investigación educativa tiene restricciones:

  • una muestra puede no representar a toda la población;
  • un instrumento puede medir solamente determinadas dimensiones;
  • una entrevista está condicionada por la interacción entre investigador y participante;
  • un resultado estadístico no demuestra por sí mismo causalidad;
  • una intervención puede depender del contexto;
  • una investigación transversal puede describir relaciones sin explicar su evolución temporal.

Reconocer estas limitaciones no debilita una investigación.

La hace más honesta.

Por eso, una buena conclusión científica no debería decir:

“Esto demuestra definitivamente que…”

cuando los datos solamente permiten afirmar:

“En esta población, bajo estas condiciones y con este diseño, encontramos evidencia compatible con…”

El lenguaje también forma parte del rigor científico.

¿Qué tipo de investigador necesita la educación?

Quizá una de las preguntas más importantes que surge del documento de Gómez-Cumpa et al. no sea metodológica, sino ética:

¿Para qué investigamos?

Podemos investigar para obtener un grado académico.

Para publicar.

Para conseguir reconocimiento.

Para cumplir indicadores.

Para alimentar un currículum.

Pero también podemos investigar para comprender problemas que afectan a personas concretas.

Esta última finalidad introduce una responsabilidad.

Cuando investigamos sobre estudiantes, docentes, familias o comunidades, no estamos trabajando solamente con variables.

Estamos trabajando con experiencias humanas.

Por ello, la investigación educativa necesita rigor metodológico, pero también responsabilidad ética.

La precisión estadística no compensa una pregunta irrelevante.

Una metodología sofisticada no convierte automáticamente en valiosa una investigación.

Y una gran cantidad de datos no garantiza una buena comprensión.

La pregunta fundamental continúa siendo:

¿qué conocimiento necesitamos producir para comprender mejor una realidad educativa y tomar decisiones más fundamentadas sobre ella?

La investigación educativa como acto de responsabilidad

Investigar es, en última instancia, una forma de asumir responsabilidad frente a lo que todavía no comprendemos.

Cuando una institución afirma que existe un problema, la investigación pregunta:

¿Cómo lo sabemos?

Cuando alguien propone una solución, la investigación pregunta:

¿Qué evidencia la sustenta?

Cuando una intervención parece funcionar, la investigación pregunta:

¿Cómo sabemos que fue la intervención la que produjo el cambio?

Y cuando una estrategia fracasa, vuelve a preguntar:

¿Qué podemos aprender de ese resultado?

Estas preguntas pueden resultar incómodas.

Pero precisamente por eso son necesarias.

La investigación educativa no debería tener como finalidad producir respuestas rápidas.

Su mayor aportación puede consistir en producir preguntas mejores, explicaciones más sólidas y decisiones más conscientes.

Epílogo: comprender antes de transformar

La investigación educativa no comienza con una gráfica.

Comienza con una inquietud.

No termina con una conclusión.

Continúa cuando ese conocimiento regresa a la realidad.

No consiste únicamente en medir.

Consiste también en interpretar.

No pertenece exclusivamente a los investigadores profesionales.

Puede incorporar la experiencia rigurosamente analizada de quienes viven cotidianamente la educación.

Y no debería permanecer encerrada en artículos, tesis o congresos.

El conocimiento adquiere una dimensión social cuando puede dialogar con quienes toman decisiones y con quienes experimentan directamente los problemas que fueron investigados.

La propuesta de Gómez-Cumpa et al. (2005) conserva aquí una idea particularmente poderosa: investigar la realidad educativa para comprenderla críticamente y contribuir a transformarla.

En una época caracterizada por la sobreabundancia de información, quizá la verdadera competencia científica no consista solamente en saber encontrar datos.

Consiste en saber qué preguntar, cómo investigar, cómo interpretar y qué hacer responsablemente con aquello que hemos descubierto.

Porque una educación que no investiga corre el riesgo de repetir explicaciones heredadas.

Una educación que investiga puede comenzar a comprender sus propios problemas.

Y una educación que comprende críticamente tiene mayores posibilidades de transformar aquello que necesita cambiar.

Investigar, entonces, no es simplemente buscar respuestas.

Es aprender a mirar la realidad con suficiente rigor como para no confundir lo que creemos saber con aquello que realmente hemos logrado comprender.

Referencias

Cohen, L., Manion, L., & Morrison, K. (2018). Research methods in education (8th ed.). Routledge.

Gómez-Cumpa, J. W., Benites Morales, I., & Ramos Bazán, M. H. (2005). Fundamentos de investigación educativa. Fondo Editorial FACHSE-UNPRG.

McFadden, A., & Williams, K. E. (2020). Teachers as evaluators: Results from a systematic literature review. Studies in Educational Evaluation, 64, 100830.

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2022). Who cares about using education research in policy and practice? Strengthening research engagement. OECD Publishing.

Sjölund, S., Lindvall, J., Munthe, E., & Henriksson, A.-C. (2022). Using research to inform practice through research-practice partnerships: A systematic literature review. Review of Education, 10(1), e3337.

Zhou, Y., Zhou, Y., & Machtmes, K. (2024). Mixed methods integration strategies used in education: A systematic review. Methodological Innovations, 17(1), 41–49.