En los contextos donde la violencia ha marcado generaciones, las universidades no solo deben ser espacios de formación técnica o profesional, sino escenarios de transformación social, justicia histórica y resistencia colectiva. Esta es la premisa central del informe Universidades de Paz (Comisión de la Verdad, 2021), el cual plantea que la educación superior colombiana ha estado directamente impactada por el conflicto armado, pero también tiene una responsabilidad irrenunciable en la construcción de paz, la memoria colectiva y la reconciliación.
Durante décadas, las universidades —especialmente las públicas— han sido testigos, víctimas y actores del conflicto: estudiantes desaparecidos, profesores amenazados, investigaciones silenciadas y comunidades marginadas han formado parte de su historia reciente. Pero también han sido núcleos de pensamiento crítico, movilización social y propuestas alternativas al modelo de violencia estructural que afecta al país. La universidad, como lo reconoce la Comisión, debe ser un lugar de protección de la vida, del pensamiento libre y del conocimiento transformador.
Educación para no repetir la violencia
Una universidad que forma en valores democráticos, derechos humanos, justicia social e inclusión, es una universidad que construye paz desde su esencia. Esto implica cuestionar los currículos tradicionales, promover investigaciones contextualizadas, y vincular el conocimiento con las comunidades y los territorios. La educación para la no repetición se convierte así en una tarea transversal y continua.
La memoria histórica no debe ser tratada como un anexo pedagógico, sino como una categoría central en la formación universitaria. Comprender el conflicto desde sus múltiples causas —sociales, económicas, étnicas y políticas— permite a los futuros profesionales actuar con una ética sensible al sufrimiento del otro. Las universidades, por tanto, tienen el deber de formar sujetos críticos que comprendan su historia y transformen su realidad.
Funciones esenciales para la paz
Según el informe, hay tres funciones fundamentales que toda universidad comprometida con la paz debe asumir:
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Resistir el olvido: A través de proyectos de memoria, archivos orales, museos, investigaciones y testimonios, las universidades pueden preservar las voces silenciadas por la violencia.
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Proteger el pensamiento crítico: Promover el debate, la disidencia, la libertad académica y la autonomía universitaria es clave en la defensa de la democracia.
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Generar conocimiento transformador: La universidad debe vincularse con los territorios, reconocer saberes populares y construir soluciones en conjunto con las comunidades afectadas.
De la neutralidad académica al compromiso ético
El discurso de la neutralidad institucional ha sido usado, en muchas ocasiones, para justificar la distancia frente a conflictos sociales. Sin embargo, el informe de la Comisión insiste en que la educación no puede ser neutra frente a la injusticia. Las universidades deben posicionarse como actores comprometidos con los derechos humanos, la equidad de género, la verdad y la justicia restaurativa.
Este compromiso ético con la paz implica revisar prácticas internas de exclusión, elitismo, racismo y clasismo dentro de las propias instituciones. No es suficiente hablar de paz en los programas académicos si al interior de las universidades se reproducen dinámicas autoritarias o discriminatorias. Una universidad de paz también es una universidad justa hacia adentro.
¿Y ahora qué?
El reto no es menor. Las universidades deben revisar sus políticas institucionales, fortalecer sus vínculos con los movimientos sociales y las comunidades, y generar rutas formativas para docentes, estudiantes y personal administrativo en torno a la paz, la reconciliación y la reparación. Es necesario institucionalizar estos compromisos más allá de proyectos de corto plazo.
La paz no se construye en el aula únicamente, sino en el encuentro real con las historias de los territorios, con las voces de las víctimas, con las luchas de los pueblos indígenas, campesinos y afrodescendientes. La universidad debe convertirse en un actor público con conciencia social, articulado al bienestar colectivo y al futuro de las nuevas generaciones.
📚 Referencia.
Comisión de la Verdad. (2021). Universidades de paz: Contribuciones de la educación superior a la construcción de paz, la no repetición y la reconciliación. Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. https://comisiondelaverdad.co/

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