miércoles, 23 de julio de 2025

El aula: un espacio para aprender a decir y a escuchar


En los procesos educativos contemporáneos, el aula ya no puede ser entendida únicamente como un espacio físico destinado a la transmisión de conocimientos. Más allá de las paredes, los escritorios y la rutina escolar, el aula representa un territorio simbólico en donde se construyen sentidos, subjetividades y vínculos. En ese marco, el lenguaje —y particularmente la oralidad— se convierte en una herramienta esencial para aprender a habitar el mundo, a convivir con otros y a ejercer ciudadanía.

Fernando Avendaño y Adriana Perrone, en su documento El aula, un espacio para aprender a decir y a escuchar, invitan a los docentes a reflexionar sobre el papel de la palabra en la enseñanza. Para los autores, hablar y escuchar no son acciones neutras ni automáticas, sino prácticas sociales, culturales y políticas que implican posicionamientos, emociones, saberes y poderes. De ahí la urgencia de enseñar a los estudiantes no solo a expresarse correctamente, sino a desarrollar su capacidad de argumentar, dialogar, disentir con respeto y comprender la palabra del otro.

Decir: construir identidad, pensamiento y ciudadanía

“Aprender a decir” no se reduce a dominar normas lingüísticas o a emitir palabras con corrección gramatical. Significa, más profundamente, formar sujetos con voz propia, capaces de comunicar ideas, sentimientos, experiencias y posicionamientos. En palabras de Avendaño y Perrone (s.f.), la oralidad en el aula “hace posible la expresión de la subjetividad, la construcción de sentidos compartidos y el ejercicio del pensamiento crítico” (p. 3).

En este contexto, el docente debe propiciar situaciones de habla donde cada estudiante pueda reconocerse como alguien que tiene algo valioso que decir. Los debates, las exposiciones orales, las narraciones autobiográficas o las dramatizaciones no son solo actividades de lengua: son prácticas que enseñan a intervenir en la realidad desde la palabra. Este tipo de propuestas, además, fomentan la autonomía, la seguridad personal y la participación activa, principios fundamentales de la educación democrática.

Escuchar: ética, empatía y encuentro con el otro

Pero si hablar es importante, escuchar lo es aún más. Escuchar genuinamente —con atención, con respeto, sin interrumpir ni juzgar— es una capacidad que se aprende, se enseña y se ejercita. En el aula, la escucha es la base de la convivencia, el aprendizaje colectivo y la resolución pacífica de conflictos. “Escuchar es también una forma de decirle al otro: ‘tu palabra me importa’”, afirman los autores (Avendaño & Perrone, s.f., p. 4).

Desde esta óptica, educar la escucha significa formar ciudadanos sensibles, empáticos, capaces de dialogar incluso en la diferencia. Es, como señalan los enfoques pedagógicos actuales, una práctica ética, política y profundamente humanista. En un mundo donde las voces se superponen y el silencio se desprecia, enseñar a escuchar es, paradójicamente, una forma de resistir al ruido y de reivindicar el valor de la palabra compartida.

El rol docente: mediador del lenguaje y la convivencia

El desafío para los docentes no está solo en “enseñar contenidos”, sino en crear escenarios de aprendizaje que sean verdaderamente dialógicos. Para lograrlo, es necesario planificar clases donde el lenguaje oral sea protagonista, tanto en la exposición del docente como en la producción de los estudiantes. Esto implica que el profesor deje de ser un mero transmisor para convertirse en mediador de sentidos, facilitador del diálogo y promotor de vínculos significativos.

Entre las estrategias sugeridas se encuentran las rondas de conversación, las entrevistas, los relatos personales, los debates con reglas claras, las asambleas escolares y los foros orales. Todas estas prácticas deben desarrollarse en un ambiente de confianza, con reglas de respeto y reconocimiento mutuo. En palabras de Avendaño y Perrone (s.f.), “la escuela tiene un rol insustituible en la formación de la palabra como herramienta de participación y transformación social” (p. 5).

Conclusión: el aula como laboratorio de la palabra

En definitiva, resignificar el aula como un espacio para aprender a decir y a escuchar supone asumir una concepción de la educación profundamente humanizadora y transformadora. No basta con que los estudiantes “hablen bien” o “se comporten”: lo que se busca es que construyan una voz propia, desarrollen pensamiento crítico y aprendan a vivir con otros en un marco de respeto, pluralidad y diálogo.

El lenguaje, entendido como práctica social, no solo transmite saberes: crea realidades, moldea subjetividades y abre caminos para la participación democrática. En cada clase, en cada conversación, en cada palabra que circula, la escuela tiene la posibilidad —y la responsabilidad— de formar ciudadanos que hablen y escuchen con sentido, con sensibilidad y con compromiso.

Referencias

Avendaño, F., & Perrone, A. (s.f.). El aula, un espacio para aprender a decir y a escuchar. Ministerio de Educación de la Nación Argentina. Recuperado de https://repositorio.educacion.gob.ar/ 


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario